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Ruinas de un pasado: capítulo 8   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #5315 de 5464 |
Siento haber tardado, pero el trabajo me tiene muy ocupada. Espero
que este capítulo os guste, o al menos, os conforte...
Nienna

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- Es lo más emocionante que me ha pasado en la vida... aún no me lo
creo...
Drogo trotaba y parloteaba emocionado pero Fred no lo hacía caso, ni
siquiera cuando se puso a hacer equilibrios en la cerca de la granja
de los Braun, que era más alta que su cabeza. A él no le había
parecido emocionante. Aún tenía el corazón en la garganta. No le
gustaba hablar con gente desconocida...
Habían partido pronto esa mañana para llegar al alba a los Campos del
Fardo, más allá del bosque, donde llevaban trabajando dos semanas en
las encarnadas uvas del vino. Era una labor delicada aunque
seguramente menos gravoso que para las gentes de Dwaling, que debían
abandonar sus hogares durante medio mes para ganar el dinero del
invierno. Esta gente era tranquila y alegre aunque reservada, y
tenían las manos más rápidas de la Comarca, además de un conocimiento
exquisito de las vides.
Fred y Drogo eran los únicos de su aldea, pero no les importaba. La
hermandad que se creaba otoño tras otoño con los de Dwaling era
asombrosa y cálida. Trabajaban cantando, lo que era más que
gratificante, mágico. Sus tonadas variaban dependiendo del estado del
día: tenían canciones para mañanas frescas, para tardes soleadas,
para noches cansadas... las más hermosas se cantaban al ocaso, cuando
los campos parecían arder bajo el crepúsculo y se acarreaban los
cestos con la cosecha hasta los almacenes. Entonces, las voces se
alzaban lentas y armoniosas para despedir el día y cubrir los frutos
con un deseo de salud y abundancia.

Los dos dormían todos los días en un refugio de pastores del bosque,
a menos de una hora de los campos, y en el día libre podían acercarse
a su hogar. Ahora, la temporada acababa de terminar y el camino les
llevaba de vuelta al hogar para pasar el invierno, que ya llamaba a
la puerta con los primeros copos de nieve. Arrastraban por turnos una
pequeña carreta de mano donde podían verse tres barricas de vino de
la añada anterior (regalo que se hacía a todos los trabajadores al
terminar la cosecha), las ropas y enseres del refugio, tres quesos
que les habían obsequiado los de Dwaling, además de una enorme manta
tejida en gancho que Drogo había recibido de sus primos segundos, que
siempre le enviaban algo a través de los temporeros.
Otras muchas y variadas cosas se amontonaban en la carreta de mano
que ahora, ya cerca de casa (comenzaban a adivinarse los humos de las
chimeneas entre los árboles que cada vez eran menos numerosos),
acarreaba Drogo. Mientras tanto silbaba una tonada sobre lo alto que
se puede llegar trepando a un árbol o subiendo al tejado de un
granero o disparándose con una catapulta, que él mismo había
compuesto. En lo más alto de la carreta, en una caja oscura que
traqueteaba encima del fardo de ropa, un regalo muy especial
aguardaba a ser abierto.
El día anterior, aprovechando que tenían el día libre, habían bajado
hasta Ojo de Aguja. Cruzaron el pueblo (no sin hacer una paradita en
la taberna "El Águila Culebrera" para comprar una pieza de carne en
salazón, muy famosa y típica) hasta llegar al puente sobre El Agua.
Allí se sentaron y aguardaron, observando la inmensidad cenagosa del
Pantano de los Juncos. Hacía dos meses exactos que encontraron a
Belladona.

Ella no los había acompañado, pues se quedó en la casa de la aldea.
Desde que comenzó a hablar y pudo levantarse, se aplicó para pasar lo
más desapercibida posible para la gente del pueblo. Habían ideado
hacerla creer una prima carnal por parte de padre del señor Halfred,
una de las muchas hijas que había tenido el difunto Andisagaz el
Cordelero, del que se decía había tenido trece hijas y un hijo,
Andson, primo muy querido de Fred. Como sus hijas se repartieran por
las cuadernas de forma muy dispersa debido a sus matrimonios, nadie
les seguía la pista tan de cerca en la aldea como para sospechar ni
indagar. Además, Campotieso (también llamado Campo del Cordelero, que
era donde vivía esa rama de la familia) quedaba demasiado lejos, allá
en la Cuaderna de Sur, y nadie hacía un viaje tan largo por aquellos
tiempos.
El parentesco, al hallarse en el primer grado, normalizaba el hecho
de que viviesen en la misma casa. Los motivos no se aclararon del
todo, así la gente se cansaba pronto de hacer conjeturas y se
limitaba a dejarlo estar. Ella sólo salía afuera por las mañanas para
barrer la entrada, pues habría estado muy mal visto que otra mujer
ajena a la familia (por ejemplo, Tanta) limpiase la puerta. Cuestión
de costumbres...
Así, daba pie a que la gente aceptase su presencia como cotidiana: la
saludaban al pasar por la puerta, charlaban un rato sobre
trivialidades y seguían su camino hacia las labores del día. El resto
del tiempo lo pasaba en la casa, atendiendo los trabajos del hogar y
encerrándose en su pequeño paraíso: la biblioteca de Fred.
La encontró por casualidad el día en que el señor Eriales (que la
visitaba dos veces por semana) le dio permiso para levantarse, y
recomendó los pequeños paseos por la casa y el jardín de atrás. Fred
estaba fuera y cuando volvió la halló en el suelo de la sala rodeada
de libros, documentos y mapas. Se había pasado el día ordenando y
clasificando los papeles sueltos que Fred amontonaba desde años
atrás. Ya de noche, antes de acostarse, tomaron la costumbre de
sentarse juntos los tres frente al fuego y trazar nuevos mapas, o
corregir los ya hechos, añadiéndoles nuevos descubrimientos.
Belladona parecía conocer bien los alrededores e incluso las tierras
que salían de los límites de la Cuaderna, pero Fred respetó el
compromiso de no preguntar por qué.
Pronto para Belladona aquella hora de la tarde se convirtió en la más
esperada de todo el día, pues le era imposible salir de la casa.
Además del hecho de que aún no se había recuperado del todo, el
problema mayor era el de sus pies.

Sus pies eran diferentes a los de los demás. Eran pequeños, sin
vello, y demasiado tiernos para poder caminar descalzos. Cuando llegó
al hogar de Drogo y Fred, sus pies se hallaban en un estado
lamentable. Estaban llenos de cortes que se habían infectado, rozados
y arañados. Sus tobillos estaban en carne viva, y tardaron mucho
tiempo en poder regenerar la piel. Fred los curaba cada mañana, y
ella no pudo siquiera ponerse de pie en un par de semanas. Así que le
acercaban una silla a la ventana que se asomaba al jardín de atrás,
y allí pasaba la mayor parte del día. Las primeras semanas los tres
pasaban todo el tiempo en casa pues no había labor en el campo, y
trataban de hacerle compañía. Lo que más le gustaba, además de
escuchar los relatos de Fred, era observar el cuidado del jardín y
adoctrinar a Drogo sobre el crecimiento y la floración de las
plantas. Él ya no le cortaba flores para ponerlas a la vera de su
cabecero, pues amanecían marchitas y se ponía horriblemente triste.
De todos modos tampoco era conveniente que los vecinos se fijasen en
sus pies desprotegidos, pues eso sí provocaría habladurías y
sospechas. Cuando salía a barrer la entrada de la casa debía cubrirse
el cabello, inusualmente liso, con un enorme pañuelo de colores; y
llevaba puesta una falda tan larga que le llegaba hasta el suelo, e
incluso arrastraba con el ritmo del cepillado. Mientras tanto,
pensaba... Las piedras del camino le herirían las plantas, y la
hierba seca se le clavaría en la tierna carne. Con lo que a ella le
apetecía adentrarse en el bosque y correr en la oscuridad hasta
llegar al arroyo...
A pesar de todo ésto nunca se aburría. Tanta venía a verla casi cada
tarde, y ahora que Fred y Drogo la habían dejado sola se había
instalado unos días para hacerle compañía. Poco a poco la dulce paz
de los días hermosos y de la cálida caricia del cariño estaban
calmando su infierno interior. Aún así, cuando se quedaba sola unos
momentos y se observaba en su nuevo cuerpo, una increíble
desesperanza la invadía como una grandiosa ola, aplastándola hacia
las entrañas de la tierra e impidiéndola respirar...

Pronto llegaron a los lindes del bosque, desde el que ya se veían los
tejados de sus pequeñas casas. Drogo no cabía en sí de gozo.
- Ya lo verás... los chicos no se lo van a creer... menos mal que
compré el pequeño juguete girador, así ya verán que es verdad... aún
ni yo mismo me lo creo...
Metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó una
pequeña peonza de metal, que brilló de súbito a la luz del sol
poniente. Mientras la sostenía en la palma, pudo notar cómo temblaban
las diminutas piezas que tenía dentro y que la hacían sonar con una
música maravillosa cuando bailaba. Una verdadera obra de ingeniería
en miniatura...
Pues el motivo que les había llevado hasta tan lejos, hasta el
puente sobre El Agua y la orilla del Pantano de los Juncos, era el de
encontrarse con la silenciosa caravana que lo atravesaba una vez cada
tres meses. La vieron llegar, pesada y lenta, saliendo del pueblo en
dirección a Nobotella y luego al norte, hasta pasar las Colinas
Lejanas y alcanzar su destino: las minas de las Montañas de Lune.
Poca gente se acercaba a los enanos en esos tiempos. Ellos tampoco se
dejaban ver demasiado, ni hablaban con nadie a no ser que fuese
estrictamente necesario. Se comerciaba con ellos, pero normalmente
era con utensilios especialmente singulares o de rarezas para
coleccionismo. Los enanos, por ejemplo, surtían de herramientas a los
curtidores de piel, trabajaban los mejores anzuelos para pesca, e
incluso los broches más hermosos para capricho de alguna mujer
adinerada. También almacenaban en sus carros objetos muy diversos, y
desconocidos o inútiles para los hobbits, tales como armas para la
Gente Grande, o extraños artefactos para la medición del terreno, e
incluso para la observación del cielo. Fred había oído hablar de su
ruta y los abordó con brusquedad, pero cargado de respeto. Buscaba
algo muy concreto, y solamente ellos se lo podrían proporcionar.
Drogo, simplemente demasiado impresionado por aquellas gentes de
hablar rudo y mirada desconfiada, se quedó acurrucado junto al muro
del puente. Sólo cuando uno de ellos desplegó un pequeño fardo lleno
de extraños juguetes, tuvo el valor de acercarse y proponer un cambio.

Rodearon la casa por el lado oriental y descargaron las herramientas
en el cobertizo junto a la pequeña huerta. En las ventanas se
asomaban resplandores rojizos, y pronto también se asomó una cabecita
de cabellos rizados y castaños. La voz de Tanta les delató. Cargaron
en las manos los fardos de la ropa, la comida y los objetos, y
entraron por la puerta de atrás.
En el salón había un buen fuego en la chimenea. Las mujeres estaban
en aquel momento atareadas en un juego de ingenio, después de haberse
pasado la tarde lavando, cardando, devanando y acondicionando varios
sacos de blanca lana. Tanta les arrebató de las manos el equipaje y
cerró la puerta. Belladona ofreció una silla a Drogo, justo enfrente
de un café caliente y un bizcocho de limón. Cuando Fred hubo tomado
asiento en su sillón habitual y hubo encendido su pipa, la llamó a su
lado. Ella se acercó un taburete bajo al fuego. Tanta reclamaba
alegremente una cerilla para prender las ropas de trabajo
(refunfuñaba entre dientes lo muchísimo que darían de frotar), y
Drogo no tenía suficientes manos ni ojos para nada más que la
merienda.
- ¿Has trabajado mucho en esta última semana? - le preguntó Fred una
vez se hubo sentado.
- Bueno... - respondió ella con una tímida sonrisa - un poquito.
Ordené por fechas algunos de tus documentos, pasé a tinta roja las
anotaciones sobre las runas, desempolvé algunos de los restos que
guardas en los arcones y los cubrí con papel encerado, así no se
rozarán entre sí. Y encontré un cuaderno muy antiguo en lo alto del
armario de la habitación...
Desapareció un instante y trajo consigo una suerte de libreta grande
muy desgastada. Al abrirla, Fred la reconoció de repente.
- Es el cuaderno de dibujos que usaba antes. Aquí están algunos de
mis primeros descubrimientos, antes de que los restos que descansaban
al norte del pueblo se convirtieran en el molino, la cerca de los
Copete y la segunda sala de la taberna... -. Hojeó distraído las
páginas, recordando al tanto lo emocionado que se sentía cuando
descubrió los restos. Suponían para él aquello por lo que se había
ido de casa... - Pensé que lo había perdido cuando se me inundó el
almacén hace dos años. Perdí muchos documentos por culpa del agua.
- Me encantaría que tuvieras un rato para contarme dónde y cómo
encontraste estas ruinas. Casi puedo verlas si tú me las describes...
Él levantó la vista del cuaderno, y observó como brillaban sus dulces
ojos al recorrer los dibujos. Respondió firmemente:
- No te lo contaré, porque las verás por ti misma. Te llevaré a lo
más profundo del bosque, subiremos la colina del Cercorredondo y allí
podrás ver, recortado por los derruídos muros, el resplandor plateado
del Evendim. Y en primavera, podemos viajar al norte...
Una chispa de picardía se asomó a los ojos de Halfred. Alargó el
brazo y alcanzó la caja negra que con tanto mimo había transportado
desde aquel puente, sobre El Agua. Se la puso en las manos a
Belladona, y respondió a su asombro con una amplia sonrisa.
Ella respiró hondo y desanudó la cuerda que sujetaba la tapa. Drogo
se había terminado la merienda y se acercó, silenciosamente
emocionado. Con el corazón encogido, ella apartó los papeles de
cebolla, que crujieron suavemente y cedieron su paso.

En el fondo de la caja, cuidadosamente colocadas una al lado de la
otra, había dos pequeñas y hermosas zapatillas de terciopelo rojo.





Mié, 4 de Jul, 2007 9:05 pm

tolkiensegovia
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Siento haber tardado, pero el trabajo me tiene muy ocupada. Espero que este capítulo os guste, o al menos, os conforte... Nienna ... - Es lo más emocionante...
tolkiensegovia
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4 de Jul, 2007
9:05 pm
Avanzado

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