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Ruinas de un pasado: capítulo 4   Lista de mensajes  
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La carretera estaba llena de baches y hoyos, porque la lluvia había
dejado las piedras desnudas. Drogo apremiaba al viejo Ted carretera
abajo, pues el rastro de sangre lo había alarmado sobremanera. Nunca
había visto sangre (sangre de persona, se sobreentiende. Claro que
cocinaba conejos y pollos, y alguna vez había hundido las manos en
una pieza de caza), y la visión le había dejado mudo.
Fred, bajo el toldo, estrechaba a la mujer contra su pecho, pues
parecía estarse escurriendo por la herida. Sentía que se estaba
volviendo cada vez más y más fría, y el tono de su piel había pasado
en poco tiempo de un rosado pálido a un tenue azul enfermo. Los
labios, arrebatadoramente hermosos, estaban blancos; y los ojos, que
aún no había visto abiertos, se hundían lentamente, como si se
estuviese vaciando por dentro. Pero Fred sentía la esperanza crecer
en su interior al ritmo de los pasos del viejo Ted, a medida que se
iban acercando a su casa.

- No se preocupe - se encontró a sí mismo susurrando al oído de la
doncella -, Tanta seguro ha encendido la chimenea, y ha preparado un
baño. La casa huele a campánulas, porque Drogo salió ayer a coger
flores. Ya se habrán encendido las luces de la calle, y los grillos
estarán afilándose las patas para el concierto de la noche. Tengo té
de roca y menta en la despensa, y pasteles de yema, y cecina de
venado, y ciruelas en confitura. Cuando haya comido, a la vera de la
ventana, se sentirá usted mucho mejor.
Fred sentía como la sangre le escurría por los brazos mientras la
abrazaba con fuerza. La respiración apenas era perceptible para el
oído, pero Fred la notaba, cálida y débil, en su mejilla. No, no
podía morir, no tan cerca de la salvación. Tanta era una chica
espabilada: seguramente había llamado ya a Willcome Britos, el hobbit
más versado en lesiones, ungüentos, heridas y afecciones. Willcome
había ayudado a traer al mundo a media Cuaderna, y había operado en
procesos curativos extremos. Incluso se decía que había regresado de
la muerte al pequeño Erling de los Semilla cuando se cayó del viejo
roble sobre un aventador quebrado. Nadie daba un ducado por su vida,
pero Willcome lo salvó de una muerte segura con sus cataplasmas y sus
emolumentos.
Estaban llegando a casa, presintió Fred, porque ya se oía la juerga
de El Campo de Cebada, que solamente estaba a tres casas de la suya.
Se apretó más si cabe contra la mujer, y le cogió las manos, y le
susurró en el oído, y le juntó las piernas hacia el pecho. Había luz
en el umbral de su hogar y el carro se detuvo. Antes de que Fred
pudiese decir "manteca y mantequilla", Drogo estaba asomado a la
parte trasera.
- ¿Quieres que yo la entre en casa? Seguro que mis brazos están menos
cansados que los tuyos.
- No, Drogo, gracias, ya lo hago yo.
Fred descendió del carro con cuidado, arrastrándose sobre las
piernas. Ahora, no sabía por qué, no podía soltarla, no hasta
tenderla en la cama. Sentía que si lo hacía, ella se escurriría del
todo y dejaría de respirar.

Tanta había encendido un candil y aguardaba en la puerta de la casa.
El pronóstico de Fred se había cumplido, y con creces: la chimenea
estaba encendida, y la casa estaba agradablemente cálida. De la
cocina venían aromas de poleo y pastas, y Willcome apremiaba a su
esposa con los calderos de agua hervida y el alcohol perfumado. Del
baño salían vapores de agua caliente, y los sillones estaban
dispuestos alrededor del fuego.
La habitación que Tanta había preparado respiraba frescura y luz.
Sobre la cama había extendido una piel curtida de vaca, pues
supusieron que habría que lavar a la enferma y frotarle el pecho con
aromas de menta para evitarle una pulmonía. Pero ahora que Tanta vio
a Fred, cubierto de sangre y barro, corrió a cubrir los suelos con
trapos y esteras. Fred apremió el paso hacia la cama y, con suma
delicadeza, tendió a la mujer en ella, arrodillándose a su lado.
Mientras Will se remangaba y Tanta comenzaba a cortar las vestiduras
de la herida, Fred le acarició el rostro y le apartó el cabello de la
cara.
- Vamos, vamos - le apremió la señora Britos, levantando a Fred del
suelo y aventándolo suavemente hacia la puerta -. Éste no es lugar
para vosotros ahora. El baño está listo, y Tanta os ha preparado un
refrigerio. No creo que esta joven vaya a salir corriendo mientras os
frotáis la espalda. ¡Vamos, fuera! -. Y mientras empujaba a Fred
fuera del umbral, le susurró en el oído: - No te preocupes, pequeño.
Seguro que todo saldrá bien.
Mientras Fred salía del todo volvió la vista atrás, y se encontró
con la herida: un ástil negro de flecha asomaba bruscamente entre la
carne morena. Y luego, con la puerta en las narices.

Drogo sintió un escalofrío de alivio cuando entró, de golpe, en la
bañera caliente. Los pies le estaban matando: había corrido más
rápido que en toda su vida, y se había asustado demasiado. Ahora todo
le venía a la cabeza de repente, como un pinchazo de mala memoria, y
lo iba soltando con lentitud al ritmo ascendente del vapor. Un largo
suspiro se escapó de su pecho y se quedó por un momento así, con los
ojos cerrados y sintiendo los latidos de su propio corazón.
Cuando abrió los ojos Fred estaba sentado al borde de la otra tina,
quitándose la camisa. La mirada estaba perdida y el oído atento,
quizá temeroso, quizá atormentado. Las ropas empapadas, manchadas y
arañadas ya habían caído al suelo y Fred se había metido en la bañera
cuando Tanta entró para rellenar con más agua caliente y llevarse las
vestiduras.
- No hace falta que hagas ésto por nosotros, Tanta querida - le dijo
Fred, con la mirada llena de ternura y cansancio -, ya puedes irte a
casa. Nos has sido de gran utilidad, y te estaremos agradecidos para
siempre. Ahora seguro que el viejo Holman te ha echado en falta y se
está preocupando.
- Puedes apostar que no, de eso ya me he ocupado antes - respondió la
joven, con un pícaro guiño -. Le he dejado sobre la mesa de la cocina
cuatro escarabajos pintados con especias, y pasará horas dilucidando
la subespecie de cada uno antes de descubrir el truco. Además, esto
no me supone ninguna molestia... ¡si supierais la cantidad de manías
y costumbres raras que tiene mi padre! Me complace recibir vuestro
agradecimiento, y os aseguro que no hace falta que me devolváis el
favor. Pero, por favor, ¡restregaos bien! ¡Deberíais ver la pinta que
tenéis ahora mismo!
Con una risa suave y clara, Tanta se agachó para recoger las ropas de
Fred.
- Me parece que aún tienen arreglo... sólo tienen dos costuras
reventadas y un par de rasgones en las rodillas. Con una porción de
jabón de sebo se irá cualquier mancha que...
- Quémalas - susurró Fred desde la bañera, cerrando los ojos y
sumergiéndose por completo.

Un rato después, con las rodillas doloridas y el ánimo algo
restaurado, Drogo devoraba pastas de crema en la mesita al lado de la
ventana. Habían sido demasiadas aventuras en un solo día, incluso
para él. La noche caía, plácida y fresca, sobre las casas y los
agujeros. Había sido una experiencia emocionante, como para
fanfarronear durante años con ella... pero, de un modo extraño, no le
apetecía contarla por ahí y convertirse en un héroe local. Le parecía
que la historia era demasiado terrible, había alguien herido, y
además estaba la sangre. Aunque su ánimo se hubiera restablecido un
tanto, la imagen de la sangre se le había clavado dentro.
Fred se había instalado junto al fuego en un sillón, secándose
lentamente. Se había vestido tan sólo con unos pantalones y una
camisa, y sorbía con parsimonia el té de diente de león mientras
fumaba una pipa tras otra. La mirada estaba fija en las llamas, y el
reflejo en las pupilas competía con el fuego que ardía dentro.
Largas horas pasaron, unas tres según el reloj del aparador, y los
quedos ruidos de la habitación hacía un rato que habían cesado. En
todo este tiempo Fred no se había movido de su postura excepto para
rellenar la pipa, y nada les había perturbado. Tanta había entrado en
la habitación y al rato había salido, acarreando unas tinas con agua
oscurecida, volviendo a entrar al poco. Pero a las dos horas más o
menos abandonó la estancia con la frente perlada de sudor y
retorciéndose las manos, aunque con una expresión serena de
confianza. Ahora estaba sentada al lado de la ventana, frente a
Drogo, observando por turnos el llovido alféizar y el rostro de Fred.

Al fin, y con un hondo suspiro, la señora Britos surgió de entre la
niebla dorada que llenaba el cuarto. Su rostro reflejaba un arduo
trabajo, pero un gran alivio al fin. El señor Britos salió detrás.
Fred se levantó como impulsado por un súbito resorte, y corrió al
encuentro del anciano.
- Vamos a ver, vamos a ver... ante todo, un momento de calma - dijo
Willcome, sentándose en el lugar que antes ocupara Fred y sacando la
pipa -, que un anciano como yo ya no está para estos trotes...
Rellenó pacientemente la pipa, con lentitud ceremoniosa, mientras
Fred se acurrucaba a sus pies muerto de miedo y nervios, y Drogo se
acercaba al fuego. Se le había helado la sangre de repente.
Con una primera capa de tabaco, una larga aspirada, y una segunda
capa, pareció que el rostro del anciano recobraba color. Las mejillas
se volvieron sonrosadas como la piel de las manzanas cuando llega el
primer sol de su madurez, y las bolsas bajo los ojos parecieron
alisarse y convertirse en plácidas arrugas de satisfacción. Incluso
se le cerraron los párpados algo más largamente de lo normal. Tanta y
la señora Britos habían salido y estaban sentadas en el banco del
porche, aliviando su dolor de cabeza con el frío.
- Señor Britos... - comenzó, con voz temerosa, Fred -. No quiero
apremiarle, pero se hace tarde y creo que en una noche más cerrada
les será difícil llegar a su hogar. Además, ya les he importunado
demasiado tiempo. Quisiera que me informase de...
- Bueno, bueno, joven - le interrumpió el anciano -, esta noche el
deber me obliga a permanecer en su hogar, así que por éso no se
preocupe.
- Tanta también ha de volver a su hogar, y tengo dos lámparas de
aceite de pescado que les pueden servir para prender en la carreta y
de ése modo llegar a casa. Así que no es necesario que se queden si
no es un caso de fuerza mayor. A no ser que el estado de...
- Me parece que Tanta tampoco tiene mucha intención de volver ésta
noche a casa - le volvió a interrumpir el señor Britos -. ¡Ah! Y por
los costes no se apure, que aún recuerdo cuando nos ayudó a sacar las
patatas hace dos jornadas. Éste maldito dolor de espalda, que siempre
me molesta cuando más la necesito. Pero bueno, muchachos, me parece
que tomaré un poco de este té de diente de león que sirve tanto para
la espalda como para el cansancio... ¡no me viene nada mal!
Con esto, se respaldó en el mullido asiento y dio por terminada la
conversación. Fred ya no sabía por dónde salir para provocar que Will
le expusiese el estado de la mujer herida. Era un hombre astuto, pero
también era un hombre viejo, de los más viejos de la Cuaderna, lo que
le hacía doblemente versado en las artes del equívoco y la evasión.
Vencido, el joven se arrodilló ante el fuego sirviendo una tacita de
té de diente de león para Willcome, y tratando de mentalizarse para
pasar una noche larga, larga, en medio de la duda más terrible...
Drogo ahora tenía demasiado calor por lo que, echándose una capa del
recibidor sobre los hombros salió al encuentro de las dos mujeres,
que charlaban con voz queda fuera de la casa.
Nada más resonar la madera de la puerta al cerrarse, Will dejó la
pipa sobre la mesa y se acercó a Fred, inclinándose para susurrarle
al oído.
- Por fin se ha ido... ahora podremos hablar con libertad - los ojos
del anciano brillaron mientras se acercaba un taburete bajo al fuego,
delante del cual estaba Fred -. No es un mal chico, pero hay cosas
que es conveniente evitar a oídos tan tiernos. ¡Y sobre todo tan
imaginativos como los de Drogo!

Las dos mujeres charlaban bajito, mientras se enjugaban la frente y
se arrebujaban en las capas. El vaho que desprendían sus labios
dibujaba formas caprichosas al elevarse y diluirse en el frío de la
noche. Cuando vieron acercarse a Drogo se hicieron a un lado para
dejarle sitio, y callaron.
El aire en la noche cristalina era frágil y transparente, y Drogo
estaba en paz de un modo extraño. Las estrellas se habían abierto
paso al fin, tras la tormenta, y se dejaban mimar por el reflejo de
los charcos. El ligero murmullo que venía de la taberna era el único
sonido que perturbaba la plácida tranquilidad. Drogo, sentado, miraba
al cielo, y el cielo lo miraba a él. Notó una pequeña mano en la
suya, fría, suave. No le hizo falta mirar para saber que era la de
Tanta.

La abarcó dulcemente entre sus dedos encallecidos, y la noche se hizo
absoluta.

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Muchos besos, y espero que os guste. Me encantaría recibir opiniones
de la gente que la va leyendo.
Nienna




Lun, 7 de Mayo, 2007 10:06 am

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