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Ruinas de un Pasado: capítulo 3   Lista de mensajes  
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Fred no se dio cuenta, pero había cerrado los ojos. Cuando los abrió,
entre el cabello que le invadía la frente y las hierbas que lo
rodeaban, vio que el sol estaba saliendo entre las nubes.
Drogo entreabrió los ojos. El lamento de hacía un rato le había
borrado del todo las ganas de bromear, el hambre, el enfado, y hasta
la curiosidad. Ahora no se atrevía a moverse, y tampoco veía a Fred
entre las hierbas altas. No tenía valor suficiente ni para abrir los
ojos del todo.
Los rumores de los grillos que se desperezaban y de las hierbas
crepitando al secarse, le parecían gigantescas pisadas de millares de
caballeros que venían a por ellos. Los capturarían y los
torturarían, con los más terribles tormentos que jamás hubiesen
inventado. Muertos de hambre y de sed, atrapados en una mazmorra bajo
tierra, con alguna suerte de carcelero apestoso y deforme que les
azotara de vez en cuando y cuya pestilente baba y putrefacto sudor...
- ¡Drogo! - escuchó susurrar a Fred. Entonces abrió del todo los ojos
y lo vio de pie, mirándolo desde arriba, con los ojos preocupados y
taciturnos. - Drogo, compañero, escúchame. Necesito tu ayuda.
- Para lo que quieras - dijo Drogo, poniéndose en pie de un salto y
cegándose con la claridad del día tras la tormenta -. Ya sabes que a
solícito no me gana nadie. Y a valor tampoco: no te vayas a
equivocar. Sólo estaba... descansando un poco, porque esto de tener
el estómago vacío no me viene bien. Ten en cuenta que no hemos comido
desde hace tres horas, aunque ya sabes que yo soy capaz de aguantar
mucho más. No sé si te lo he contado alguna vez, pero en la siega del
año pasado, cuando los chicos Valle y yo fuimos a aventar la paja...
- Sí, sí, si... seguro que tu historia es muy interesante, pero ahora
necesito que corran tus piernas tanto como tu lengua, joven amigo -
le dijo Fred con ternura, asiéndolo de los hombros -. Tienes que
bajar la colina, llegarte hasta la casa del granjero Eriales, y
pedirle prestada la carreta y al viejo Ted. Dile que se trata de una
emergencia y que, si no le supone demasiada molestia a los quehaceres
del final del día, mande a Tanta que acelere esas piernas tan largas
que tiene para preparar una cama en casa. Mientras tanto, tráete la
carreta y me esperas al pie de la Peña del Oso, anda.
- Pero... ¿qué es lo que ocurre? ¿Por qué me envías con tanta prisa y
emergencia? ¿Es que acaso... - trató de mirar tras la espalda de su
amigo, pero éste lo retuvo, asiéndolo por los hombros.
- Confía en mí, compañero - le dijo susurrando Fred, al ver que en
los ojos del joven crecía un temor y una sospecha -, y no te
preocupes por mí. Estaré bien. Pero ahora, corre, hazme el favor.
Drogo asintió, tranquilizado. Nunca había visto a Fred tan nervioso
y, a la vez, tan seguro de sí mismo. Se dio la vuelta, sin mirar
atrás, y echó a correr subiendo el terraplén.

El camino hasta la granja era corto. Holman Eriales era un anciano
hobbit que vivía en un claro del bosque. Su tesón en someter las
tierras llenas de raíces, y su licor de guindas, eran famosos en toda
la Cuaderna. Sus manos eran ásperas y su trato rudo, pero tenía un
corazón inmenso y un afán de erudición digno de admirar. Se le veía
casi siempre, cuando el trabajo se lo permitía, sentado en cualquier
rincón del bosque dibujando y catalogando los insectos y las plantas
de la foresta. Les ponía nombres enrevesados y altisonantes a
aquellas que no estaban aún contempladas en el Herbario de la
Comarca, una copia del cual le había sido regalada por Fred que, a su
vez, había recibido de Frodo. Este regalo trajo grandes paradojas,
pues Holman al fin pudo calcular la cantidad de especies que había
descubierto, pero también la cantidad que no, lo que le hacía al
viejo granjero sentarse con su gorro de pensar más a menudo que
antes. La pobre Tanta, hija del granjero, no sabía si agradecer el
presente por la alegría que trajo a su padre, o darle un pescozón a
Fred por la cantidad de trabajo que se le había cargado cuando el
viejo Eriales se veía en una disyuntiva ante una planta nueva. Así,
pudo descubrir que la que el llamaba Primigennia era en realidad
Avena Loca, o la que había nombrado (en homenaje a su hija)
Tantallia, era en realidad la flor de la Dedalina.
Cuando Drogo llegó a todo correr a la vieja puerta de madera,
saltando la cerca de los cerdos y la de las vacas (donde metió el
pie, con gran disgusto, en una acequia llena de deshechos), y
habiendo esquivado al fiero Félix (un perrazo inmenso, del que se
aseguraba había matado a un ciervo de un solo bocado cuando aún
contaba seis meses, lo que demuestra la capacidad para exagerar de
Bill Cercas), vio que Holman estaba en uno de sus momentos de honda
cavilación ante un escarabajo.
- ¡Señor Eriales! ¡Pronto! ¡Necesito de su ayuda! -. El viejo Eriales
no se movió ni un ápice, sólo levantó la mirada e hizo un gesto con
la mano apuntando al escarabajo.
- ¡Ahora no tengo tiempo, joven Caldera! Me parece que he encontrado
una nueva especie de "scarabbaea" en la ribera del Clamor. Me parece
que es una subespecie de lo que me gusta denominar Ghertis Cepellia,
o, para los profanos, Zapatero Común. ¿Usted qué cree, joven amigo?
Aún así, me parece que voy a conservarlo en un frasco para su
posterior estudio. ¡En tres minutos ha recorrido tres pies!, parece
que no tiene demasiada prisa para llegar hacia dondequiera que se
dirija.
Drogo, con la frente sudorosa y los pies destrozados, no podía
creérselo. El viejo Eriales no le haría caso: ahora se agachaba para
comprobar el número exacto de puntos que el bicho tenía en el
caparazón, y apuntarlos en la libreta arrugada que llevaba en la
mano. Seguía el trayecto del insecto dando pasitos cortos, y
exclamando "¡Oh!"s y "¡Ah!"s a cada paso de éste.

Convencido de que no iba a sacar ni una sola palabra más del granjero
estudioso, se echó de nuevo a correr en dirección al establo. El
viejo Ted estaba allí, rumiando cansino un puñado de berros. El viejo
Ted era un pequeño gourmet, pero llevaba muchos años con Holman y
éste le consentía todos los caprichos. Aunque aún no era tiempo de
berros, Holman subía hasta las nieves tempranas para permitirle a Ted
un placer tras el día de trabajo.
- Viejo Ted, si me permites, debo pedirte ayuda - le dijo Drogo
mientras le ajustaba las cinchas de la carreta -. Es que, sabes, Fred
te necesita allí arriba con urgencia.
- Y, ¿se puede saber para qué necesita Fred a Ted, y por qué te
llevas mi carreta sin permiso? - clamó una voz en la puerta del
establo. Drogo se volvió, justamente para esquivar un trasto que le
había arrojado Tanta -. Tú y Fred, Fred y tú... ¡me traéis loca! ¿Se
puede saber qué nueva trastada habéis preparado esta vez? ¿Calabazas
del huerto de Hobson Tejada? ¿Nueces del jardín de Pansy Barroso? Y
luego, ¿qué?... reconocen las ruedas de la carreta y nos toca dar
explicaciones estúpidas. ¡No, señor mío, ni una sola vez más! - y,
subrayando estas últimas palabras con tres sonoros trancos, comenzó a
desatar las hebillas de los arreos con ademán airado.
Drogo se había quedado de piedra. Hacía al menos tres años que no
veía a Tanta y se sorprendió a sí mismo pensando si él estaría tan
cambiado de veras. Se veía que ella estaba en ese momento preparando
pan, porque tenía el delantal, las manos y la nariz manchados de
harina. En eso no había cambiado: seguía tocándose la punta de la
nariz cuando algo le irritaba o le costaba trabajo. Pero no sabía si
la harina, el agotamiento, o el transcurrir de los años, la hacían
aparecer ante los ojos de Drogo extrañamente hermosa. Sólo después de
un momento, se dio cuenta de lo que Tanta estaba haciendo.
- ¡No! Pero, ¿qué hace? ¡Necesito a Ted, y la carreta! - y se
apresuró, por primera vez sin irse por otros derroteros, a contarle
lo que estaba ocurriendo en la ladera de la colina. Tanta al
principio no se lo creía, pero según la historia avanzaba vio una luz
extraña en los ojos del hobbit que le decía que era verdad... y que
Drogo ya no era el mismo niño que le llenaba las trenzas de
saltamontes, o le tiraba de las cintas de la enagua.
- ... y su padre de usted no me hacía ni caso, por lo que decidí
tomar a Ted por mí mismo... bueno, ahora con el permiso de usted, si
usted me lo permite.
A Tanta le creció una sonrisa enorme en el rostro.
- Claro que puedes tomarlo, y cuanto más deprisa mejor. ¡¿Qué haces
aquí parado?! ¡Aprieta la marcha, remolón! Yo enseguida me quito los
avíos y bajo en un momento a la casa. Espero que no se trate de nada
muy grave, estas ociosas de los Ortigueras se nota que no tienen
bastante trabajo y tienen que entretenerse en tonterías. ¡Buenas
jornadas les daría yo, si se atrevieran a asomar el hocico por aquí!
a -, ayudando a sacar la carreta del establo, dio unas palmadas al
viejo Ted -. Vamos, Ted, te necesitan de veras. Corre como el viento,
precioso.
Drogo se había recreado con la nueva Tanta. Ya no le parecía una niña
tonta e insoportable como cuando le tiraba la ropa al río, o le
dejaba en ridículo jugando al escondite. Tanta se volvió y sorprendió
al joven mirándola fijamente, y se sintió molesta y avergonzada de
repente.
- Y que conste que hago todo ésto por Fred, amiguito, no te vayas a
creer que a partir de ahora te dejaré la carreta para tus correrías.
Dile que aún no he olvidado las enaguas de raso que me trajo de
Hobbiton...
- Seguro que le hacen precioso - dijo Drogo, pero al punto se
avergonzó de lo que había dicho. "No me creo haberlo dicho en voz
alta", se murmuró hacia dentro, poniéndose rojo hasta las raíces del
cabello.
- Bueno... me las pondré para la fiesta de mañana... y no, no tienen
cintas, ¡que nos conocemos! - dijo, con una sonrisa pícara en los
labios delgados. Y, dándole una palmada en las ancas a Ted que lo
puso en marcha en seguida, añadió ya a lo lejos - ¡Y no me llames de
usted, botarate!

Drogo remontó la ladera por el camino de la Fronda, que atravesaba el
bosque. La Peña del Oso no quedaba lejos pero le costó bastante
llegar, porque el camino estaba lleno de barro. Las señales que lo
llevaban allí eran una roca en forma de silla, un olmo que un rayo
partió por la mitad, y dos árboles pintados de rojo que Nob Revuelta
dejó allá por el año 1400 como señal de sus tierras. Nadie conocía el
bosque como Drogo, ni siquiera la gente que vivía allí, porque
caminar y perderse por sus veredas era su entretenimiento favorito.
La Peña del Oso quedaba bastante resguardada de la lluvia, y, en su
defecto, del lento gotear de los árboles. Bajo ella descansaban los
rebaños, dormitaban los pastores y remoloneaban los jóvenes en las
excursiones campestres, pues era realmente gigantesca. A Fred le
gustaba escalar hasta la cima y sentarse a leer, aunque Drogo le
gritase desde abajo. "Fred", solía decirle, "si la providencia nos
hizo a los hobbits estar tan cerca del suelo será por algo, ¿no? ¡Un
día te romperás la crisma!". Pero Fred hacía oídos sordos. Quizá
viviesen tan bien juntos porque Fred cerraba los oídos cuando Drogo
comenzaba rezongadas sin sentido, y porque Drogo le retenía algunas
veces de cometer locuras.

Bajo la peña pero ligeramente hacia el camino, esperaba Fred. Estaba
empapado, cansado y muerto de frío, pero en los ojos se le revolvía
un fuego inaudito. Se había remangado la camisa, se había quitado la
chaqueta y estaba manchado de barro hasta la cintura. Las manos le
temblaban y tenía los pies ateridos, pero aún no se había dado por
vencido. Vio venir a Drogo por el camino, y le hizo señales
enérgicamente con ambos brazos.
- ¡Por fin, Drogo! Temía que te hubiese ocurrido algo por el camino -
le dijo preocupado, ayudándole a bajar de la carreta.
- Sí, ya... di mejor que temías que me hubiese distraído por el
camino... aún no confías en mí, ¿verdad? - contestó, molesto, el
muchacho.
- Deja de decir tonterías, anda - le dijo Fred -, éste no es el mejor
momento. Ve a la parte de atrás de la carreta y abre la trampilla.
Luego coloca los telones en el fondo, haz el favor. - Y,
seguidamente, salió corriendo, y desapareció detrás de la Peña. Drogo
hizo lo que le había ordenado, y levantó las barras laterales y con
uno de los telones hizo un pequeño refugio, para que las gotas de
lluvia no mojasen el interior de la parte trasera.
Cuando sacó la cabeza por encima del toldo de la carreta, vio a Fred
venir lentamente. En sus brazos llevaba un gran bulto negro, una gran
capa arrebujada alrededor de una pesada forma. Cuando, con extremo
cuidado, Fred lo depositó en la parte trasera, refugiado con el
toldo, Drogo pudo ver, finalmente, que era la mujer.
Saltó de la parte trasera para ponerse a las riendas, y entonces lo
vio.

Un profuso y abundante rastro de sangre, espesa y oscura, había
goteado del cuerpo durante todo el camino.




Mar, 1 de Mayo, 2007 1:12 pm

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1 de Mayo, 2007
1:15 pm
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