VARDAMIR III
Vardamir miró la luna, espléndida en un cielo aún azul. Acababa de acostar a su madre y bajó al jardín, descuidado y semisalvaje, pero lleno de aromas. El cerezo había sustituido sus flores rosadas por rojas cerezas. Iban a ser su cena, aunque le había asegurado a su madre que sí había comido y la convenciera para que se tomara ella el mucho pan y el poco queso que había comprado.
Desde fuera miró su caserón, las paredes que construyeron sus abuelos con todo el amor del mundo, las que fueron testigos de la felicidad de sus padres, las que pararon los ecos de su primer llanto el día en que nació. Un escalofrío le sacudió ante la simple idea, mil veces insinuada por Sadoc, su vecino, de venderla. ¡Aquello mataría de pena a su madre, sería el hachazo definitivo sobre el árbol casi caído...! Pero lo cierto es que con su solo sueldo no podría mantenerla mucho más tiempo, lo cierto era que su madre necesitaba de una persona que la acompañara... ¡Se sentía tan inútil!
- ¡Quien fuera como tú, caprichoso Tilion, dedicado a perseguir a Arien, la fogosa! ¡No me importaría medrar y disminuir!
Alguien golpeó nerviosamente la puerta.
Vardamir se sobresaltó.
Luego pensó, que a aquellas horas, sólo podría ser Silas. Quizá quisiera charlar un rato.
Fue a abrir.
Y su sorpresa creció.
¡Un elfo!
- Se de buena fuente que alquiláis habitaciones -Dijo- y estos viajeros, de absoluta confianza, necesitan alojarse. De momento se conformarán dormir y un desayuno, después dependerá de si llegáis a un acuerdo.
Una expresión de alegría surcó el rostro de Vardamir.
- ¡¡Habitaciones!! ¡¡Claro!! ¡Pasad! Son humildes, pero no os faltara de nada...
No sabía decir qué pasó luego. Los nervios le vencieron. Las camas no estaban hechas, la despensa sólo tenía vacío y ansiedad... Se entristeció. Se irían. Pasarían la noche y buscarían otro lugar más acogedor y más cómodo, menos destartalado, con alguna doncella que ordenara...
- ¡Os mostraré la casa! -Dijo atropelladamente.