La llegada de aquella elfa había sorprendido a
Amanda. Aquella majestuosidad de la que sólo había
oído hablar vagamente... así eran los elfos,
increíbles pero reales. Amanda sintió que aquellos
seres tenían todo el derecho del mundo a ser altivos,
pero no fue altivez lo que percibió en ella.
"Así que ésta es Ariel, de la que tanto se habla"
se dijo a sí misma. Le había parecido sumamente
agradable, incluso digna de ser venerada.
Siguió pensando en el encuentro mientras miraba a
su hijo dormido. "Ojalá siempre pueda disfrutar de
esta paz" pensó. Ojalá... Sestral era lo mejor que le
había ocurrido, lo protegería incluso con su propia
vida. Esa fuerza que nunca había tenido para
enfrentarse al mundo estaba empezando a aflorar en
ella, y se sintió feliz pero a la vez asustada al
descubrirlo, como si lo que se presentara ante ella
fuese un abismo con dientes afilados intentando
tragarse su voluntad.
Volver a mirar a su hijo le devolvió la esperanza.
Lo vio más claro: seguiría en las Casas de Curación,
le daría lo mejor e incluso eso sería poco. Sus ojos
se inundaron de amor y lloró con una dulzura
indescriptible. Sestral era un pequeño milagro, y eso
era más de lo que ella había esperado que le diera la
vida.
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