29 de Mayo del 699.
Amanda observó con atención a quien ya no sabía si
considerar su esposo. Nunca habían sido especialmente
felices juntos, y la huída no habría mejorado la
situación.
Cor había cambiado mucho en muy poco tiempo. Se
había hecho soldado... a ella le costaba creerlo. No
lo imaginaba empuñando la espada. Podía ser temible,
sí... pero con los negocios. Su única arma era el
lenguaje. No había mucho por lo que preocuparse.
Un paso tras otro y se presentó ante él. Orgullosa
y desafiante a pesar de su baja estatura. Él la
reconoció al instante y dio a entender con la mirada
lo poco que le importaba.
"¿No quieres conocer a tu hijo?" le preguntó casi
segura de la respuesta que iba a recibir.
"¿Para qué?" contestó él con indiferencia. "He
cambiado de planes, ya no lo necesito".
A pesar de esperarla, la frialdad de Cor causó
escalofríos a Amanda, que no podía entender cómo
alguien podía tratar a una criatura como si fuera una
cosa. Pero en cierto modo le tranquilizaba... sabía
que él no se lo iba a arrebatar.
"Me alegro de verte" le soltó sorprendiéndolo.
"No me importa" contestó él con la mente puesta en
su hermana y en la soldado.
"Lo sé" atajó Amanda. "Sólo quería preguntarte una
cosa... a decir verdad no te he echado de menos en
todo este tiempo".
"Pregunta entonces" conestó Cor con desagrado.
"Quiero saber qué le dijiste a Mellie para que se
enfadara tanto contigo y decidiera irse".
La peor pregunta que podían hacerle.
"Nada, no le dije nada y ella a mí tampoco" dijo
levantándose. "No metas las narices en asuntos que no
son de tu incumbencia".
Recogió la espada y se dirigió hacia la puerta.
"¡Espera!" ordenó ella.
Pero Cor no tenía nada que esperar.
Sin duda estaba ofendido por la pregunta y lo hizo
saber ofreciendo un portazo como toda respuesta. Lo
que no habían logrado varias horas de espera lo había
logrado ella en un momento.
Silas se acercó a Amanda, que se había quedado
inmóvil al lado de la puerta esperando que ocurriera
algo.
"No intentes saber nada" le aconsejó. "Además, te
aseguro que hay cosas más urgentes que saber sobre él
que lo que le has preguntado".
Amanda se resignó, ya tendría tiempo de averiguar
el secreto de su esposo. Y desapareció por el pasillo
por el que había llegado sin prestar atención a la
preocupación que había rodeado las últimas palabras de
Silas y que, como anillos de humo, se resistía a
disiparse ante los ojos de él.
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