El nacimiento de Luinilien
Eran aquellos los días en que una paz vigilante
se había extendido sobre toda Beleriand. En la
oculta fortaleza de Nargothrond el bienamado
rey Finrod Felagund había reunido a muchos de
los suyos. Grande era entonces el ímpetu de los
Primeros Nacidos, los hijos mayores de Ilúvatar.
En ese año, el número 410 desde que el sol
iniciara su recorrido por los océanos del cielo,
nació una pequeña. Negros como la noche más
oscura eran sus cabellos y oscuros también eran
sus ojos.
La noche de su nacimiento su padre levantó la
mirada al cielo feliz por la llegada de su
primera hija y en silencio agradeció a Eru;
entonces vió brillar intensamente una estrella
azul en la inmensidad de la noche, Luinil.
En ese momento supo cuál era el nombre que
habría de dar a su hija: Luinilien.
-¿Luinilien? Me parece un bello nombre- le dijo
su esposa acunando a la pequeña dormida en sus
brazos.
-¿Y qué nombre deseas darle tú esposa mía?-
preguntó él a su vez.
-He de meditar un poco más en mi corazón antes
de escoger ese nombre-dijo ella y no lo reveló
entonces.
La pequeña creció pronto y comenzó a jugar con
otros niños de su edad o un poco mayores.
Varios nacimientos habían tenido lugar en
Nargothrond en esos años de paz.
Había un niño en especial, un año mayor que
Luinilien, con quien ella solía pasar mucho
tiempo. Era un niño inquieto que adoraba jugar a
atrapar el viento, corría tras las briznas de
hierba que flotaban en la brisa y susurraba
dulces canciones entre los altos pastos y tras
los árboles del bosque. Era rubio, de cabellos
dorados y ojos azules como el límpido cielo de
verano. Su nombre era Surendil y aunque ellos lo
ignoraban, el destino de ambos les tenía
reservadas muchas sorpresas.