5 de Junio del 699.
Satia estaba sola en la habitación. Llevaba ya
demasiado tiempo, pensó. A pesar de las visitas, se
aburría. Juzgó innecesario seguir allí perdiendo el
tiempo mientras su ejército podía necesitarla. Y todo
por esa maldita herida... ¡si ahora le dolía mucho
menos! Definitivamente, en las Casas de Curación la
gente era muy exagerada.
Trató de levantarse agarrándose a los barrotes de
la cama. Llevaba demasiado tiempo de inactividad y lo
notó justo entonces, cuando las piernas no le
respondieron y cayó al suelo. Lanzó una maldición y se
encaramó de nuevo a la cama, pensando "mañana será el
día".
Poco después se abrió la puerta. Silas había
llegado. ¡Por fin! Ya estaba tardando mucho. O a Satia
el tiempo se le hacía eterno sin enemigos delante. Y
venía sonriente y con un paquete en la mano.
"Son pastas" le dijo. "De las que más te gustan".
Satia sonrió. Murmuró un "gracias" casi inaudible
y abrió el paquete. Era realmente reacia a mostrar
afecto y agradecimiento, incluso con la gente más
cercana.
"Perdona el retraso" dijo Silas. "Hoy he tenido
algunos contratiempos. Y tú... ¿qué tal estás?"
"Aburrida, como ayer y como mañana" contestó ella.
Silas suspiró. La convalecencia no le hacía ningún
bien a su amiga.
"¿Y las visiones? Hace días que no hablamos de
eso".
"No he vuelto a tener" dijo ella, devorando una
pasta.
"Quería decirte que se me había ocurrido un
negocio con tus visiones" explicó Silas sonriente
"pero si han desaparecido..."
"No sigas por ahí" atajó Satia. "No quiero que me
metas en tus historias".
"¿Por qué no?" preguntó Silas inocentemente.
"Porque acaban siendo un desastre para todos los
que los aceptan".
"Pero si me va bien vendiendo cosas" le replicó
Silas.
"Sí, pero tus ocurrencias suelen acabar mal" bordó
Satia.
Silas cerró los ojos. Era verdad...
En ese momento la puerta volvió a abrirse. Era
Cor. No había faltado ni un día desde que llevó a
Satia a Estel y se preocupaba por ella. Satia cada vez
le apreciaba más.
"Hola a los dos" dijo alegremente y vio las pastas
en la mesilla. "Si interrumpo algo..."
"No, tranquilo" contestó Satia. "Toma una" y le
pasó el paquete para que eligiera.
"Tengo poco tiempo, pero espero venir más a
menudo. Estoy trabajando en una obra aquí en Estel"
les dijo.
Satia sonrió de corazón. Se alegró de saber que
Cor seguiría allí.
"Así que te quedas" contestó complacida. "Estarás
a gusto aquí. Estel es mucho más que una ciudad".
"Me gustaría saber" comenzó Cor "por qué es tan
especial Estel para vosotros. Nunca he visto a nadie
que amara tanto a su ciudad".
Silas sonrió y comenzó a explicarle.
"Puede que a ti te ocurra lo mismo con tu aldea,
pero decidiste abandonarla. Tenías otras esperanzas...
nosotros hemos atado las nuestras a la ciudad. Por eso
incluso aunque me vaya por un tiempo siempre vuelvo".
Satia se dio cuenta de que Cor no lo comprendía.
"Es como el amor que puedas sentir por una
persona, siempre vuelves a buscarlo cuando se va"
comenzó a decir. "Pero nosotros no sentimos ese amor
hacia otros, sino hacia la ciudad que nos tendió la
mano cuando perdimos a nuestras familias".
Cor esbozó una sonrisa enigmática.
"Así que en gratitud a la ciudad arriesgas la vida
por ella" sentenció. "Pero ella no la arriesga por
ti".
"No tiene por qué hacerlo" repuso Satia. "Ésa es
mi misión... ellos harán otras cosas por mí".
"No creo... el amor no siempre es correspondido"
terminó Cor. "Otro día hablamos. Nos vemos".
Se levantó y se fue.
"Es muy raro Cor" comentó Satia. "A veces no
entiendo lo que dice ni por qué".
"Yo tampoco" dijo Silas dando una cadencia a sus
palabras que indicaron a Satia que mentía.
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