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yanche · OSAL-LUM PARA LUMINOTERAPIA
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Prisioneros de la luz   Lista de mensajes  
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Entre el 5 % y el 10 % de los chilenos sentirá somnolencia, aumento
de su apetito y desánimo a medida que los días se acorten. Son los
síntomas de la depresión de invierno, para la cual en Chile no existe
el tratamiento adecuado.


Por Elizabeth Simonsen Era 1987. Al servicio de urgencia del
hospital siquiátrico de New Hampshire, Estados Unidos, llegó una
mujer de 35 años, tras un intento suicida. Cada invierno padecía de
los mismos síntomas:
fatiga, somnolencia excesiva, desánimo, irritabilidad, necesidad de
comer chocolates y otros alimentos dulces. Sin embargo, siempre había
podido soportarlos, pues sólo pasaba algunas semanas en la ciudad:
apenas los niños tenían vacaciones, toda la familia viajaba a
Florida.
¿Qué había pasado ese año? "Las vacaciones no llegaron, sino hasta la
primavera. No pude aguantar tanto", fue su respuesta al siquiatra.
La mujer presentaba un síndrome afectivo estacional, también llamado
depresión de invierno, al igual que el 10 % de los habitantes del
norte de Estados Unidos y el 5 % a 10 % de los chilenos. En
contraste, sólo el 1 % de los residentes del estado de Florida sufren
el mal. La diferencia: la falta de luz y los días grises de los
largos inviernos en los lugares más alejados de la línea del Ecuador.
En el mismo hospital estadounidense, todos los años era internado un
joven, de unos 20 años, con el mismo diagnóstico: depresión severa.
En su habitación, dormía todo el día; ni siquiera tenía ánimo para
dar vueltas por el centro asistencial. Subía considerablemente de
peso, por su desmedida afición a los dulces. Había intentado quitarse
la vida varias veces. Además, se mostraba irritable. Luego de revisar
su historial médico, los doctores se percataron de que su recaída se
producía siempre a mediados de otoño. Decidieron, entonces, someterlo
a una fototerapia, el tratamiento recomendado para los enfermos del
síndrome afectivo estacional, que no es otra cosa que una luz
artificial de determinado espectro para suplir la ausencia de la
natural . A los pocos días, las enfermeras relataron que el joven
estaba más sociable. Pero la sorpresa de ellas fue mayor cuando un
día escucharon la música de un violín que provenía de su habitación.
El muchacho estaba en recuperación: había sacado el instrumento que
mantenía guardado bajo su cama.
El ser humano tiene una gran dependencia de las variaciones de luz y
sombra que se producen diariamente y entre las estaciones del año.
Explica el siquiatra Andrés Heerlein: "Con la información de la luz o
la oscuridad, el cerebro humano secreta o deja de liberar ciertas
hormonas que regulan las funciones básicas como el sueño, la
temperatura corporal, el apetito, la presión arterial, etc. Con todo
ello, se establece el reloj biológico de 24 horas, denominado ritmo
circadiano, que responde a las diferencias entre el día y la noche".
Por ejemplo, durante las noches, así como en el invierno, el cerebro
secreta mayor cantidad de la hormona melatonina, que está relacionada
con el sueño (ver recuadro).
Por eso, la llegada del otoño e invierno afectan a la mayoría de la
población. Según un reporte británico, 9 de cada 10 personas
declararon comer y dormir más en invierno y en días grises. Sin
embargo, para el 30 % de ellos, la situación afectaba su vida diaria:
su sistema nervioso no era capaz de adaptarse a los cambios. Estaban
desarrollando el subsíndrome de la depresión de invierno, un cuadro
clínico de menor grado, que puede ser sobrellevado con algunos
consejos (ver recuadro). En cambio, en otro 5 % de la población, el
cansancio, la falta de ánimo, la somnolencia y los otros síntomas
llegaron a interrumpir la vida laboral o familiar. Incluso, quienes
los sufrían desarrollaron ideas suicidas. Era la depresión de
invierno.
La diferencia entre unos y otros, según explica el doctor Heerlein,
es que quienes desarrollan el síndrome son individuos predispuestos,
ya sea por razones genéticas, de género (el 80 % son mujeres),
biográficas o porque simplemente su sistema nervioso no es capaz de
adaptarse al cambio. También pueden influir estresores externos
recientes, como un divorcio o un duelo.
Como el caso de un empresario chileno, de 48 años. Había llevado una
vida normal sólo interrumpida por algunas alteraciones en el ánimo
que coincidían con la llegada del otoño. Pero éstas fueron más
intensas luego de la muerte de su madre. Desde entonces, el desgano
en los inviernos comenzó a complicarle la vida: ni siquiera tenía
ánimo para levantarse; creía ser capaz de dormir, por lo menos, 15
horas diarias. Su productividad laboral era cada vez menor, pues
tenía dificultades para concentrarse y su memoria fallaba. Además,
sentía una creciente necesidad de consumir hidratos de carbono, con
lo cual había subido varios kilos. Y su relación de pareja marchaba
cada vez peor, porque su líbido había bajado notoriamente. Después de
deambular por varios siquiatras y de someterse, sin resultados, a
tratamientos farmacológicos, un especialista acertó en el
diagnóstico.
Según explicó a Qué Pasa, la siquiatra Patricia Murphy, del Centro
Médico de la Universidad de Cornell, Nueva York, se cree que las
personas que padecen del síndrome afectivo estacional tienen su reloj
biológico alterado, aunque no se sabe cómo. Ello explicaría el mayor
letargo, la fatiga y la hipersomnolencia que caracteriza a los
enfermos.
También, la eficacia del tratamiento de la fototerapia: la luz regula
el alterado reloj biológico de aquellos pacientes, permitiendo que se
reestablezca el equilibrio. Al igual que sucede con la luz natural,
la artificial entra por la retina del ojo y, a través de los nervios
ópticos, llega hacia la corteza occipital del cerebro, desde donde se
distribuyen al resto de la corteza cerebral. Esta, a su vez, envía
las señales hacia las glándulas encargadas de secretar las hormonas.
Hace un mes, además, el equipo de la Universidad de Cornell, liderado
por la doctora Murphy, encontró una nueva vía de explicación y, a la
vez de tratamiento: la piel. Aplicaron la misma técnica de
fototerapia, pero esta vez no sobre la cara, sino sobre la parte
trasera de las rodillas de 15 individuos, preocupándose de tapar sus
rostros para que la luz no rebotara sobre los ojos. El resultado: el
reloj biológico de los voluntarios también respondió a la luz.
La doctora Murphy explica que cualquier otra área de la piel podría
jugar el papel de "ojos" para el cerebro. ¿Cómo llegaría entonces la
información hacia el cerebro? "Eso es lo que hay que investigar
ahora", dice Murphy. Sin embargo, se manejan algunas teorías. Una de
ellas es que la sangre es el principal mecanismo de transporte de los
datos hacia el cerebro.
La siquiatra Murphy agrega que el nuevo descubrimiento permitirá
desarrollar nuevas técnicas de fototerapia menos restrictivas que las
que se utilizan actualmente, que puede demandar desde 20 minutos
hasta tres horas de exposición diaria. De ser así, tal vez éstas sí
podrían ser aplicadas en Chile: el empresario debió importar su
propia máquina, una sencilla pantalla que emite luz blanca, desde
Estados Unidos, ya que ninguna clínica u hospital nacional posee esta
tecnología. Hace algunos años se dio de baja la única máquina de este
tipo que funcionaba en Chile. Por eso, los siquiatras locales sólo
pueden tratar esta enfermedad farmacológicamente. Algo que ataca los
síntomas -pero que no termina con el origen del problema- y que en
algunos casos ni siquiera produce ese efecto.
Fuente: Revista Qué Pasa
Autor: Elizabeth Simonsen






Jue, 28 de Ago, 2003 8:45 am

yanchellum
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