Cargando ...
Se ha producido un error al cargar el contenido.

CUEVA DE LA PILETA. HITOS Y SEMBLANZAS: 1905. JOSÉ BULLÓN ( I )

Expandir mensajes
  • José Manuel
    JOSÉ BECERRA No deja de ser noticia y pensamos que de actualidad el ya declarado monumento nacional de la Cueva de la Pileta de Benaoján. Decenas de
    Mensaje 1 de 1 , 3 feb 2009

      JOSÉ BECERRA

      No deja de ser noticia y pensamos que de actualidad el ya declarado monumento nacional de la Cueva de la Pileta de Benaoján. Decenas de curiosos, investigadores y estudiosos se acercan a él para calar en lo posible en el mensaje que nuestros antepasados quisieron dejarnos a propósito de sus modos de vida, costumbres, hábitat y sentido de la trascendencia o intento de ir más allá de la realidad circundante, asombrados por la grandeza y el misterio del cosmos.

      El interés por la cueva de la Pileta se viene acrecentado en los últimos años tanto por los vestigios de homínidos que en su interior oscuro y lóbrego dejaron su concepción animista en forma de pintura parietal como por la grandiosidad de sus salas y la intrincada estructura de sus galerías. Guías, conservadores y defensores a ultranza del tesoro prehistórico que encierra esbozan durante el recorrido que hacen los curiosos y estudiosos de la espelunca someras descripciones y nomenclaturas de las pinturas - ¡Milenios de arte nos contemplan! – y sus adscripciones a tal o cual etapa de la consolidación de las más antiguas civilizaciones humanas. Paleolítico, Neolítico, Mesolítico... Nos dirán que a lo largo de todo el paleolítico el hombre fue cazador y recolector aunque también se dedicó a la pesca y que aquí tuvo su hábitat y su santuario. Abundarán en que durante la mayor parte del paleolítico inferior los primeros seres humanos (Australopithecus, Homo habilis y Homo erectus) fueron probablemente más carroñeros que cazadores, y que su vida obedecía a patrones tribales o comunales. Que la Pileta sirvió de aposento a la vez que de lugar sagrado en donde nuestros antepasados de la piedra tallada dejaban entrever su afán de trascendencia. Explicaciones eruditas semejantes que fácilmente se podrán encontrar en cualquiera enciclopedia ilustrada o manual histórico más o menos ambicioso y que más de las veces resultan monótonas y repetitivas.

      Pero, ¿qué hay de las figuras que tanto tuvieron que ver con la Pileta? ¿Se hace justicia a los descubridores, propagadores, conservadores cuando se silencian sus nombres o no se muestra un panegírico evidente de sus vidas y trabajos relacionadas con esta cueva que es asombro de medio mundo?

      La figura de Marcelino Sanz de Sautuola, descubridor de la Cueva de Altamira, "Capilla Sixtina del Paleolítico", ha tenido la profusa divulgación que merece. Sus trabajos han sido reconocidos y ensalzados hasta la sociedad. Pero, ¿ha tenido igual realce la figura de José Bullón, descubridor de la Pileta, que en muy poco, en lo que se refiere a las representaciones pictóricas, se diferencia a la anterior? Las pinturas que se conservan en las cuevas de Altamira representan, con increíble exactitud, bisontes, caballos y ciervos. Lo mismo podría decirse de la Pileta. En cuanto, a igual que la gruta de Santillana del Mar (Cantabria), las representaciones de la espelunca malagueña están realizadas con pigmentos extraídos de la tierra, compuestos de diferentes minerales pulverizados y mezclados con grasa animal, clara de huevo, extractos de plantas, cola de pescado e, incluso, sangre; se aplicaban con pinceles hechos de varitas y juncos o se soplaban sobre la pared. Ambas inciden en los presupuestos del ritual mágico aunque no se conoce con certeza su naturaleza exacta.

      José Bullón representa a la figura intermedia que la relación entre propietario de hacienda y peón de la gleba ha consagrado la historia social del depauperado campesinado andaluz. Fue aparcero o colono de un terrateniente de Ronda afincado en una feraz depresión cerrada que entre los lugareños era conocida como el "Hoyo de Harillo". Se quejaba el hombre para sus adentros de que sus lechugas y coles no presentaban el vigor de otros años; famélicas y enclenques pedían con urgencia los nutrientes necesarios que él sabía que prestaban auxilios milagrosos en situaciones semejantes. Así que una fría mañana del invierno del año 1905 se acordó de la Sima de los Murciélagos, a pocos centenares de metro del chamizo que le servía de vivienda, a los pies en una de las laderas de la peñascosa Sierra de Libar. Había visto como bandadas de estos raros y veloces mamíferos entraban y salía por la hondonada como Pedro por su casa y decidió bajar por ella en pos de murcielaguina. Le habían hablado de las excelencias del estiércol de los quirópteros como nutrimento para los vegetales y ni corto ni perezoso se aventuró en la oquedad, que hasta entonces no había conocido jamás la huella del hombre. Por lo menos del hombre que corresponde al concepto de ser pensante poseedor de inteligencia y técnica propias de los últimos siglos. Porque seres en los inicios de la evolución del cerebro y con capacidad para subsistir en medios adversos, ya lo creo que dejaron allí muestras de su paso.

      José Bullón no salía de su asombro por lo que la indecisa luz – un hachón - que le servía de ayuda para moverse por las tenebrosidades de la espelunca mostraba a sus ojos. ¿Pero qué eran aquellas pinturas que reflejaban animales en movimiento? ¿ Y aquellos trazos y signos en negro? ¿Pues y los restos de recipientes esparcidos por el suelo con muestras evidentes de haber sido calcinado por el fuego? ¡Ave María Purísima! ¿Qué significaba todo aquello?, pensaría dubitativo rascándose la cabeza.

      No sabría hasta pocos años antes de su muerte que su nombre y apellido habría de relacionarse con el descubrimiento de una cueva, prodigio del arte Paleolítico Superior y uno de los exponentes, sino el más representativo, de la cuna de la civilización en la Península.

      Al contrario de Sautoula, que era un naturista eminente y supo poner por escrito el portento de su hallazgo en Santander, José Bullón, sin apenas saber leer ni escribir, tuvo que esperar años para que fueran otros los que pusieran luz y taquígrafo, por emplear un término muy de nuestros días, al descubrimiento. Solo a él le cupo el mérito, aunque fuese de manera fortuita, de rescatar de las tinieblas tamaño tesoro oculto en la fría profundidad de las piedras.

      Reproducido de: Diario Sur 

    El mensaje se ha enviado correctamente y se entregará a los destinatarios en breve.