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59La destrucción de las minorías étnicas e n el Pacífico por la colonización...proceso aún en marcha

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  • José Lubín Torres O.
    12 nov 2006
      Estimados caminantes,

      Muy interesante este artículo sobre como se llegó a
      islas como Nueva zelanda, Nueva Caledonia, Tahití,
      etc...se destruyó o alteró mucha parte de flora y
      fauna respetada por sus nativos, pero peor aún, sus
      nativos pasaron a ser las clases subyugadas y
      aisladas, con sus culturas y lenguas amenazadas o
      destruidas, las islas vendidas como paraísos para el
      turismo masivo internacional principlamente el sexual
      y sitio predilecto para pruebas nucleares. Los países
      que más hablan de derechos humanos y conservación como
      Francia e Inglaterra, ayudaron a estas destrucciones
      ecológicas y humanas, y más incomprensible aún, estos
      mismos países realizan casi ningún estudio sobre el
      impacto de estas pruebas nucleares, el turismo masivo
      o el exceso de colonialismo...ese es el desarrollo y
      la inteligencia y ciencia superior?...juzgen ustedes.

      El más cordial de los saludos

      José

      ------------


      Esta e suna revista con varios artículos buscar el 3 y
      4:

      Europeos y oceanianos. Algunas reflexiones acerca de
      las visiones europeas sobre Oceanía
      Carlo A. Caranci
      (Este se los envío abajo)

      No era un paraíso corriente: Imaginería visual y
      verbal en el surgimiento del turismo en las islas del
      Pacífico
      *(41)


      http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12271656442363728543435/p0000001.htm


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      Europeos y oceanianos. Algunas reflexiones acerca de
      las visiones europeas sobre Oceanía
      Carlo A. Caranci

      AEEP




      Del aislamiento de las distintas comunidades
      humanas en la Prehistoria por la escasa densidad
      demográfica del Planeta, que sólo se buscaban por
      estricta necesidad, y preferían una soledad facilitada
      por las grandes distancias y la ignorancia y temores
      mutuos, se ha pasado hoy en día a la posibilidad
      práctica de contactos muy frecuentes entre pueblos o,
      por lo menos, de hacernos concisiones de los demás
      teóricamente permanentes.

      Hoy la sensación de proximidad, de vecindad es
      general, se da ya no sólo en las áreas en las que han
      confluido pueblos y civilizaciones sino entre regiones
      geográficamente separadas, pero aproximadas por los
      media, por la rapidez de los viajes, por el acceso
      informativo y científico mucho más fácil. No es que el
      exotismo no exista ya, pero se ha localizado no en el
      ansia de descubrimiento genuino de lo que se
      desconoce, sino en la concreción visual y física de lo
      que ya se ha entrevisto en el folleto turístico, en la
      televisión, en la revista, en los discos, en el cine,
      o en los libros.

      Entre medias, entre los tiempos más antiguos y la
      actualidad, están los cada más frecuentes contactos
      entre poblaciones demográficamente más numerosas con
      el paso de los siglos. Cada vez menos poblaciones
      quedaron aisladas o ignoradas. Los contactos
      provocaron otros contactos, que abrieron tierras y
      pueblos, nolens volens, al resto del mundo, forzaron
      relaciones y, por lo tanto, provocaron opiniones,
      imágenes, percepciones, visiones mutuas, siempre
      condicionadas, pues cada uno, obviamente, se
      presentaba con su propio bagaje cultural, a través del
      cual veía: por eso las visiones difícilmente podían
      ser igualitarias, espontáneamente tolerantes y
      comprensivas, sino animadas por el asombro, la
      incomprensión, el temor, y, eventualmente, lo que
      empeoraba las cosas, por la violencia y la guerra, la
      rapacidad, la imposición de formas culturales ajenas,
      el desprecio o la admiración, y sufrieron
      distorsiones, las condicionó la propaganda positiva o
      negativa, y derivaron de las actuaciones y
      comportamientos [60] respectivos. Este es un mecanismo
      universal. Sin embargo, los europeos, en los últimos
      cinco siglos lo han llevado hasta un grado nunca visto
      antes, superando negativamente a los demás pueblos.

      Acerca de las visiones europeas sobre Oceanía
      disponemos de una documentación abundante debida a
      personajes de todo tipo (misioneros, comerciantes,
      espías, militares, diplomáticos, viajeros y
      aventureros, delincuentes, cautivos, y, más
      recientemente, también científicos, antropólogos,
      turistas, funcionarios, etnólogos, artistas,
      historiadores, etc.): relativamente escasa en los
      siglos XVI y XVII, para ir aumentando notablemente
      desde el siglo XVIII hasta hoy, tanto la de carácter
      memorialista como la de carácter descriptivo y real o
      pretendidamente científico.

      (En cambio la documentación extra-europea sobre
      Europa y Occidente es muy escasa. Hay bastantes cosas
      en las sociedades dotadas de escritura (en el mundo
      islámico, en China, menos en Japón), poco en otras
      partes de Asia, muy poco en África Negra antes del
      siglo XVIII. Y nada hay, prácticamente, en Oceanía
      antes del último tercio del siglo XIX. Antes de esta
      fecha, la mayoría de sus sociedades eran ágrafas; sólo
      la tradición oral puede decirnos algo de las visiones
      oceanianas sobre los europeos en tiempos
      precoloniales, y aquélla ha sido poco estudiada(3), e,
      indirectamente, las visiones contenidas en la propia
      documentación occidental.)

      Aquí vamos a dar un somero vistazo a algunas de
      las visiones de los occidentales sobre los oceanianos,
      en particular en los primeros tres siglos (sin olvidar
      alguna alusión puntual a cómo vieron los oceanianos a
      los europeos), y a cómo éstas fueron condicionadas,
      por lo general férreamente, por la expansión y el
      bagaje cultural occidental.




      La expansión europea

      Casi todo el mundo ha sido imperialista alguna
      vez, de alguna forma. Pero Europa, a partir del siglo
      XV, va imprimiendo cada vez más un carácter peculiar a
      su expansión (y, por tanto, a sus visiones de los
      demás), de una manera que parece cada vez más general,
      masiva e ideológica.

      La expansión portuguesa, castellana (luego
      española), inglesa (luego británica), holandesa,
      francesa, danesa, rusa, sueca -sin olvidar algunas que
      todavía subsisten en ese siglo, como la veneciana o la
      hanseática-, puede calificarse, globalmente, para
      entendemos, de «europea», al ser tantos los países
      europeos que salen casi al unísono. Y no visitan un
      reino, no viajan a una [61] región: se dirigen a todo
      el mundo y, en nuestro caso, cruzan el Pacífico y
      tocan varias tierras oceanianas.

      No buscan sólo tributos o sólo riquezas, sino,
      además, almas, mercados, productos agrícolas y
      minerales, territorios. Y buscan el dominio total:
      económico, territorial, político, militar,
      ideológico-religioso, sexual, laboral, cultural,
      lingüístico, demográfico, ecológico. Este dominio va a
      ser muy duradero, desde los siglos XV-XVI hasta
      entrada la segunda mitad del XX y, desde el siglo XIX,
      sistemático; y va a ser intolerante y brutal: ya en
      los siglos XVI y XVII Europa ha alterado o
      desvencijado para siempre a varias civilizaciones
      material e intelectualmente, y ha aniquilado a
      poblaciones enteras(4), y volverá a hacerlo en el
      XVIII y XIX. Las visiones europeas de los demás irán
      modificándose con el paso del tiempo, acoplándose a
      cada época, pero el hecho de la prolongada expansión y
      dominación, de su continuidad y globalidad, será su
      hilo conductor, su denominador común.

      Oceanía ha sido la última porción de la Tierra,
      después de América, en entrar en contacto con los
      europeos, en el siglo XVI. Aquí llegan desde
      Insulindia y desde la propia América, a partir de
      antiguas (griegas, romanas, medievales) informaciones
      inconcretas sobre tierras australes en las antípodas y
      de noticias más recientes sobre tierras al este de las
      Filipinas y de las Molucas, es decir, sobre lo que hoy
      es Oceanía.

      Tasmanos, australianos, melanesios, polinesios y
      micronesios crearon varias grandes áreas culturales,
      varias civilizaciones. Cuando los europeos entran en
      el Pacífico no sospechan ni siquiera, como veremos, la
      existencia de la multitud y diversidad de pueblos que
      encierra, la magnitud y frecuencia de los intercambios
      económicos y culturales entre las diversas partes de
      Oceanía y entre éstas y Asia -y se especula sobre
      posibles y probables contactos Oceanía-América-:

      «Mucho antes de la llegada de los
      blancos -dice D. L. Oliver- existían empresas
      comerciales organizadas. La costumbre del trueque de
      aldea a aldea era universal entre los isleños. Los
      productos del mar se cambiaban por los de los bosques,
      y las corrientes de este tráfico franqueaban incluso
      los límites que separaban a las tribus enemigas. Los
      miembros de cierta colectividades marítimas se había
      hecho especialistas para servir de intermediarios
      transportando las mercancías de una isla a otra. Estas
      mercancías consistían en víveres, instrumentos de
      piedra, armas especialmente trabajadas, monedas de
      conchas, telas, cosméticos e incluso seres humanos.»
      (1952:28). [62]

      Los europeos pensarán hasta tiempos recientes que
      Oceanía es poco menos que un «vacío» humano y
      cultural.

      Los primeros contactos se remontan al siglo XVI
      (con los portugueses, luego con los castellanos), pero
      no tiene influencia en la historia de Oceanía. Más
      influencia tienen los del siglo XVII. Pese a los
      descubrimientos portugueses, españoles (e
      hispanoamericanos), holandeses, ingleses, franceses,
      Oceanía prosigue su evolución histórico-cultural
      peculiar durante el XVI y el XVII, ajena totalmente a
      lo que Europa puede significar. Las esporádicas
      relaciones no dan idea, aún, de lo que será la
      penetración extranjera, salvo, parcialmente, en el
      XVII, para las islas de Micronesia ocupadas por
      España, donde el esquema de implantación colonial
      sigue la pauta americana.

      Sólo los contactos del XVIII comienzan a ser
      profundos y específicos, cuando los viajes se
      desdoblan de manera típicamente ilustrada,
      entreverando el interés científico y el político(5), y
      se pone fin a la utopía de la Terra Australid. Ahora
      se constatan los primeros síntomas del giro importante
      que se va a producir en Oceanía, pero que no puede
      considerarse la «revolución histórica» de la que
      hablan los historiadores occidentales(6): la presencia
      de europeos no es aún masiva ni éstos muestran interés
      por la ocupación territorial, salvo en el caso de
      Australia. Bruscamente, en la segunda mitad del siglo,
      parecen cambiar de idea. El desarrollo del comercio y
      los primeros pasos de la revolución industrial los
      empuja a tratar de delimitar sus esferas de acción,
      con la colaboración de los cazadores de ballenas y de
      esclavos, los comerciantes, los misioneros(7), todos
      ellos en febril competencia.

      En el segundo tercio del XIX los europeos
      comienzan a anexionar territorios, a trazar fronteras
      artificiales, a imponer monocultivos y regímenes
      coloniales. A fines de siglo Oceanía ha quedado
      repartida entre diversas potencias occidentales. [63]




      Los contactos y las visiones

      En estos siglos de contactos y dominaciones
      Europa va formando, va formándose un modo de ver al
      «otro»: a través de su bagaje cultural, como todo el
      mundo, ve, observa, describe, explica y juzga, con una
      mezcla de sorpresa, asombro, rechazo y eventualmente
      curiosidad por parte de quienes habían vivido en
      ámbitos más estrechos, costumbres y actitudes
      «diferentes», «exóticas», «extrañas», «absurdas» e
      «incomprensibles», pero «pintorescas», incluso
      «atractivas» y «misteriosas», ante la vestimenta, el
      aspecto físico, el color de la piel, la textura del
      pelo, los idiomas, la voz, los gestos, la desnudez, la
      gastronomía, ante los hábitos sociales, educativos,
      sexuales, estéticos, etc. Esto azuza su fantasía
      positiva o negativamente: muchas veces el observador
      admira o simplemente da fe del otro ser humano que
      tiene ante sí, las más lo menosprecia, lo considera
      «bárbaro», «primitivo», «inferior», se cree «único» y,
      por tanto, «superior», en una especie de racismo sin
      ideología, «por defecto», «espontáneo», irritado e
      interesado a un tiempo al descubrir que no está solo;
      pero es una superioridad de operatividad reducida y
      muchas veces, ante el desconcierto que le produce la
      novedad, insegura(8).

      Porque hay dos actitudes ante el «otro»: hay
      quien cree que las diferencias formales,
      circunstanciales y accesorias entre los individuos y
      los pueblos son básicas y decisivas, al ser incapaz de
      penetrar más allá del envoltorio, lo que le lleva a
      categorizarlas, como primer paso hacia la exclusión y
      el racismo: a veces, para aquél, las diferencias
      pueden ser las que distinguen a los hombres de los
      animales(9). Para otros, en cambio, esas diferencias
      son superficiales, secundarias, irrelevantes, y no
      ocultan la naturaleza humana básica de todos los
      pueblos: esto los salva del racismo.

      Aunque los no racistas han sido siempre bastante
      más numerosos de lo que se cree, en Europa los
      racistas los superan en número y, sobre todo -y esto
      es decisivo a la hora de las opiniones sobre los otros
      pueblos-, son, como diríamos [64] ahora,
      «políticamente correctos», y acaban predominando:
      porque coinciden con y sirven a los intereses
      fundamentales de la expansión, de la conquista, del
      proselitismo religioso, de la jerarquización racial y
      social, de la dominación (en nuestro caso a la
      europea). Su actitud se fomenta desde los centros de
      poder, sirven para colocar a la dominación una máscara
      de bondad, necesariedad e ineludibilidad, sirve tanto
      a los falsos altruistas como a los evolucionistas de
      buena fe que quieren «elevar» al indígena a la
      Civilización (occidental), o como al que busca un
      pretexto radical para la más brutal y total
      explotación.

      Antes de continuar digamos que los que observan y
      describen son muchos y variados. El contacto con los
      demás pueblos no es sólo obra de misioneros,
      estudiosos, funcionarios; ni sólo de literatos o
      artistas. La mayoría de las veces lo realizan simples
      soldados, frailes ignorantes, braceros analfabetos,
      piratas y otros personajes de escasa instrucción, poco
      refinados, cuyos cimientos culturales no son los más
      avanzados de su época(10). Y muchos oceanianos creerán
      que éstos son el europeo medio. Es cierto que suelen
      ser los primeros los que dejan informes y relaciones,
      pero no faltan entre los últimos y, sobre todo, éstos
      contribuyen también, desde su nivel cultural, a la
      difusión de lo que ven o creen ver en América, África
      u Oceanía entre sus conciudadanos, a la vuelta a
      Europa.




      Los monstruos y la Razón

      En la Antigüedad y en la Edad Media, cuando la
      europea no se destaca de otras civilizaciones, los
      contactos con otros pueblos, y el mecanismo de
      elaboración de las visiones que se derivan, siguen
      pautas que podemos llamar universales, no diferentes
      de las de otras culturas.

      Ya con anterioridad a muchos contactos, el
      imaginario europeo se nutre de historias legendarias,
      mitos, se puebla de seres fantásticos, que provienen
      de los temores más remotos, de las explicaciones
      prístinas, de geografías fabulosas que, para el
      europeo -lo mismo que los suyos para el oceaniano-,
      serán realidad durante muchos siglos y condicionarán
      las visiones ya más contrastadas de los siglos
      posteriores. En los siglos «precientíficos» las
      explicaciones [65] básicas las proporcionan el temor a
      lo desconocido, la magia, las religiones y, en
      general, el pensamiento no racionalista y acientífico,
      paliado sólo por la aproximación empírica y, en el
      mejor de los casos, protocientífica. Esto sucede en
      todos los continentes hasta épocas relativamente
      recientes: en Europa todavía en el siglo XVIII, si no
      más tarde; en otros lugares, como Oceanía, hasta hace
      pocos decenios o, incluso, en bastantes ámbitos, hasta
      hoy día.

      Hasta por lo menos los siglos XVI y XVII la
      mayoría de los europeos cree en tierras y seres
      fantásticos: hombres de dos cabezas, o con cabeza de
      perro, con una sola pierna, con ojos en el pecho y sin
      cabeza, amazonas guerreras, gentes que alcanzaban los
      300 años de edad, islas móviles, islas y continentes
      inencontrables como Rica de Plata, Rica de Oro, las
      islas del Poniente, el País del Rey Salomón,
      Ofir...(11); y en otros no tan fantásticos, como luego
      se sabrá: calamares de 20 metros, unicornios (¿el
      rinoceronte?), dragones (¿el varano de Komodo?),
      sirenas (dugongo), serpientes marinas gigantes,
      «hombres de barro» -los hombres de Asaro en Nueva
      Guinea-, enanos y gigantes, o la Terra Australis
      Incognita, el Mare Oceanum Innavigabile, el Mate
      Oceanum Meridionale Inabitabile, el Océano Externo (el
      Pacífico), etc. Cuando Mendaña, en el siglo XVI,
      avista las actuales Islas Salomón, en Melanesia, cree
      que se trata de la tierra rebosante de oro del rey
      judío del mismo nombre.

      Pero la llegada a América modifica radicalmente
      la visión europea, llevando estas concepciones y
      percepciones a una proliferación y a una escala nunca
      vistas e introduciendo componentes nuevos. Va a
      condicionar para siempre la idea que los europeos se
      hacen de los demás: muchos estereotipos «americanos»
      de los siglos XVI o XVII provienen del contacto del
      Descubrimiento y se han aplicado luego a africanos,
      asiáticos y oceanianos, algunos hasta hoy. Un ejemplo
      clásico: los españoles, que llamaban indios,
      erróneamente, a los americanos, utilizarán la misma
      palabra para denominar a los filipinos, a los
      marianeses, a los salomoneses, a los marquesanos.

      El impacto de América «sacude hasta los cimientos
      la antigua concepción del mundo, en la que dominaba la
      idea de Revelación» (Duchet 1975: 11), acaba con la
      solidez y utilidad de las doctrinas tradicionales: el
      intento de conciliar las novedades halladas con la
      doctrina cristiana cuaja mal. Pero una vez decidido
      que los «indios» y otros pueden ser seres humanos(12),
      se hace un [66] esfuerzo para incluir de algún modo en
      la Cristiandad a través de la cristianización, incluso
      forzada, a estas gentes consideradas sencillas, a
      estos salvajes buenos, no corrompidos todavía como los
      europeos, y los misioneros se hacen la ilusión de
      haber vuelto al cristianismo primitivo. Esto ocurre
      sobre todo en América, pero también en Filipinas y en
      las islas de Micronesia ocupadas por los españoles en
      el siglo XVII. La cristianización sin embargo, no sólo
      no es incompatible con el saqueo y la expansión
      armada, sino que es su otro polo: de buena o de mala
      fe, los europeos buscan ansiosamente riquezas en
      nombre del Rey y de Dios:

      «En mi opinión [...] estas islas [las
      Salomón] tenían poca importancia [...] pues en el
      curso de estos descubrimientos [los españoles] no
      encontraron muestras de especias, ni de oro y plata,
      ni mercancías, ni ninguna otra fuente de beneficio, y
      toda la gente eran salvajes desnudos [...]. La ventaja
      que podría derivarse de explorar estas Islas podría
      ser hacer esclavos.» (Carta de Juan de Oroso al Rey de
      España, 20-III-1569)(13).

      Fuera de la sociedad religiosa, prosigue Duchet,
      en el ámbito humanista y, luego, en el librepensador,
      en el ilustrado, estos pueblos serían la demostración
      de la superioridad de la moral natural, basada en el
      instinto y en la razón. Pero se trata de un debate
      filosófico y moral, no antropológico, y no sobre los
      recién hallados: a éstos se los utiliza en ese debate
      entre ambas concepciones -que en el fondo convergen
      los dos en la utopía, en el Paraíso reencontrado o en
      la Edad de Oro-. Es la mitificación del «otro», que
      volveremos a encontrar con el evolucionismo en el
      siglo XIX.

      A partir del siglo XVII, con la universalización
      de la expansión y la consolidación de imperios
      coloniales en América y en Asia, y las necesidades
      prácticas de la dominación y de la explotación, se va
      relegando el aspecto moral y el religioso que
      «unificaba» a la especie humana por encima de sus
      diferencias culturales. Asimismo, desde el siglo XVII
      y, sobre todo, desde el XVIII, la mejora de los
      conocimientos geográficos, y científicos, los
      contactos más frecuentes difuminan, liquidan o
      explican muchas de las fantasías o de las incógnitas
      -aunque, intermitentemente, reafloran algunas, como,
      hacia 1730, la de las Islas Rica de Oro y Rica de
      Plata-.

      Es la época de las grandes relaciones de viajes,
      en las que hay descripciones bastante minuciosas de
      los oceanianos, todas condicionadas por la nueva
      intención moral del dogma ilustrado -piénsese en
      Bougainville, Cook, Malaspina, Lapérouse, Máximo
      Rodríguez, Banks, Wallis, y muchos otros-, aunque sin
      olvidar la exigencia fáctica: [67]

      «¡Llorad desgraciados tahitianos!
      llorad; pero que sea por la llegada y no por la
      partida de esos hombres ambiciosos y malos: un día los
      conoceréis mejor. Un día volverán [...], a
      encadenaros, estrangularos o someteros a sus
      extravagancias y a sus vicios; un día seréis sus
      siervos, tan corrompidos, tan viles y tan desgraciados
      como ellos. [...].»

      Esto profetiza Diderot en su obra de ficción
      Supplément au Voyage de Bougainville, en lo que parece
      la exageración moralista de un ilustrado que escribe
      sus libros, como diría Lapérouse, sentado junto al
      fuego (aunque habría que preguntarse si gran parte de
      su «profecía» no se cumplió en los siglos XIX y XX). Y
      el propio Lapérouse, en su Voyage autour du monde, de
      1797, exclama indignado: «Los filósofos deben
      quejarse, sin duda, al ver que unos hombres, por el
      mero hecho de tener cañones y bayonetas, consideran
      que sesenta mil de sus semejantes [de Tahití] no valen
      nada; [...].»

      Aparentemente, estamos lejos de la brutalidad de
      los viajeros de los siglos XVI y XVII, movidos por la
      rapacidad y la religión, y Lapérouse, ingenuamente,
      cree que a los tahitianos se los conoció

      «afortunadamente en una época [el s. XVIII]
      en que la religión ya no servía de pretexto para la
      violencia y la codicia. Los navegantes modernos sólo
      tienen como objetivo, al describir las costumbres de
      los pueblos nuevos, completar la historia de la
      humanidad; [...].»

      No hace falta recordar que las protestas de los
      ilustrados no impedirán la expansión, la explotación y
      el proselitismo europeos, en ese mismo siglo XVIII.




      Las visiones y la Ciencia

      El siglo XIX es una etapa extremadamente
      prolífica en informes, estudios e investigaciones de
      campo, en visiones de los otros pueblos, que aspiran a
      situarse voluntariamente dentro los límites de la
      Ciencia, con mayúscula. A la Europa de este siglo los
      pueblos y las geografías fabulosas le parecen
      supercherías, antiguallas o propias de gentes
      primitivas. Pero esa Ciencia, es decir la etnografía,
      etnología, antropología, historia, geografía humana y
      otras disciplinas de la sociedad, no dejan de estar
      condicionadas también por las coordenadas culturales
      europeas. Cuando la expansión y la dominación se
      generalizan, estas ciencias están en permanente riesgo
      de producir rebabas paneuropeas, «blanquistas»,
      raciales -y racistas-, occidentales en suma (lo que no
      evita los conflictos intereuropeos, causados muchos de
      ellos, precisamente, por la competencia en la
      expansión). [68]

      Con todo, sin excluir cierto romanticismo, esas
      ciencias representan un esfuerzo de objetividad, que
      remueve ciertos prejuicios y mitologías, y parecen más
      respetuosas con otras culturas.

      Es otra forma de ver, que se distingue de la
      consideración global y moral del género humano de
      siglos anteriores. Se estudia a los demás pueblos como
      «otros», lo que conducirá a otra mitificación de los
      «demás», esta vez sólo negativa: se producirá una
      contradicción entre, por un lado, la mejora
      cuantitativa y cualitativa de los conocimientos, que
      deberían permitir una mayor comprensión y
      diferenciación de los pueblos que los occidentales
      encuentran, y, por el otro, la tendencia reduccionista
      a verlos como un bloque, a irlos metiendo a todos en
      el mismo saco del «indígena» y del «otro», como un
      conjunto único, idea unívoca, afianzada en los años de
      la colonización, al homogeneizar las diferencias, al
      «monotonizar» la enorme diversidad que fue
      encontrándose durante la expansión: estas ciencias se
      ponen al servicio de la separación entre las razas, es
      decir entre los europeos y los «demás». Y esta
      limitación «sólo es posible postulando una ruptura en
      la especie humana, lo que necesariamente suponía poner
      al otro en un lugar inferior(14)».

      Se solidificaron así las ideas sobre el «otro»,
      de forma más inapelable que antes, al sustentarse en
      la Ciencia. El ejemplo de Melanesia y Nueva Guinea es
      instructivo: sus tierras encierran una enorme variedad
      de sociedades diferenciadas -se dice que en Nueva
      Guinea se hablan unas 700 lenguas- y algunos europeos
      intuyen esta variedad. Pero pronto la visión
      uniformizante del evolucionismo va a reducirlas a unas
      cuantas, de forma abusiva: papúas (todos los
      innumerables y diferentes pueblos de Nueva Guinea),
      melanesios (de la costa y archipiélagos neoguineos,
      los no papúas), canacos (los de Nueva Caledonia, y a
      veces los de las Salomón y Nuevas Hébridas).

      Se crea así un «otro único mítico», ya no
      fantástico pero casi tan irreal, al quedar reducido a
      un único modelo, como el ser sin cabeza y con ojos en
      el pecho con el que los europeos medievales ilustraban
      el Millón de Marco Polo.

      Los no europeos, para Europa, no tienen
      Historia(15). Esto tiene que ver con la práctica,
      también reduccionista, de interpretar la historia
      universal en función de categorías históricas basadas
      en la historia de Europa. Y tiene que ver con la
      concepción lineal y acumulativa de la historia en
      Europa, con el esquema de sentido único y etapas fijas
      del que hemos hablado antes, con la tendencia
      filosófica al cambio continuo. A los europeos les es
      imposible concebir la [69] existencia de sociedades
      humanas que «no cambian, que no se autoimponen
      itinerarios, metas, misiones históricas, que no
      «progresan», en suma: es decir, que existan lo que, en
      la terminología antropológica de Lévi-Strauss, son
      sociedades frías, en contraposición a las calientes
      (por antonomasia, la occidental): sociedades, como las
      oceanianas, cuya preocupación básica es la adecuación
      y el equilibrio respecto al medio, al que tratan de
      modificar lo menos posible, lo que se manifiesta a
      nivel filosófico, ideológico como integración y
      participación en la vida global del mundo, no en
      contra de ella, cuyas «fuerzas» se contraponen y
      complementan, garantizando el deseado equilibrio.

      Se trata de una preferencia filosófica por la
      estabilidad, por la repetición, por el menor cambio,
      por una historia cíclica e inmutable. Así, pues, el
      paso del tiempo no es lineal, como entre los europeos,
      sino que importa más el aspecto sincrónico,
      estructural, que el diacrónico o histórico, o, dicho
      de otra manera, el cambio se concibe no como el paso
      necesario de un estadio a otro, se realizaría más
      sobre un círculo que sobre una línea o una espiral.
      Estas sociedades, dice Lévi-Strauss, «pretenderían,
      gracias a sus instituciones, anular casi
      automáticamente el efecto que podrían tener los
      factores históricos en su equilibrio y su continuidad.
      Las otras [las calientes] interiorizarían
      resueltamente el devenir histórico para convertirlo en
      motor de su desarrollo. [... ] el objetivo de las
      sociedades «frías» consiste, en resumen, en hacer que
      el orden de sucesión temporal influya lo menos posible
      en el contenido de cada una. Indudablemente sólo lo
      consigue en parte; pero es la norma que se fijan.» (El
      pensamiento salvaje, 306-308). El pasado se reformula
      de modo que una innovación social, un cambio político,
      un acontecimiento importante no modifique el
      equilibrio, y la nueva realidad se explica como
      existente desde siempre o como mero accidente(16).
      Peter H. Buck (Te Rangi Hiroa) dice que «Influidos por
      la mitología y las leyendas locales, los samoanos se
      consideran realmente autóctonos.» Pero no lo son; así,
      en una ceremonia ante un jefe isleño, Buck aludió a
      que el origen común de los polinesios se hallaba en
      Asia, a lo que el jefe samoano replicó, tajante:
      «Gracias por su interesante discurso. Nosotros somos
      originarios de Samoa(17).» [70]

      Este pensamiento «frío» implica también una
      limitación de los conflictos y, en cierto modo, de
      aquellas incitaciones intelectuales consideradas
      innecesarias para la estabilidad y supervivencia del
      grupo, lo que lleva a una menor o más controlada
      actividad filosófica, a un menor gasto de energía
      social: se obtiene así un nivel de existencia mucho
      más modesto, pero más viable y duradero, también desde
      el punto de vista ecológico. Eran sociedades -y en
      parte son, de ahí la tensión y los conflictos actuales
      entre «tradición» y modernidad»- que tendían a lo que
      los ecólogos llaman crecimiento cero, evidentemente no
      en términos absolutos, pues la mayoría de las
      sociedades de Oceanía están a caballo entre las
      sociedades «estáticas» y las «dinámicas». Así, pues,
      la exigencia de estabilidad hace que las sociedades
      frías se centren sobre todo en cómo durar, más que en
      cómo cambiar, lo que no quiere decir que nieguen la
      existencia del devenir histórico o que piensen que
      nada cambia, sino que lo consideran el cambio una
      forma sin contenido, y tratan de que el antes y el
      después se asemejen.

      Cuando los europeos llegan a Oceanía se hallan,
      en el campo tecnológico, por encima de los oceanianos,
      pero no se hallan ante pueblos sin pensamiento, sin
      cosmovisiones, ni ante «mentalidades prelógicas», sino
      ante concepciones filosóficas diferentes, pero todas
      ellas, sin excepción, frías, que les es imposible
      concebir.

      Así, los occidentales pasan definitivamente de un
      esquema clasificatorio moral a un esquema
      clasificatorio jerárquico, en el que ese «otro» único
      queda situado en los escalones inferiores de la
      evolución humana, en los que permanece estancado en
      etapas primitivas, aunque se les reconoce la
      posibilidad, en el mejor de los casos, de realizar un
      recorrido ascendente ayudados por Europa, pasando por
      diversas etapas, hasta alcanzar alguna vez «nuestro
      propio nivel», la Civilización: es el esquema del
      evolucionismo. Un texto de Élie Reclus de 1885
      sintetiza bien la exigencia evolucionista y el
      acercamiento comprensivo pero eurocentrista al «otro»:

      «Nos hemos acostumbrado demasiado a
      mirar con desdén, desde las alturas de la civilización
      moderna, las mentalidades de los tiempos pasados
      [...], que caracteriza a las colectividades humanas
      anteriores a la nuestra. ¿Cuántas veces se las
      menosprecia sin conocerlas? [...] y se ha terminado
      por creer que no hay más inteligencia que la nuestra y
      que no hay otra moralidad que la que se acomoda a
      nuestras fórmulas. [...].
      A todo civilizado, los no civilizados empiezan por
      serle repugnantes. [...] Los sujetos que se exhiben
      como tales en nuestras ferias se esfuerzan por
      representar el tipo oficial harto vulgar. [...] ¿Sus
      bailes? Contorsiones, movimientos barrocos y
      grotescos. ¿Sus comidas? Descuartizar un conejo,
      morder a una gallina viva. Ningún viajero encuentra
      tipos parecidos. A medida que el investigador aprende
      la lengua indígena, que penetra en sus ideas y modos
      de sentir, deja de ser extranjero entre los
      extranjeros. [...] finalmente descubre que los
      salvajes le [71] parecían tanto más salvajes cuanto
      más desconocidos le eran; que la repulsión era por su
      ignorancia.

      [...] Vayamos más lejos. Esos primitivos son niños
      con la mentalidad de tales. [...] La inteligencia
      infantil no es en todos casos inferior a la razón del
      adulto. [...] Los pueblos nacientes tienen también sus
      manifestaciones subitáneas, sus inspiraciones de
      genio, [...]. Por eso no vacilamos en afirmar que en
      numerosas tribus, llamadas salvajes, el término medio
      del individuo no es inferior, ni moral ni
      intelectualmente, al individuo medio de nuestros
      Estados llamados civilizados(18).»

      Lo dicho antes vale, incluso más, para las
      numerosas memorias de viajes y memorias de literatos y
      artistas, y de otros individuos ajenos al mundo
      científico, pero que participan también, obviamente,
      en el siglo de la Ciencia, de un evolucionismo
      vulgarizado que puede acabar, más que en el caso de
      los científicos, en el darwinismo racial y social.

      Pero las fantasías de antaño desaparecen barridas
      sin más por la Ciencia. (Algunas subsisten arropándose
      con elementos seudocientíficos. Hoy ocupan ese lugar
      las corrientes próximas al realismo fantástico, los
      herederos de Ernst Haeckel, los discípulos de J.
      Churchward y otros que, apoyándose en una mezcla de
      datos objetivos y supercherías tratan, entre otras
      cosas, de demostrar la existencia de un continente
      situado en el Pacífico, Mu, que habría desapareció un
      buen día, o de hacer derivar a ciertos habitantes de
      Oceanía de extraterrestres(19)... Y no faltan, en el
      mundo del anecdotario exótico-absurdo, ejemplos de que
      la fantasía disparatada puede aun asomarse por muchos
      resquicios: en los años 70 del siglo XX el periodista
      español Carlos Sentís, que comentaba un documental
      sobre Polinesia, afirmaba sin pestañear y
      contradiciendo lo que el telespectador podía ver con
      sus propios ojos en ese momento, que «los tahitianos
      tenían el dedo gordo del pie de igual tamaño que el
      resto del pie».)

      El europeo, obnubilado por sus propios progresos
      en numerosos campos no ve, en gran parte porque no
      comprende, lo positivo en los demás. Del sesudo
      antropólogo al más ignorante europeo todos se sienten
      superiores al «otro» y dotados para opinar sin más
      sobre éste. Nada hay más penosamente ridículo que el
      europeo que, en la colonia, se esfuerza por dejar de
      ser una persona normal para convertirse en EUROPEO,
      cuya actuación incluye mirada fiera, porte erguido,
      aplomo, seguridad e intolerancia y paternalismo hacia
      el indígena. En [72] Europa pocos saben algo sobre los
      pueblos no europeos: la carencia de opiniones
      objetivas, la falta de temor al ridículo, al no
      exigirse opiniones contrastadas, hacen que el viajero
      (y el científico) pueda desprenderse del imperativo de
      objetividad y decir prácticamente lo que desee. Los
      propios oceanianos (y asiáticos y africanos) se
      sorprenden o ríen, en ciertos casos, cuando leen lo
      que de ellos se escribía, y a veces son incapaces de
      reconocerse en las «fieles» descripciones del
      explorador e incluso del científico de turno. Dice
      Said, refiriéndose al orientalismo -pero la
      observación vale para Oceanía-, que aquél es más
      interesante para conocer a las sociedades occidentales
      que para conocer a las asiáticas (Said 1991: passim).
      Aunque es obvio que hay grandes diferencias de
      objetividad y observación entre los europeos.

      Sin embargo, por lo general, la «misión
      civilizadora» -los europeos olvidaban que todos los
      pueblos, incluidos los oceanianos, tenían su
      civilización fue mero pretexto para justificar
      éticamente la dominación. Y, cuando fueron sinceros,
      fueron paternalistas o asimiladores. Todo esto
      reflejaba la incapacidad filosófica de Europa -cuna,
      se decía, del pensamiento científico- para cualquier
      relativismo cultural, el extremado orgullo por su
      civilización, y un nebuloso temor a lo diferente. Era
      el eurocentrismo, esa «tiranía europea», como la llama
      Chesneaux. Y esto subsiste hoy día: Europa creó «un
      sistema mundial de pesos y medidas intelectual,
      político, y moral» (...) «ha dibujado la geometría del
      mundo desde su propia realidad, ha contado lo otro
      como si sólo fuera la diferencia consigo misma(20).»

      La idea que de sí mismos tenían los europeos y
      occidentales, su perspectiva emic, se va a imponer sin
      apelación, en una especie de gigantesca operación de
      propaganda, sobre los colonizados, sin que éstos
      puedan contrastarla por el desconocimiento relativo
      que tenían sobre los europeos y por el hecho de ser
      vehiculada y sostenida por la fuerza, y sin que los
      dominados puedan oponer o al menos defender, a no ser
      clandestina o indirectamente, su propia visión de sí
      mismos y del extranjero, acomplejados, además, por el
      apabullante éxito material de éste.




      El oceaniano único

      Así, el europeo que llega a Oceanía (y a otros
      continentes) se va a caracterizar básicamente, con
      diversos porcentajes, según la época, la instrucción,
      la [73] clase social, las ideas políticas y
      filosóficas, las características personales, por su
      complejo de superioridad cultural.

      Contrariando al pensamiento europeo, ninguna
      parte del mundo estaba estancada a la llegada de los
      europeos, ni ninguna era un «vacío» histórico. Cada
      área de civilización, cada región tenía una historia
      diferente que no comienza con la llegada de los
      europeos. Cuando éstos aparecen, Oceanía, pese a su
      exigüidad demográfica y, en las islas, territorial,
      muestra una mareante variedad: varias áreas de
      civilización (Tasmania, Australia, Melanesia,
      Polinesia, Micronesia) con centenares de culturas y
      lenguas, de formas de organización socio-política y
      jurídica -bandas (Tasmania, Australia), clanes y
      «tribus» (Nueva Caledonia), Estados aristocráticos
      (Fidyi, Hawaii, Nueva Zelanda, etc.), anarquías
      (Australia, Papuasia), jefaturas minúsculas o
      vastísimas, sociedades cásticas o de gran movilidad
      social-. Numerosos sistemas de producción -de la caza
      y recolección (Tasmania, Australia), al «capitalismo
      comercial» melanesio, pasando por las agriculturas de
      subsistencia y de excedente, por la pesca, varias
      formas de propiedad, etc.-. Y una gran diversidad
      también en el campo de las filosofías, de las
      religiones, de las concepciones del mundo, todas ellas
      muy complejas y elaboradas, aun las de comunidades
      consideradas muy «primitivas»: en el caso de la
      Australia aborigen los estudiosos occidentales se
      quedaron perplejos «por la disparidad entre el nivel
      de vida casi animal y un sistema de pensamiento
      metafísico»(21). Cada sociedad, cada comunidad,
      formaba un mundo diferente. Los europeos, incluidos a
      veces los propios etnólogos, no son siempre capaces,
      pese a su obsesión descriptiva y clasificatoria, de
      percatarse de las diferencias menos tangibles, las
      psicológicas, las culturales, las ideológicas -no
      siempre se sabe distinguir entre las cosmogonías
      aborígenes australianas y las polinésicas, que son muy
      diferentes-. Pero sí constatan, obviamente, las
      físicas y exteriores en general: hay, comprueban los
      europeos, «negros» y «aceitunados» -los melanesios son
      negros (de ahí el nombre de Nueva Guinea a esta gran
      isla, por la «semejanza» de sus habitantes con los
      negros de Guinea, en África) y por tanto, para los
      europeos, «más feos» que los «más blancos» polinesios,
      pero unos y otros pueden ser igualmente «salvajes
      desnudos» y «caníbales»-. Los hay más «violentos» y
      más «asequibles», como comprueban ya Mendaña o Quirós
      (cuando en realidad son éstos los agresores, y como
      tales se los recuerda todavía -a la Barreto también-
      en las Islas Salomón). [74]

      Más adelante aparece el «buen salvaje»,
      «inocente», de «vida apacible y natural» de los
      ilustrados, pero tampoco ahora falta, para algunos
      viajeros y para las tripulaciones europeas, el
      «salvaje repugnante» o «asesino». Ya en el XIX, con la
      colonización burguesa y con los primeros pasos de la
      destrucción cultural, aparece el «salvaje holgazán»
      (porque no quiere trabajar... ¡para el dominador!),
      «sumiso», «abyecto», «lascivo», «incapaz de progreso»,
      «borracho», «infantil», «levantisco», «degenerado».
      Pero aparece ahora también una nueva versión, menos
      edulcorada, del «indígena feliz»: cristianizado, con
      el cuerpo cubierto, trabajador y disciplinado, que
      asciende de la mano de los europeos...

      El aborigen australiano es quien sale peor
      librado en las visiones europeas ya desde el siglo
      XVIII: los tasmanos son poco más que animales,
      ladrones cobardes, sin (aparente) organización social
      humana, sin leyes, sin viviendas, sin territorios
      delimitados (se creía), por lo cual se los podía
      ignorar o, en caso contrario, masacrar. Esta era la
      visión predominante. Pero algunos europeos no dejaron
      de constatar, con cierta sorpresa y moderada decencia,
      que los tasmanos eran enemigos sutiles e
      intrépidos(22) -la «Guerra Negra» duró unos 30
      años...-, y la prensa alababa a veces en ellos, con la
      boca pequeña, su «astucia y superior táctica que no
      desmerecería en algunos grandes personajes
      militares(23), y también había quien los consideraba
      inteligentes y amigables.

      Los aborígenes continentales australianos son
      también para el europeo una gente extraña, salvajes y
      bárbaros, animales humanoides, sin capacidad para
      organizarse, estúpidos, malignos, asesinos de blancos,
      cobardes, que carecen de cualquier tipo de pensamiento
      elaborado, dignos sólo de ser expulsados a los
      desiertos, o cazados deliberadamente, incluso por
      diversión, con perros, a los que luego alimentar con
      su carne(24). Los aborígenes debían desaparecer, o,
      como se pensó más adelante -y se hizo-, había que
      embutirlos en el estrato más bajo y marginal de la
      sociedad colonial.




      La violencia y las visiones

      Las ideas de la superioridad occidental y del
      primitivismo del «otro» las había consolidado, además,
      el éxito de la violencia, las muy fáciles conquistas
      militares en Oceanía -más aun que en África o en
      Asia-, salvo en Australia [75] y en Nueva Zelanda. En
      Australia se produjeron continuos enfrentamientos,
      algunos de envergadura, entre británicos y aborígenes,
      -en las primeras etapas del establecimiento británico
      se calcula que murieron más de 20.000 aborígenes y
      unos 2.000 británicos en las guerras de la frontera,
      lo que representa cifras no pequeñas-. En Nueva
      Zelanda las varias Guerras Maoríes entre 1843 y fines
      de los 60, requirieron un considerable esfuerzo
      militar por parte de los británicos. Hay que añadir
      que el hecho fundamental que explica el éxito casi
      continuo de las armas europeas durante la expansión,
      es la diferente concepción de la guerra. Para los no
      europeos, en nuestro caso para los oceanianos, los
      conflictos armados están limitados, ritualizados, no
      deben exceder cierto nivel de destrucción; hoy los
      llamaríamos de baja intensidad. A veces esto ha
      ocurrido en Europa, pero, como dice Geoffrey Parker
      (1996: 66, 68-69, 77)(25), los europeos manifiestan
      una extraordinaria brutalidad e implacabilidad,
      tienden a aniquilar al adversario sin medias tintas; y
      su superioridad militar se basa «en cinco puntos
      principales: tecnología, disciplina, una tradición
      militar muy agresiva, una notable capacidad de
      innovación (y de rapidez en la reacción ante las
      innovaciones de los demás) y -a partir aproximadamente
      de 1500- un sistema único de financiación de la
      guerra». Era obvio que los no europeos no podían
      reunir las cinco condiciones. Por eso un ilustrado, el
      Sieur de Surville, en su Nouveau Voyage, reflexiona
      apesadumbrado, en 1769, dos siglos después de los
      primeros contactos:

      «Es triste ver a naciones civilizadas
      hacer un uso demasiado libre de su fuerza de manera
      tan repugnante y [...] llevar la pena y el temor a
      gente que en materia de armas no tienen más que
      flechas y lanzas para defenderse contra la opresión
      europea.» (p. 279).

      Consolida esas ideas también otra violencia, la
      de la apropiación: sin trabas morales, el europeo cree
      que tiene derecho de saqueo sobre los no cristianos,
      sobre los no blancos, a quienes se ve sólo como
      poblaciones a someter y a explotar. El impacto europeo
      es muy destructor desde el punto de vista económico y
      ecológico: semidesmantelamiento de las economías
      locales, sedentarización forzada de nómadas, expulsión
      de campesinos y acaparamiento de sus tierras, trabajo
      forzado, perturbación de los ecosistemas,
      deforestación, etc.(26) [76] Los casos más flagrantes
      de apropiación del territorio y su corolario la
      apropiación de tierras son los de Australia y Nueva
      Zelanda, y también los de las Islas Hawaii, de Nueva
      Caledonia y, a mayor distancia, de Fidyi. A los
      maoríes, entre 1840 y 1912, se les arrebató el 95 por
      ciento de las tierras; las Guerras Maoríes, para
      ellos, son las «Guerras de la Tierra».

      Asimismo, los europeos no comprenden bien cómo
      funcionan las formas socio-políticas oceanianas, en
      particular los sistemas acéfalos, al no concebir la
      inexistencia de jefes; comprenden mejor las jefaturas
      y Estados absolutos y clasistas polinésicos, más
      próximos a los europeos. Con todo, en un primer
      momento, en el siglo XVIII, creen en el equilibrio y
      la perfección de la organización socio-política, como
      reflejo del estado de naturaleza en que se supone que
      viven los oceanianos. Sin embargo, Bougainville es
      capaz de observar acertadamente -con una opinión que
      provocaría la protesta de los philosophes por la
      crítica al buen salvaje-, en su Viaje alrededor del
      mundo, de 1771:

      «Dije que nos había parecido que los
      habitantes de Tahití vivían en una felicidad
      envidiable. Creímos que eran casi iguales entre sí, o
      que por lo menos gozaban de una libertad que sólo
      estaba sometida a las leyes establecidas para que
      todos fuesen felices. Me equivocaba: la distinción
      entre los rangos está muy marcada en Tahití y la
      desproporción es cruel. Los reyes y las personas
      importantes tienen el derecho sobre la vida y la
      muerte de sus esclavos y sus criados; me inclinaría
      incluso a pensar que tienen también ese derecho
      salvaje sobre la gente del pueblo [...]» (cit. en
      Taillemite 1990:132).

      El colonialismo no tolera los sistemas políticos
      locales, y no sólo por las exigencias de la
      dominación, sino porque los consideran «primitivos» y,
      cínicamente, despóticos -algunos lo eran, pero otros
      muchos eran democráticos-: por eso tratan de
      desestructurarlos, destruirlos o sustituirlos por
      formas europeas, generalmente incompletas, parciales
      y, por lo general, autoritarias, y reducir el poder de
      los dirigentes locales, etc. Se producen malentendidos
      a causa de las diferentes concepciones de unos y
      otros, y debidos al temor y desconocimiento mutuos, a
      la distinta interpretación jurídica de los tratados o
      del sistema de propiedad. Los aborígenes australianos,
      basados en la igualdad, la participación, la
      reciprocidad no comprendían el concepto de propiedad
      privada de los británicos, aunque no solían oponerse a
      los asentamientos salvo cuando éstos se realizaban en
      tierras sagradas o de caza. Los nativos de Australia,
      [77] como dice Reynolds (op.cit. 1988:16), trataron a
      los europeos como si fueran aborígenes, etnocéntrica
      pero igualitariamente, les aplicaron su propio sistema
      jurídico; los blancos oscilaron entre aplicar
      ocasionalmente el suyo o excluir a los aborígenes de
      todo sistema jurídico y simplemente expulsarlos o
      exterminarlos. Como en América, la «frontera» -es
      decir, la expansión y el robo de tierras- condicionó
      profundamente las relaciones y las visiones mutuas.
      Aunque hubo europeos que vivieron cerca de los
      aborígenes, se refugiaron -convictos huidos, por
      ejemplo- entre ellos, sirvieron de puente entre éstos
      y los británicos. Los europeos utilizaron también
      instrumentos aborígenes, se sirvieron de los
      conocimientos de éstos en la caza, la pesca, en el
      tratamiento de los bosques, utilizando sus trampas
      para animales, acequias, canales, pozos, armamento...
      Y hubo europeos que se alejaron de la tónica general:
      Cook -hombre ilustrado, que se situaba por encima de
      la media de los europeos por su eurocentrismo
      limitado- opinaba, a fines del siglo XVIII, que los
      aborígenes no eran seres humanos inferiores a lo
      blancos, sino que poseían valores, costumbres y
      organización social y general diferentes de las de los
      europeos, y aunque podían parecer la gente más
      miserable del mundo, constató que eran mucho más
      felices que los europeos, al no ambicionar lo
      superfluo, al no haber desigualdad social y al
      considerar que poseen lo necesario para vivir(27). El
      explorador Eyre, cincuenta años más tarde, opinaba que
      los aborígenes, en contra de la idea generalizada,
      solían ser valientes y disciplinados. Y otros
      exploradores y colonos manifestaron opiniones
      favorables. Pero, en conjunto, predominó, fomentado
      también por el gobierno colonial y los colonos, la
      idea más negativa, que es la que ha llegado hasta hoy,
      y de la que han quedado numerosísimos testimonios
      escritos.

      (En un primer momento, para los aborígenes
      australianos los europeos venían del mar sobre
      «monstruos alados» -los barcos de vela-, y eran
      posiblemente espíritus de los muertos -la piel clara,
      despigmentada, podía ser una prueba de ello-,
      parientes que volvían de la muerte, lo que evitó a
      veces agresiones o fricciones, y se les aplicó nombres
      de seres sobrenaturales locales. Creyeron asimismo que
      caballo y jinete eran un ser único -como lo habían
      creído los indios americanos-. Sea como sea, pronto
      constataron que se trataba de seres humanos normales
      pero extraños, con rostros rojos como sus guerreras
      -los soldados británicos-, que sabían pescar pero que
      eran unos cazadores desastrosos; los consideraron, en
      general, demasiado malvados y prepotentes, que
      destruían la naturaleza y mataban a la gente
      innecesariamente, con sus armas extraordinariamente
      mortíferas y de gran alcance, con sus utensilios mucho
      más eficaces que los suyos -sobre todo los de hierro-,
      y [78] objetos y novedades sorprendentes, como el
      ganado -muchas vacas y ovejas llegaron al interior
      antes que los propios europeos-.

      Los tahitianos, que siempre habían recibido
      amigablemente a los europeos, pensaron apenados, en un
      primer momento, que éstos estaban enfermos debido al
      color pálido de su piel(28).)

      Y hay una violencia de la imposición de formas
      sociales, ideológicas y religiosas europeas, en la
      asimilación forzada, como corolario de la superioridad
      cultural, que devalúa o negativiza cualquier
      manifestación o elemento cultural de los oceanianos, y
      rompe su visión monista -no muy diferente de la
      sostenida por la religión europea antes del
      racionalismo- en favor de nuestra visión que separa la
      esfera laica y la sagrada, lo sobrenatural de lo
      natural. Se intenta alterar la familia y el
      matrimonio, la sexualidad, el parentesco, el ritmo y
      la concepción del trabajo; el individualismo combate
      con bastante éxito contra el comunitarismo, y el
      evolucionismo se superpone a las concepciones cíclicas
      de la historia, pero no acaban con aquél ni con éstas.
      El cristianismo, generalmente impuesto
      autoritariamente e incluso con violencia física,
      prohíbe y ridiculiza las religiones locales, pero
      valora más las religiones polinésicas, a las que
      atribuye una supuesta tendencia hacia el monoteísmo.
      Los oceanianos se ven arrastrados, muchas veces, a las
      querellas no siempre pacíficas entre católicos y
      protestantes o entre órdenes religiosas católicas, y
      los misioneros provocan incluso guerras civiles entre
      convertidos y «paganos», como en Tahití en el siglo
      XIX. Los misioneros exageran con frecuencia el número
      de evangelizados que, por otra parte, suelen estarlo
      superficialmente, muchas veces para agradar a los
      extranjeros, sin captar el significado ni las
      consecuencias. En sus Mémoires, de 1834, el pastor
      protestante Daniel Wheeler reconocía que «Es evidente
      que las apariencias no son nada alentadoras [...], y
      existen muchas razones para temer que las convicciones
      cristianas son pocas veces sinceras.»

      (Para los hawaianos de 1778 Cook era un dios,
      idea favorecida por la coincidencia entre su aparición
      en las costas del archipiélago y ciertos aspectos de
      la religión hawaiana: Cook llega durante las
      celebraciones anuales de la fertilidad (o del
      Makahiki) y es confundido con el dios Lono, que viaja
      por las islas para traer la renovación del mundo
      natural, para completar el eterno retorno del dios de
      la reproducción cósmica, fieles a su concepción
      cíclica y fría (Sahlins 1995: passim). En Melanesia
      los cultos cargo son una respuesta -propia,
      precisamente, de sociedades «frías»-, al impacto de
      los europeos, y un intento de imitar, de crear el
      mecanismo de apropiación de los bienes materiales de
      los occidentales, considerados factor clave de su
      capacidad de dominación, a través, asimismo, de
      interpretaciones sobrenaturales del orden europeo, a
      imitación [79] de lo que hacen precisamente los
      misioneros (Worsley 1980 [1957]:328) y la posibilidad
      de regeneración moral, de creación de una sociedad y
      un hombre nuevos, todo ello como una reacción contra
      la aculturación europea.)

      Asimismo, hay un aspecto al que los europeos
      dieron siempre una excepcional importancia en sus
      colonias y, en particular, en las de Oceanía: la
      sexualidad. El europeo llega a Oceanía con su
      sexualidad negativa bífida, cargada de sexofobia y, al
      tiempo, de deseo insatisfecho y obsesivo, excitado por
      la desnudez casi general:

      «El año de 1669 -dice un capellán
      español- passé por las referidas islas [las Marianas],
      y haviendo ya entrado en ellas el muy reverendo Padre
      San Víctores [... ] a predicar el Santo Evangelio a
      sus naturales, aún se estavan tan bárvaros que no los
      havían podido reduzir los Padres a que tapasen sus
      partes verendas(29).»

      Y llega además como dominador, y la violación, el
      concubinato o el matrimonio forzados están a la orden
      del día (por la mera violencia o por las necesidades
      de adaptación y supervivencia del dominado): en
      Australia los británicos solían calificar de
      «repugnantes» a los aborígenes, pero las aborígenes
      salían mucho mejor paradas. Asimismo, los europeos
      habían quedado «embrujados», como dice Bougainville,
      ante la desnudez y accesibilidad de las polinesias, y
      cuenta, entusiasmado, en su Viaje alrededor del mundo
      (1771) que, mientras su barco se acercaba a tierra,
      llegaban a él las piraguas tahitianas que:

      «[...] estaban llenas de mujeres que no
      tienen nada que envidiar, por lo atractivo de su
      aspecto, a la mayoría de las europeas y que, en cuanto
      a belleza de sus cuerpos, podrían competir con todas
      ellas ventajosamente. La mayoría de esas ninfas
      estaban desnudas [...]. Nos hicieron, primero desde
      sus piraguas, algunas zalamerías en las cuales había,
      a pesar de su candidez, cierta turbación; [...]. Nos
      obligaban [los hombres tahitianos] a escoger a una
      mujer, a seguirla a tierra y sus gestos inequívocos
      mostraban cómo se hacía para entablar amistad con
      ellas. Yo pregunto: ¿Cómo se puede retener en el
      trabajo, en medio de semejante espectáculo, a 400
      franceses jóvenes, marinos y que desde hacía seis
      meses no habían visto a ninguna mujer?».

      El fraile Josep Amich prefiere observar, en
      cambio, en su Relación sobre el viaje de Boenechea, de
      1772, que

      «Las mujeres [tahitianas] no tienen tan
      buena apariencia como los hombres; pero, como a ellos,
      les gusta llevar pendientes en las orejas [...]. Estos
      isleños no tienen ninguna inclinación por la bebida:
      su vicio dominante es el libertinaje. Sólo toman una
      mujer, pero no son nada celosos, pues se la ofrecen de
      buena gana a los extranjeros [...]». [80]

      Los europeos creían haber llegado al «paraíso», a
      la «tierra anterior al pecado original», de la
      libertad sexual; los misioneros, a la del «vicio», del
      «pecado», «del diablo». Pero los europeos veían más de
      lo que había: confundían actitudes no sexofóbicas, y
      la relativa facilidad de acceso al sexo, con la
      promiscuidad (absolutamente inexistente), ayudado esto
      por la desnudez y la franqueza del lenguaje y de las
      actitudes sexuales; para polinesios, melanesios,
      micronesios y aborígenes australianos el sexo era sólo
      un componente (importante) de la sociedad. Los
      extranjeros ignoraban que la sexualidad tenía también
      aquí sus reglas y sus prohibiciones, y manifestarán
      verdadero pánico ante ciertos hábitos socio-sexuales
      -relaciones heterosexuales «fáciles», relaciones
      prematrimoniales, «prostitución» y homosexualidad
      admitidas socialmente e incluso ritualizadas(30)-, que
      los misioneros católicos o protestantes tratarán de
      erradicar, por ejemplo influyendo sobre las sociedades
      polinésicas a través de la conversión de los monarcas
      (Hawaii, Tahití, etc.), de la formación de misioneros
      del país, trastocando los hábitos locales, en algunos
      lugares (Archipiélago de las Gambier, Isla de Wallis)
      hasta extremos patológicos(31). No muy diferente acabó
      siendo la situación en las Islas Marianas bajo
      dominación española, donde los jesuitas instauraron
      también verdaderas dictaduras misioneras en los siglos
      XVII y XVIII; y, en el siglo XIX, la de la Nueva
      Caledonia francesa. Otto von Kotzebue, en su Viaje
      alrededor del mundo, de 1823-1826, se escandaliza ante
      el impacto del cristianismo en las Islas de la
      Sociedad:

      «Esta religión que prohíbe todos los
      placeres inocentes, que ahoga o aniquila todas las
      facultades mentales, traiciona al divino fundador del
      cristianismo. En realidad, la religión de los
      misioneros ha aportado muy poco de bueno y mucho de
      malo. [...] ha dado lugar a la ignorancia, a la
      hipocresía y al odio hacia las demás formas de
      religión, defectos ajenos antes al carácter franco y
      amigable de los tahitianos.»

      «Más que los comerciantes -resume Haunani-Kay
      Trask-, los misioneros fueron un poderoso agente de
      destrucción cultural.» (1987:155). [81]

      (Digamos de pasada que, por su lado, los
      polinesios, extrañados por la reticencia y vergüenza
      europea ante los ofrecimientos, desnudaban a veces por
      la fuerza, jocosamente, a los europeos para ver qué
      tenían debajo de la mucha ropa. Los tasmanos quedaron
      sorprendidos por los rostros sonrosados sin barba (en
      el siglo XVIII) de los europeos, y por las ropas, que
      les impedían conocer el sexo, lo que les intrigaba
      sobremanera, y dio lugar a escenas pintorescas.)

      Todo este Impacto brutal y múltiple hizo
      tambalear a las sociedades que los europeos hallaron
      en Oceanía, incluso a las más resistentes y flexibles.
      Varias sociedades se fusionaron con los extranjeros,
      cultural y a veces físicamente, de forma más o menos
      violenta, más o menos subalternamente, pero pocas
      veces desaparecieron del todo sin dejar alguna huella.
      Otras veces, en cambio, los europeos llevaron su
      visión negativa de los demás hasta sus últimas
      consecuencias lógicas: la destrucción de las
      poblaciones dominadas. Muchas vieron disminuir su
      número drásticamente en la mayor parte de las regiones
      oceanianas (Tahití, Samoa, Salomón, Nueva Caledonia,
      Nueva Zelanda, diversas partes de Micronesia,
      Australia, Hawaii, etc.), salvo, quizá, en Nueva
      Guinea y en algún archipiélago melanésico próximo. En
      las Marianas españolas, a fines del siglo XVII, las
      autoridades coloniales y los jesuitas causaron una
      drástica disminución de la población, por las guerras
      y las numerosas rebeliones, las enfermedades y la
      mortandad provocada por la práctica de despoblar la
      mayor parte del archipiélago y concentrar a la
      población del archipiélago en tres islas (Guam, Rota y
      Saipán), para poder ser controlada laboralmente y
      cristianizada, lo que provocó a su vez huidas y éxodos
      mortales de los chamorros: hacia 1668, cuando llegan
      los españoles, la población de las Marianas se calcula
      en unos 30.000 individuos; en 1683 son unos 13.000 y,
      entre 1698 y 1720 la pérdida demográfica es de 4.500,
      el 70 por ciento en 23 años(32)...

      En Tasmania hacia 1830 han desaparecido (casi)
      todos los tasmanos(33). Para Australia los estudios de
      Butlin(34) y otros permiten calcular una población
      aborigen [82] inicial (en el siglo XVIII) de 1-1,5
      millones: en 1880 ha disminuido, parece ser, a unos
      30-35.000 a causa de la colonización y convierte los
      aborígenes en minoría en su propio país -como sucedió
      con frecuencia en América-. En las Hawaii (Schmitt
      1968: passim) en un siglo (1778-1878) la población
      polinésica estimada de medio millón se redujo a 45.000
      individuos, y hoy su porcentaje es del 1 por
      ciento(35).




      Viejas y nuevas visiones

      Hemos repasado someramente diversas visiones
      occidentales sobre Oceanía, deteniéndonos
      aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX.

      No vamos a tratar in extenso aquí las visiones
      existentes a partir de fines del siglo XIX y a lo
      largo del XX. Pero apuntaremos que muchas de las
      anteriores han desaparecido, otras subsisten,
      inamovibles, y han surgido otras, pero su número
      habría disminuido, por un fenómeno de reduccionismo,
      simplificación, amalgama y asociación, y pueden
      reducirse a unas cuantas estereotipadas, ya no
      solicitadas por los intereses coloniales o
      proselitistas, sino por otros de aspecto más relajado.

      Por eso muchas de las visiones contemporáneas son
      menos crispadas, e incluso de intención positiva e
      idealizadas. Son visiones literarias, poéticas,
      estéticas, difundidas por los artistas y literatos,
      los viajeros, los refugiados de las islas, o las
      entidades y empresas turísticas -y por los propios
      turistas-, luego por el cine(36). En ellas aparecen
      hasta la saciedad, entre otras, las palabras «edén»,
      «paraíso» y «paradisíaco», «mar azul», «palmeras y
      playas», «ensueño», «bellos nativos y nativas»,
      «sensualidad» y «erotismo», «cruceros(37)»..., la
      mayoría, como se ve, de tono turístico: los
      polinesios, los micronesios y los melanesios seguirían
      gozando, impertérritos, de una vida fácil, natural,
      casi inmóvil (los aborígenes australianos quedan al
      margen de todo esto), como si no se hubieran producido
      los grandes y decisivos cambios del siglo XX. [83]

      El impacto occidental hizo dudar a los oceanianos
      de la bondad y viabilidad de sus propias
      civilizaciones. Y les hizo reflexionar amargamente
      sobre sí mismos, en particular después del
      afianzamiento del poder colonial y de la realidad de
      la formidable influencia, a veces hibridación
      cultural, que los llevó, en el mejor de los casos, a
      yuxtaponer lo occidental a lo propio. O, dicho de otra
      manera, a contar con lo occidental, cuando no a
      aceptar varios de sus componentes.

      Hoy los propios oceanianos han hecho suyas, de
      forma que ha sido calificada de «autorracista»,
      diversas visiones occidentales sobre sí mismos,
      surgidas de la interacción de la cultura europea y de
      las locales. Clammer (1975:219 y passim) alude a esto
      respecto a Fidyi, donde, según él, la mentalidad
      colonial impuesta por los europeos no ha desaparecido
      tras la descolonización; y Levy (1973:99-100) se
      refiere a las imágenes que los europeos se formaron de
      los tahitianos, que luego volvieron a éstos últimos y
      entraron a formar parte de la propia interpretación de
      sí mismos, es decir, del contenido de su identidad.
      Limitándonos a la ideología turística, los oceanianos
      parecen haber aceptado la visión occidental según la
      cual no tendrían cultura, historia, monumentos, por lo
      que sólo pueden ofertar paisajes y playas, y nativos,
      que se presentan ante el turista como éste cree que
      deben presentarse -el mito de los «pueblos naturales»
      parece subsistir aquí...-. Este es el núcleo de la
      crítica del antropólogo Derek Freeman (años 80) a la
      antropóloga Margaret Mead, a la que ha acusado de
      haber idealizado positivamente, pero idealizado al
      fin, a los samoanos de hace sesenta años, y esto ha
      repercutido en su autoimagen.

      Y este es el tono predominante en los últimos
      decenios, cuando los Mares del Sur (otro estereotipo)
      se han convertido en objeto de consumo y gran parte de
      los conocimientos populares occidentales (y a veces
      oceanianos) sobre el Pacífico salen de los libros de
      viajes y de las guías turísticas, o de las películas
      -Rapa Nui, de Kevin Reynolds, 1996, aunque bien
      intencionada, recoge demasiados tópicos sobre los
      polinesios-. Como dice un comentarista, «La publicidad
      turística ha elaborado con cuidado sus letanías de
      batidora, intercambiables para cada meta. [...] El
      cliente del Norte lo sabe muy bien, sólo quiere que se
      le confirmen sus mitologías: hay un lugar [...]
      «paradisíaco», no corrompido por la civilización
      industrial, una localidad «virgen», cuyos seres
      humanos son «auténticos» [...].» (Canal 1990)(38).

      No parece que hayan servido de mucho el indudable
      aumento de conocimientos y las descolonizaciones de
      los años 60, 70 y 80 (cuando, por si fuera poco, todos
      los oceanisnos acabaron encerrados en el concepto bien
      intencionado pero monotonizador del «Tercer Mundo»).
      Hay que hablar también, pues, [84] de un
      neocolonialismo de las visiones e imágenes, y prueba
      de ello podría ser, para terminar, lo que cree ver,
      impertérrito, un autor no de otros siglos, sino de
      hace unos años:

      «el carácter de los tahitianos es infantil:
      todo lo que brilla los atrae [...] No pueden
      resistirse a las tentaciones y esto comprende lo mismo
      las tentaciones sexuales como las del alcohol [...].
      [...] el sentido del deber, tal como nosotros lo
      entendemos, les es totalmente extraño. [...]: en
      contra de la leyenda, ignora el sentimiento, la
      poesía, lo romántico. [...] Para un observador
      superficial, la inteligencia de los tahitianos engaña
      fácilmente. En efecto, en ciertos campos que no exigen
      más que un espíritu de imitación, [...], parecen muy
      próximos a los europeos, mientras que en otros campos,
      en particular el de la intelectualidad, no pueden
      superar, pese a sus esfuerzos, un nivel determinado y
      bastante bajo. [...] el desarrollo intelectual [...]
      se detiene bruscamente a la edad de la pubertad (11 a
      13 años) [...] para volver a reanudarse sólo más tarde
      y al ralenti.» (Loursin 1975:139-140, 141, 142).


      ¿Entonces? ¿Será cierto, como dice Mourad
      Bourboune, que la civilización occidental es etnófaga,
      «ha vivido y se ha desarrollado de y con la muerte
      [cultural o material] de los demás(39)»? ¿Habrá que
      estar de acuerdo con Cook cuando, aun desde su
      superioridad de europeo, se lamenta, en sus Viajes:

      «Confieso que no puedo dejar de decir que
      en mi opinión habría sido mucho mejor para estas
      pobres gentes no haber conocido nunca nuestra
      superioridad en lo que se refiere a las distintas
      invenciones que facilitan la vida [...]. Aunque
      pusiésemos fin a toda relación con ellos, sería
      imposible evidentemente devolverlos al estado de feliz
      mediocridad en el que vivían hasta que los hemos
      descubierto.»

      ¿Tendrían razón los orokaiva de Nueva Guinea
      cuando asociaban la llegada de los europeos a un
      desastre, cuando la aparición de un blanco significaba
      la llegada de la Muerte?(40) [85]




      BIBLIOGRAFÍA

      General

      ASAD, Talal (comp.): Anthropology and the
      Colonial Encounter. Ithaca Press, Londres 1975.

      BARRACLOUGH, G.: «Descentraliza<br/><br/>(Message over 64 KB, truncated)
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