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13329Re: [memoria] Liminaridad, antiestructura, communitas

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  • Alejandro González
    10 may 2006
      Esto sí es un mensaje con chicha, sugerente de principio a fin. Por
      decir algo: el caso es que la visión finalística de la aventura no da
      razón de la añoranza que lleva al marino (así sea el anciano Simbad de
      Cunqueiro) a hacerse una vez más a la mar. Ana Leal me decía una vez,
      cachondeándose de mi interés por la iniciación, "no empieces, que
      acabarás" —y en verdad es triste eso de acabarse, como quien vuelve de
      un viaje psicodélico y se encuentra en el buzón un plan de pensiones del
      BBV. O sea, que parece que eso del estado liminar y sus vueltas de
      tuerca termina enganchando, y vista desde ahí la cotidianeidad resulta
      sosa y mortífera: "home is made for coming from, for dreams are going
      thru / and with any luck will never come true", que cantaba Lee Marvin.
      (No en vano hay una analogía, también, entre los estados místicos o
      traspersonales y los liminares.) Podría pensarse que ésta es una
      deformación óptica moderna, pero no lo creo. En el personaje de Heracles
      ya está esa incapacidad para adaptarse a la vida propiamente humana:
      siempre termina enloqueciendo y matando a alguien, deseoso de volver con
      aquellos monstruos que tan bien le comprenden. Nihil novum sub sole —ni
      siquiera el desarraigado Rambo de la primera peli. (Diel lo llamaba la
      "trivialización del héroe" —supongo que la degradación es el lado
      sombrío del retorno glorioso. Que le pregunten a Agamenón...)

      Están también los héroes a los que la aventura parece no haberles
      compensado, como Frodo. Y es que el dolor fue intransferible, pero el
      premio va a parar a la comunidad. Letra pequeña del contrato mítico.
      Dicen que Frodo es un pequeño Cristo, pero uno puede evitar pensar que
      mientras Dios se desencarna con ventaja, tal charco que al pudrirse
      acaba volviéndose vapor y de nuevo limpísima lluvia, Frodo es el Cristo
      con cicatrices, condenado a seguir viviendo tras la crucifixión, deseoso
      de morir lejos de casa. El sacrificio es mayor cuando uno salta sin red.

      The Never Ending Tour, llama Dylan al continuo girar en el que espera
      dar su último aliento. Se ha hablado mucho de su soberbia luciferina,
      pero viendo aquella peli de los 60, Don't look back, se entiende todo:
      qué hay más descorazonador que salir del escenario tras haber liquidado
      con tus versos los fundamentos del Establishment y encontrarte a la
      esposa del alcalde que te arrastra a la fiesta de sus hijos para que
      cantes Cumpleaños Feliz y te hagas fotos con todas sus amigas de oro.
      Ay.

      Así que parece que la verdadera recompensa de la aventura fuera ella
      misma, lo que torna la visión finalística, el asunto de la
      princesa-premio, un tanto melancólico. Se vuelve porque no hay más
      remedio ("me hago mayor / antes de que se ma haga tarde"), pero vive
      Dios que con desgana. Imaginen, por ejemplo, lo que sería hablar de lo
      grande que fue la lista Memoria (those were the days, my friend) y en
      cambio saber que ya no está. (Y despreocúpense: por aquí seguimos
      acogiéndonos a la quinta enmienda lovecraftiana: no está muerto lo que
      puede yacer eternamente...)

      Un abrazo, amigos.

      Al
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