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El Señor de la Montaña miraba a los hombres y escuchaba todos sus ruegos y
peticiones.
Escuchaba a los que buscaban material para vivir, a los que cincelaban con
arte para sacar su belleza.
Escuchaba cómo en el lago y en el río se reflejaban todos los deseos de los
hombres bullendo por cumplirse.
Cada cual iba a Él a sacarle lo que quería.
Unos para vivir, otros en cambio, trataban de explotar sus riquezas.
Porque le sacaban de todo.
Mientras Él callaba, le cantearon, le hicieron túneles, le perforaron, se
llevaron más de lo que necesitaban. Oro, plata, diamantes, metales,..
Le sacaban sus entrañas, y llegaron incluso a pelearse por lo que
conseguían.
Lo guardaban en cajas blindadas y custodiaban fuertemente lo que siempre
estuvo delante de todos.
Entonces la gente pedía, pero la Montaña no podía dar lo que estaba ahora en
manos de los propios hombres. De estos dependía así, la mayor parte de las
veces, todos sus deseos.
Le echaban, en cambio, la culpa al Señor de la Montaña, mientras se las
ingeniaba cada uno para conseguir su parte.
El Señor de la Montaña veía que se desgastaba la Montaña, pero nadie quería
escucharle, cada cual trataba de llevarse los trozos que habían, repartidos
de ella, por todo el mundo.
En el silencio de la noche, sabedor de los ecos y de los sonidos de la
Montaña, alguien pidió:
- ¡¡¡Enséñame a Pedir, Señor de la Montaña !!!.
Prosiguió:
- Enseñame a Pedir lo que no se gasta, lo que no crea contienda, lo que no
se guarda, lo que en el corazón habita.
La Montaña le mostró los cantos rodados precipitándose por la ladera.
Un silencio lo llenaba todo, y sin embargo, con nada, todo lo decía.
Entonces exclamó:
- ¡Qué bella eres Montaña, y qué grande Señor!.
Y se fue lleno, sin llevarse nada.
Un abrazo.
Jesús.
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