Un aprendiz entró a la Sala e la que Narmo atedía a
los mineros. Venía azorado, como saliendo de una
situación abrumadora.
- ¡Maestro! ¡Los sodados acaban de llegar, una
muchacha está gravemente herida, os requieren!
Narmo lo miró, con su habitual calma y dejó en manos
de la enfermera el remedio que iba a administrar.
- ¿La dosis habitual? - Preguntó ella.
El asintió y salio tras el atribulado hombre.
Los pasillos eran un hervidero de gente. Muchos
parientes de los soldados se agolpaban en la Casa de
Sanación para comprobar si el soldado herido era
pariente suyo. Ello incrementaba la confusión.
- ¿Quién está al mando? -Preguntó Narmo mientras se
abría paso.
- Yarik, el hijo mayor del Capitán Adromir.
- Bien, búscale y dile que eche de aquí a toda esta
gente.
El aprendiz asintió al tiempo que abría la puerta de
la sala en la que la muchacha herida yacía. Una
sanadora limpiaba y cosía sus heridas.
- ¡Se muere! - Casi le gritó un soldado corpulento de
cabello oscuro con un curioso mechón.
- Sí. -Concedió Narmo-. Pero dudo que sea algo
inminente...
El hombre lo miró violentamente cogiéndolo de los
hombros.
- ¡Sálvela entonces! - Le clamó imperativo, mientras
sentía la dura mirada del Sanador y unas manos fuertes
como tenazas de hierro le apartaban las suyas con
indiferencia.
- Creo que a eso he venido, si usted y sus nervios
absurdos me lo permiten. Salga y espere fuera.
El hombretón lo miró con ira, sin saber cómo
reaccionar. Satia gimió entoces.
- De acuerdo - Balbuceó saliendo.
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