Halmir se levantó muy temprano ese día, más que de costumbre.
Pensó que era muy posible que ya Ariel hubiera regresado en
secreto y se reincorporara al trabajo esa mañana. Dejó a su
empleado abriendo el comercio y se encaminó a la casa de la elfa.
Al llegar vio a la mujer que trabajaba allí barriendo el camino de
entrada y le preguntó si se encontraba la Dama Ariel.
-Salió hace unos momentos -respondió la mujer -La ví dirigirse a
la torre, pero parece que quería estar sola.
-Muchas gracias -le dijo Halmir - No la molestaré, se lo prometo.
Cruzó entonces la calle con paso rápido y se dirigió a la torre que
se encontraba frente a la casa de Ariel, justo detrás de las Casas de
Curación. Subió de prisa los escalones y la llamó al llegar a lo alto.
-Ariel -dijo, con una leve tensión en la voz.
Ella caminó hacia él, que la contemplaba sonriendo.
-Halmir -dijo a su vez, deteniéndose frente a él.
-Ahora que has regresado estoy más tranquilo -dijo Halmir- temí
que corrieras peligro en el bosque.
-Ya ves que estoy bien -respondió Ariel - Y he conseguido la
ayuda que necesitamos. Valenriel y Berion vendrán pronto ¿los
recuerdas, no es así?
-Claro que sí -dijo Halmir.
Ambos se miraron, sabían que había muchas cosas de las que
debían hablar, relacionadas con lo que ocurría en la ciudad, pero
también tenían que dejar en claro lo que pasaba entre ellos.
Ninguno de los dos encontraba las palabras que necesitaba,
pero sus miradas lo decían todo, no importaba si no era correcto,
era lo que sentían y ya no podían luchar más contra ese amor.
"Si pudiera hacer lo que deseo" pensó Halmir y en los ojos de
Ariel vio la respuesta que deseaba "Hazlo, no tengas miedo".
Se abrazaron y así permanecieron un tiempo que les pareció
eterno y a la vez demasiado corto. Ariel no intentó alejarse,
sabía que él deseaba besarla y no le negó ese beso lleno de
amor y pasión, el primero, el que por tanto tiempo había sido
sólo un sueño imposible para los dos.
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