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LUIS PARDO -MUERTE (Cap. XXVIII) : ALBERTO CARRILLO RAMIREZ.

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    ALBERTO CARRILLO RAMIREZ LUIS PARDO EL GRAN BANDIDO CAPÍTULO XXVIII MUERTE DE LUÍS PARDO El lugar donde fueron hallados los avíos de Pardo y su compañero
    Mensaje 1 de 2 , 6 ene 2008
      ALBERTO CARRILLO
      RAMIREZ
       
       
       
       
                  LUIS PARDO
       
       
       
            "EL GRAN BANDIDO"
       
       
       
       
                 CAPÍTULO XXVIII
       
       
                 MUERTE DE LUÍS PARDO
       
       
       
              El lugar donde fueron hallados los avíos de Pardo y su compañero se halla en la margen derecha del río Tingo o de Cajacay y como a 3 kms. más abajo del puente de Chaplián, por donde pasa el camino que se dirige de Cajacay a la Costa. El rio corre por ese sector a tropicones, entre pedrones, bufando y arrojando espumarajos, orillado por su izquierda por peñascos y arbustos, pero que lo hacen de todos modos, accesible; en cambio, al otro lado, el cerro que se eleva bruscamente, , sin dejar espacio a la corriente para abrirse de brazos ni para dejarse abordar, comienza a retirarse a partir del puente  y se recuesta poco a poco,  como quien quiere o no quiere separarse de ese enorme y rugiente ofidio al que aprisiona inclemente.
       
      A pocos metros del puente, aguas arriba, y en la empinada margen derecha, como a 2 ó 3 metros sobre el nivel del rio, había una excrescencia pétrea en cuya parte inferior, muy cerca a las aguas abríase una covacha (1). Por encima pasaba una acequia de regadío que era alimentada por aquella indómita bestia, que luego de escurrirse por debajo del puente (que antes era sólo de palos recubierto con una torta de barro), se pierde allá abajo por los recovecos de la quebrada. La rivera derecha, desde el puente hacia adelante, presenta también una abundante vegetación que se prolonga hasta el paraje de Jacar.
       
      Durante toda esa noche no se dejó escuchar más que el uniforme y cansado bramido del Tingo, aparte de uno que otro disparo que partía de entre los bultos negros que yacían agazapados cabe los arbustos y las rocas, en ambas bandas de la quebrada. El "chacchado" se hizo general para vencer el sueño y mantener el espiritu en estado alerta; el cigarro era saboreado bajo los ponchos con el fin de evitar ser descubiertos por los sitiados.
       
          Los gallos de las casuchas próximas y lejanas se sublevaron en una griteria de protesta por la extinción de las luces estelares, y la primera calidad de la alborada revivió el paisaje fenecido en el anochecer del día anterior. La turba adormecida recién cayó en cuenta de que ya era el día 5 de enero. Con toda prontitud se enviaron propios a Cajacay y Raquia en demanda de más refuerzos, como si se tratara de hacer frente a todo un regimiento.
       
      Al término de la distancia la gente bajó
      con la celeridad que el caso requería,  mientras que aquella multitud que había permanecido durante toda la noche en silencio y al acecho, comenzó a escudriñar todo el paraje de Jacar. El terreno fue practicamente peinado, sin dejar rincón, arbusto ni peñón que no fuera inspeccionado; y así avanzaron y avanzaron, como una distancia de 3 km., hasta el puente de Chaplián. Allí no faltó quien, de entre los ciento y tantos sitiadores (precisamente uno de los jefes de grupo llamado Nicanor Ramírez), se diera cuenta que alguien se deslizaba a través de los arbustos hacia la covacha aquella que se encontraba un poco más arriba del puente. Pero era preciso localizar a los sitiados y cerciorarse debidamente del lugar exacto donde pudieron haberse llegado a ocultar.
       
       Comenzaron a hacerse disparos esporádicos desde distintos puntos, cuyos proyectiles convergían hacia aquel refugio natural, pero sin que fueran contestados por Pardo. Claro está que éste, consciente de su inferioridad defensiva ante el número abrumador de sus atacantes y con una cantidad reducida de municiones, trataba de no malgastarlas inútilmente.
       
       Este silencio de parte del proscrito y el hecho de no poderse ver el interior de la cueva, a causa de hallarse casi cerrrada la entrada por el espeso follaje de una planta trepadora que cubria el peñón, puso en duda a aquéllos, lo que dió motivo a que el tal Ramírez avanzara sigilosamente a observar mejor y convencerse de lo que habían visto sus ojos. De pronto dio el grito de :
          --¡Saychomi Kaykan! (Allí está) -- y un balazo que recibió en el brazo derecho fue el premio a su audacia.
       
           La detonación del disparo electrizó los ánimos y la sed de sangre se apoderó de la multitud. Un sólo propósito, una sola intención, bullía en los cerebros: matar a los citiados; pues, ya no había dudas: allí estaban las dos presas; allí, en la concavidad formada bajo el peñón, debía dirigirse el ataque. La gente se distribuyó a uno y otro lado del río, buscando el abrigo de las peñas, troncos y arbustos e improvisando trincheras. Unos se posesionaron del peñón que formaba la cueva, otros se ubicaron más abajo del puente, parapetándose en sitios estratégicos, y el paraje apacible y risueño se convirtió en un escenario dantesco : una lluvia de plomo fue lanzada hacia la cueva.
       
      Para los condenados a la última pena no había escapatoria posible y el refugio ofrecíales un abrigo a medias; Los proyectiles caian sobre las rocas laterales o sobre el peñón con un ruido semejante a menudos chicotazos; los que hacían impacto en la pared interior quedaban incrustados en ella, y los que golpeaban de refilón en la entrada, levantaban penachos de tierra y ripio. Pero de la cueva no volvió a salir ningún disparo, y ello hacía presumir que los sitiados o estaban mal heridos o durmiendo ya el sueño eterno.
       
        El Gobernador, el Alcalde y el "jefe de la policía" que se hallaba sobre el peñón para observar desde allí y dirigir el ataque, ordenaron suspender el tiroteo y hacer una inspección al interior del refugio aquel; bajó Requena y se aproximó en compañia de algunos hombres armados, cuando Pardo, mediante una rápida salida, "¡pen!" , dió cuenta del primero de los intrusos, quien rodó sin vida, dejando pasmados a todos (2).
       
          Al ver los "amos" del pueblo que la guarida del león era inexpugnable y convencidos de la ineficacia de los disparos, pensaron en intimarle rendición. Unos y otros le gritaban en los tonos más diversos: "¡Ríndase!" "¿Rindikúnkiku?".  Más ninguna respuesta salía del refugio. Optóse entonces por utilizar medios brutales y salvajes para doblegar ese caracter de acero: mientras proseguía el tiroteo, hicieron traer muchos cartuchos de dinamita, así como mechas y fulminantes; luego valiéndose de hondas, procedieron a un bombardeo feroz: la cueva se estremecía con el estallido de los potentes explosivos sobre el peñón o sus flancos haciendo saltar una lluvia de fragmentos de roca; los cartuchos que caían al interior, rápidamente eran devueltos afuera y reventaban en el aire, en el río o en la orilla opuesta.
       
      A cada denotación Pardo respondía voces, con duras imprecaciones a sus malvados verdugos. Agotada la provisión de dinamita, se echó mano a otro recurso drástico: inundar de agua la madriguera del "bandido"; pero para ello había que vencer ciertas dificultades. Como dice Gustavo Le Bon, "Para el individuo en muchedumbre la noción de imposibilidad desaparece". En efecto, a la primer ainsinuación, algunos corrieron a las casas más próximas en pos de una barreta o una lampa, y muchos, en franca competencia, se trasladaron hacia arriba, al origen de la acequia que pasaba por encima del peñón; acto seguido, con febril actividad todos pusieron manos a la obra, con los pantalones recogidos hasta los muslos y las piernas hundidas en el rio impetuoso; colocaban troncos, ramas piedras y más piedras, formando una barrera de contención, para desviar la mayor cantidad de agua posible hacia la acequia, mientras que otros cambiaban la dirección del cauce de ésta hacia la cueva. La catarata comenzó a caer con ímpetu por la cabeza y los costados del peñón, uniendo su acción hostil e implacable a la dura y brutal porfía de los cazadores de hombres; empero, Pardo perdida toda esperanza de salvación no tuvo más recurso que enfrentarse a la muerte hasta donde le fue posible, resuelto a vender cara su vida así como la de su fiel compañero, inerme e inocente de toda culpa: y así, con la mano derecha inutilizada, hizo hablar a su rifle su palabra convincente y letal, sólo en momentos supremos.
       
      Un individuo llamado Ríos, quien se hallaba parapetado frente al refugio y muy cerca disparaba contra los sitiados con gran peligro para estos; pero tres tiros salidos de la guarida le hicieron soltar el arma, encogerse como un gusano y llevarse la mano al hombro destrozado.
       
          El "gran bandido", allí en su puesto frente a una multitud empecinada a continuar escenificando la tragedia hasta sus últimas consecuencias, allí, Luis Pardo, defendiéndose y defendiendo a su compañero con coraje admirable, se agiganta y se convierte en héroe de leyenda. Es uno, un solo hombre con una mano inservible, quien se enfrenta con más de doscientos, demostrando una vez más su potente fuerza de voluntad y su carácter indomable.
       
       Entre el ruido de las aguas que caen y el incesante bramar del río quienes se encuentran más próximos oyen  su voz colérica que dice que sólo muerto lo cogerán. Del cerebro de uno de los gamonales, surge la diabólica idea de apelar al uso del fuego, como el medio más expeditivo para dominar al “león”; los demás consideran excelente la idea e ipso facto, se dictan las disposiciones del caso.
       
       La gente que ocupa la ribera derecha se apresura a poner en práctica el bárbaro procedimiento: se corta la corriente de agua y, unos y otros, se ponen a acarrear y aventar, desde la cima del peñón, montones de paja seca extraídas de las casas vecinas y cuanta maleza muerta les es posible hallar, formando un montículo de combustible, adonde lanzan luego haces de paja encendida. Se produce una tremenda hoguera cuyas lenguas amarillentas impulsadas por el viento, azotan con furia las rocas de los costados y del techo de la cueva, mientras que una humareda plomisa y espesa inunda el pequeño recinto. Los atacantes van y vienen ligeros como venados, conduciendo ramas, chamizas, pajas, etc., para alimentar el fuego. Se comprende que Pardo se ve falto de municiones, pues no hace ningún disparo más: en consecuencia, él y su compañero se hallan irremisiblemente perdidos: el calor de la fogata los va asando vivos y la densidad del humo los asfixia.
       
       Entonces se produce lo inesperado: de entre la masa compacta de ese gas irrespirable y por  sobre la llamarada que va decreciendo, surge apresuradamente el “!puma”, seguido de su compañero; arroja su arma al río, se quita rápidamente su ancho cinturón cargado de monedas de oro y lo tira también “¡Yarqakay káyannam!” (¡ya están saliendo!) han gritado muchas voces; se oyen algunos disparos, pero Pardo, veloz como un parpadeo, se avienta tras su carabina y su cinturón, desapareciendo bajo las turbias y encrespadas ondas, en tanto que el otro cae de bruces a la corriente, palomeados in piedad y se hunde para flotar luego y dejarse llevar como un tronco, aguas abajo.
       

        Prodúcese un barullo infernal entre la multitud; todos gritan y corren hacia las orillas y el puente. Los estampidos de las descargas se entremezclan con el vocerío y de ambas riveras cae al río una lluvia, un diluvio de tiros de carabina, de revólver, de escopeta, piedras, palos y cuanto objeto está al alcance de las manos de la turbamulta.

       

      El fugitivo, luego de haber avanzado unos metros bajo las aguas, saca la cabeza y hace esfuerzos supremos para vencer la fuerza arrolladora del Tingo torrentosos que se precipita incontenible cual un caballo salvaje desbocado. Una pedrada hace impacto en la testa  del “bandolero” y luego un certero disparo, salido del arma de uno de los conocidos caciques de Cajacay, le hace dar un vuelco. La corriente lo envuelve como un sudario, se tiñe de rojo y lo arrastra de remolino en remolino. Un grito, un aullido bestial de júbilo salido de todas las gargantas y que se extiende por los ámbitos, perdiéndose por las cumbres, es el cántico fúnebre espontáneo e inconsciente que la turba dedica al “bandido romántico”, quien “se había batido como un león, se había defendido con toda energía y había conservado en su muerte ese sello de valor, de altivez y de orgullo que lo caracterizaron en vida” (3). Pero el cuerpo inerte de quien fuera el tan famoso como temible Luís Pardo se va, se va de huida, como si no quisiera caer en manos de sus implacables victimarios, así como tampoco quiso entregarse, cuando vivo, refugiado en su estrecha guarida; se va dando tumbos, ya flotando, ya sumergiéndose en las ondas turbias y alocadas, y chocando contra los pedrones.

       

      El compañero, fiel hasta en la muerte, lo sigue. Los “cazadores” no se resignan a perder su presa. Se dan las órdenes urgentes del caso y las gentes se precipitan, quebrada abajo, con sogas y palos en las manos, para tomarle la delantera. Aprovechan del momento en que el cadáver llega a un atascadero y lo atrapan. Lo propio hacen con el otro.

      Así finaliza la escena, que es lo más patética que esa multitud enardecida acaba de protagonizar con el “gran bandido”;  pero el drama aún no ha terminado.

       

      Hay un estado de tensión en los ánimos; las horas de ininterrumpida ansiedad y excitación pasadas en torno a la covacha han dejado profundas huellas en los espíritus y en los rostros. Apenas ha sido extraído el cuerpo inerte del interfecto, se abalanza un individuo sobre él, como poseído por un ataque de locura, para “arrancarle las carnes a mordiscos y  botarle la quijada a palos” (4); es el hermano de una de las victimas caídas en la jornada de ese día.

       

      Son tres cadáveres y dos heridos el saldo de esta hecatombe. Ahora allí están tendidos en el suelo, en un lecho enlodado y sanguinolento, los cuerpos inertes de Pardo y Gamarra, con sus ropas desgarradas y empapadas, sin zapatos y con las cabezas enmarañadas por la acción de las aguas turbulentas; con los rostros y las manos lívidos por efecto de los golpes contra las piedras, hechos unas verdaderas miserias humanas; la cara del primero está horrorosamente desfigurada y su cuerpo esconde, bajo sus vestidos, siete perforaciones de bala en diferentes sitios. Allí están, a la vista de todos, los restos macabros, para que cada quien, a manera de una válvula de escape a su estado de nerviosismo, guste a sus anchas, hasta la saciedad, la voluptuosidad de sentir satisfechos sus instintos sanguinarios de cavernario. Pero ya no les cabe hacer más: esos muertos con olor a ultratumba y evocando consejos fantasmales, infunden respeto. Al bullicio multitudinario ha sucedido el silencio y la calma. Son las tres de la tarde; ahora ya pueden descanar todos, mientras que algunos van en busca de palos y otros materiales con que poder armar las camillas para el traslado de los cadáveres (5)

       

       

      (1)    Ahora ya no existen ni una ni la una ni la otra, por haberse levantado en ese sitio un muro de cemento para proteger el estribo del moderno puente.

      (2)    Narración de acuerdo con el Oficio pasado por el Gobernador de Cajacay al Subprefecto de la Provincia.

      (3)    De la información publicada, el 29 de enero de 1909, en la ed. de la mañana del diario “El Comercio”.

      (4)    Periódico “ La Prensa ” del 30 de Enero de 1909 – información firmada por el “Corresponsal” y que lleva por título “Más sobre la muerte de Luís Pardo” “Ecos de la Batida ”.

      (5)    Los hechos narrados están de acuerdo con la versión dada por el cajacaino V.Castillo, testigo presencial, y coinciden con el tenor del Oficio ya citado del Gobernador de Cajacay.

       
       
       


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    • Moderadora Foro Sesquicent.
      ALBERTO CARRILLO RAMIREZ                        LUIS PARDO                 EL GRAN BANDIDO                    
      Mensaje 2 de 2 , 5 ene 2011


        ALBERTO CARRILLO
        RAMIREZ
         
         
         
                         LUIS PARDO
         
         
                   "EL GRAN BANDIDO"
         
         
                        CAPÍTULO XXVIII
         
         
                   MUERTE DE LUÍS PARDO
         
         
         
                El lugar donde fueron hallados los avíos de Pardo y su compañero se halla en la margen derecha del río Tingo o de Cajacay y como a 3 kms. más abajo del puente de Chaplián, por donde pasa el camino que se dirige de Cajacay a la Costa. El rio corre por ese sector a tropicones, entre pedrones, bufando y arrojando espumarajos, orillado por su izquierda por peñascos y arbustos, pero que lo hacen de todos modos, accesible; en cambio, al otro lado, el cerro que se eleva bruscamente, , sin dejar espacio a la corriente para abrirse de brazos ni para dejarse abordar, comienza a retirarse a partir del puente  y se recuesta poco a poco,  como quien quiere o no quiere separarse de ese enorme y rugiente ofidio al que aprisiona inclemente.
         
        A pocos metros del puente, aguas arriba, y en la empinada margen derecha, como a 2 ó 3 metros sobre el nivel del rio, había una excrescencia pétrea en cuya parte inferior, muy cerca a las aguas abríase una covacha (1). Por encima pasaba una acequia de regadío que era alimentada por aquella indómita bestia, que luego de escurrirse por debajo del puente (que antes era sólo de palos recubierto con una torta de barro), se pierde allá abajo por los recovecos de la quebrada. La rivera derecha, desde el puente hacia adelante, presenta también una abundante vegetación que se prolonga hasta el paraje de Jacar.
         
        Durante toda esa noche no se dejó escuchar más que el uniforme y cansado bramido del Tingo, aparte de uno que otro disparo que partía de entre los bultos negros que yacían agazapados cabe los arbustos y las rocas, en ambas bandas de la quebrada. El "chacchado" se hizo general para vencer el sueño y mantener el espiritu en estado alerta; el cigarro era saboreado bajo los ponchos con el fin de evitar ser descubiertos por los sitiados.
         
            Los gallos de las casuchas próximas y lejanas se sublevaron en una griteria de protesta por la extinción de las luces estelares, y la primera calidad de la alborada revivió el paisaje fenecido en el anochecer del día anterior. La turba adormecida recién cayó en cuenta de que ya era el día 5 de enero. Con toda prontitud se enviaron propios a Cajacay y Raquia en demanda de más refuerzos, como si se tratara de hacer frente a todo un regimiento.
         
        Al término de la distancia la gente bajó
        con la celeridad que el caso requería,  mientras que aquella multitud que había permanecido durante toda la noche en silencio y al acecho, comenzó a escudriñar todo el paraje de Jacar. El terreno fue practicamente peinado, sin dejar rincón, arbusto ni peñón que no fuera inspeccionado; y así avanzaron y avanzaron, como una distancia de 3 km., hasta el puente de Chaplián. Allí no faltó quien, de entre los ciento y tantos sitiadores (precisamente uno de los jefes de grupo llamado Nicanor Ramírez), se diera cuenta que alguien se deslizaba a través de los arbustos hacia la covacha aquella que se encontraba un poco más arriba del puente. Pero era preciso localizar a los sitiados y cerciorarse debidamente del lugar exacto donde pudieron haberse llegado a ocultar.
         
         Comenzaron a hacerse disparos esporádicos desde distintos puntos, cuyos proyectiles convergían hacia aquel refugio natural, pero sin que fueran contestados por Pardo. Claro está que éste, consciente de su inferioridad defensiva ante el número abrumador de sus atacantes y con una cantidad reducida de municiones, trataba de no malgastarlas inútilmente.
         
         Este silencio de parte del proscrito y el hecho de no poderse ver el interior de la cueva, a causa de hallarse casi cerrrada la entrada por el espeso follaje de una planta trepadora que cubria el peñón, puso en duda a aquéllos, lo que dió motivo a que el tal Ramírez avanzara sigilosamente a observar mejor y convencerse de lo que habían visto sus ojos. De pronto dio el grito de :
            --¡Saychomi Kaykan! (Allí está) -- y un balazo que recibió en el brazo derecho fue el premio a su audacia.
         
             La detonación del disparo electrizó los ánimos y la sed de sangre se apoderó de la multitud. Un sólo propósito, una sola intención, bullía en los cerebros: matar a los citiados; pues, ya no había dudas: allí estaban las dos presas; allí, en la concavidad formada bajo el peñón, debía dirigirse el ataque. La gente se distribuyó a uno y otro lado del río, buscando el abrigo de las peñas, troncos y arbustos e improvisando trincheras. Unos se posesionaron del peñón que formaba la cueva, otros se ubicaron más abajo del puente, parapetándose en sitios estratégicos, y el paraje apacible y risueño se convirtió en un escenario dantesco : una lluvia de plomo fue lanzada hacia la cueva.
         
        Para los condenados a la última pena no había escapatoria posible y el refugio ofrecíales un abrigo a medias; Los proyectiles caian sobre las rocas laterales o sobre el peñón con un ruido semejante a menudos chicotazos; los que hacían impacto en la pared interior quedaban incrustados en ella, y los que golpeaban de refilón en la entrada, levantaban penachos de tierra y ripio. Pero de la cueva no volvió a salir ningún disparo, y ello hacía presumir que los sitiados o estaban mal heridos o durmiendo ya el sueño eterno.
         
          El Gobernador, el Alcalde y el "jefe de la policía" que se hallaba sobre el peñón para observar desde allí y dirigir el ataque, ordenaron suspender el tiroteo y hacer una inspección al interior del refugio aquel; bajó Requena y se aproximó en compañia de algunos hombres armados, cuando Pardo, mediante una rápida salida, "¡pen!" , dió cuenta del primero de los intrusos, quien rodó sin vida, dejando pasmados a todos (2).
         
            Al ver los "amos" del pueblo que la guarida del león era inexpugnable y convencidos de la ineficacia de los disparos, pensaron en intimarle rendición. Unos y otros le gritaban en los tonos más diversos: "¡Ríndase!" "¿Rindikúnkiku? ".  Más ninguna respuesta salía del refugio. Optóse entonces por utilizar medios brutales y salvajes para doblegar ese caracter de acero: mientras proseguía el tiroteo, hicieron traer muchos cartuchos de dinamita, así como mechas y fulminantes; luego valiéndose de hondas, procedieron a un bombardeo feroz: la cueva se estremecía con el estallido de los potentes explosivos sobre el peñón o sus flancos haciendo saltar una lluvia de fragmentos de roca; los cartuchos que caían al interior, rápidamente eran devueltos afuera y reventaban en el aire, en el río o en la orilla opuesta.
         
        A cada denotación Pardo respondía voces, con duras imprecaciones a sus malvados verdugos. Agotada la provisión de dinamita, se echó mano a otro recurso drástico: inundar de agua la madriguera del "bandido"; pero para ello había que vencer ciertas dificultades. Como dice Gustavo Le Bon, "Para el individuo en muchedumbre la noción de imposibilidad desaparece". En efecto, a la primer ainsinuación, algunos corrieron a las casas más próximas en pos de una barreta o una lampa, y muchos, en franca competencia, se trasladaron hacia arriba, al origen de la acequia que pasaba por encima del peñón; acto seguido, con febril actividad todos pusieron manos a la obra, con los pantalones recogidos hasta los muslos y las piernas hundidas en el rio impetuoso; colocaban troncos, ramas piedras y más piedras, formando una barrera de contención, para desviar la mayor cantidad de agua posible hacia la acequia, mientras que otros cambiaban la dirección del cauce de ésta hacia la cueva. La catarata comenzó a caer con ímpetu por la cabeza y los costados del peñón, uniendo su acción hostil e implacable a la dura y brutal porfía de los cazadores de hombres; empero, Pardo perdida toda esperanza de salvación no tuvo más recurso que enfrentarse a la muerte hasta donde le fue posible, resuelto a vender cara su vida así como la de su fiel compañero, inerme e inocente de toda culpa: y así, con la mano derecha inutilizada, hizo hablar a su rifle su palabra convincente y letal, sólo en momentos supremos.
         
        Un individuo llamado Ríos, quien se hallaba parapetado frente al refugio y muy cerca disparaba contra los sitiados con gran peligro para estos; pero tres tiros salidos de la guarida le hicieron soltar el arma, encogerse como un gusano y llevarse la mano al hombro destrozado.
         
            El "gran bandido", allí en su puesto frente a una multitud empecinada a continuar escenificando la tragedia hasta sus últimas consecuencias, allí, Luis Pardo, defendiéndose y defendiendo a su compañero con coraje admirable, se agiganta y se convierte en héroe de leyenda. Es uno, un solo hombre con una mano inservible, quien se enfrenta con más de doscientos, demostrando una vez más su potente fuerza de voluntad y su carácter indomable.
         
         Entre el ruido de las aguas que caen y el incesante bramar del río quienes se encuentran más próximos oyen  su voz colérica que dice que sólo muerto lo cogerán. Del cerebro de uno de los gamonales, surge la diabólica idea de apelar al uso del fuego, como el medio más expeditivo para dominar al “león”; los demás consideran excelente la idea e ipso facto, se dictan las disposiciones del caso.
         
         La gente que ocupa la ribera derecha se apresura a poner en práctica el bárbaro procedimiento: se corta la corriente de agua y, unos y otros, se ponen a acarrear y aventar, desde la cima del peñón, montones de paja seca extraídas de las casas vecinas y cuanta maleza muerta les es posible hallar, formando un montículo de combustible, adonde lanzan luego haces de paja encendida. Se produce una tremenda hoguera cuyas lenguas amarillentas impulsadas por el viento, azotan con furia las rocas de los costados y del techo de la cueva, mientras que una humareda plomisa y espesa inunda el pequeño recinto. Los atacantes van y vienen ligeros como venados, conduciendo ramas, chamizas, pajas, etc., para alimentar el fuego. Se comprende que Pardo se ve falto de municiones, pues no hace ningún disparo más: en consecuencia, él y su compañero se hallan irremisiblemente perdidos: el calor de la fogata los va asando vivos y la densidad del humo los asfixia.
         
         Entonces se produce lo inesperado: de entre la masa compacta de ese gas irrespirable y por  sobre la llamarada que va decreciendo, surge apresuradamente el “!puma”, seguido de su compañero; arroja su arma al río, se quita rápidamente su ancho cinturón cargado de monedas de oro y lo tira también “¡Yarqakay káyannam!” (¡ya están saliendo!) han gritado muchas voces; se oyen algunos disparos, pero Pardo, veloz como un parpadeo, se avienta tras su carabina y su cinturón, desapareciendo bajo las turbias y encrespadas ondas, en tanto que el otro cae de bruces a la corriente, palomeados in piedad y se hunde para flotar luego y dejarse llevar como un tronco, aguas abajo.
         

          Prodúcese un barullo infernal entre la multitud; todos gritan y corren hacia las orillas y el puente. Los estampidos de las descargas se entremezclan con el vocerío y de ambas riveras cae al río una lluvia, un diluvio de tiros de carabina, de revólver, de escopeta, piedras, palos y cuanto objeto está al alcance de las manos de la turbamulta.

         

        El fugitivo, luego de haber avanzado unos metros bajo las aguas, saca la cabeza y hace esfuerzos supremos para vencer la fuerza arrolladora del Tingo torrentosos que se precipita incontenible cual un caballo salvaje desbocado. Una pedrada hace impacto en la testa  del “bandolero” y luego un certero disparo, salido del arma de uno de los conocidos caciques de Cajacay, le hace dar un vuelco. La corriente lo envuelve como un sudario, se tiñe de rojo y lo arrastra de remolino en remolino. Un grito, un aullido bestial de júbilo salido de todas las gargantas y que se extiende por los ámbitos, perdiéndose por las cumbres, es el cántico fúnebre espontáneo e inconsciente que la turba dedica al “bandido romántico”, quien “se había batido como un león, se había defendido con toda energía y había conservado en su muerte ese sello de valor, de altivez y de orgullo que lo caracterizaron en vida” (3). Pero el cuerpo inerte de quien fuera el tan famoso como temible Luís Pardo se va, se va de huida, como si no quisiera caer en manos de sus implacables victimarios, así como tampoco quiso entregarse, cuando vivo, refugiado en su estrecha guarida; se va dando tumbos, ya flotando, ya sumergiéndose en las ondas turbias y alocadas, y chocando contra los pedrones.

         

        El compañero, fiel hasta en la muerte, lo sigue. Los “cazadores” no se resignan a perder su presa. Se dan las órdenes urgentes del caso y las gentes se precipitan, quebrada abajo, con sogas y palos en las manos, para tomarle la delantera. Aprovechan del momento en que el cadáver llega a un atascadero y lo atrapan. Lo propio hacen con el otro.

        Así finaliza la escena, que es lo más patética que esa multitud enardecida acaba de protagonizar con el “gran bandido”;  pero el drama aún no ha terminado.

         

        Hay un estado de tensión en los ánimos; las horas de ininterrumpida ansiedad y excitación pasadas en torno a la covacha han dejado profundas huellas en los espíritus y en los rostros. Apenas ha sido extraído el cuerpo inerte del interfecto, se abalanza un individuo sobre él, como poseído por un ataque de locura, para “arrancarle las carnes a mordiscos y  botarle la quijada a palos” (4); es el hermano de una de las victimas caídas en la jornada de ese día.

         

        Son tres cadáveres y dos heridos el saldo de esta hecatombe. Ahora allí están tendidos en el suelo, en un lecho enlodado y sanguinolento, los cuerpos inertes de Pardo y Gamarra, con sus ropas desgarradas y empapadas, sin zapatos y con las cabezas enmarañadas por la acción de las aguas turbulentas; con los rostros y las manos lívidos por efecto de los golpes contra las piedras, hechos unas verdaderas miserias humanas; la cara del primero está horrorosamente desfigurada y su cuerpo esconde, bajo sus vestidos, siete perforaciones de bala en diferentes sitios. Allí están, a la vista de todos, los restos macabros, para que cada quien, a manera de una válvula de escape a su estado de nerviosismo, guste a sus anchas, hasta la saciedad, la voluptuosidad de sentir satisfechos sus instintos sanguinarios de cavernario. Pero ya no les cabe hacer más: esos muertos con olor a ultratumba y evocando consejos fantasmales, infunden respeto. Al bullicio multitudinario ha sucedido el silencio y la calma. Son las tres de la tarde; ahora ya pueden descanar todos, mientras que algunos van en busca de palos y otros materiales con que poder armar las camillas para el traslado de los cadáveres (5)

         

         

        (1)    Ahora ya no existen ni una ni la una ni la otra, por haberse levantado en ese sitio un muro de cemento para proteger el estribo del moderno puente.

        (2)    Narración de acuerdo con el Oficio pasado por el Gobernador de Cajacay al Subprefecto de la Provincia.

        (3)    De la información publicada, el 29 de enero de 1909, en la ed. de la mañana del diario “El Comercio”.

        (4)    Periódico “ La Prensa ” del 30 de Enero de 1909 – información firmada por el “Corresponsal” y que lleva por título “Más sobre la muerte de Luís Pardo” “Ecos de la Batida ”.

        (5)    Los hechos narrados están de acuerdo con la versión dada por el cajacaino V.Castillo, testigo presencial, y coinciden con el tenor del Oficio ya citado del Gobernador de Cajacay.

         
         
         


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