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13330RE: Liminaridad, antiestructura, communitas

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  • Antonio Álvarez del Cuvillo
    10 may 2006
      Dice Cortázar en Lucas y Lucas: "Lenguaje e imaginación son enemigos
      fraternales y de su lucha nace la literatura"; o dice el comentario al
      capricho 43 de Goya: "La fantasía, abandonada de la razón, produce
      monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de
      las maravillas".

      Estamos hechos para añorar eternamente el seno maternal de Tiamat,
      pero sin Marduk tampoco somos naidie. Queremos ser desmesurados e
      imposibles, pantagruélicos y monstruosos como los Titanes pero
      entonces nos diluimos en la nada. La catabasis o como se llame el
      viaje al inframundo es necesaria para que la vida no se nos reseque,
      pero al mismo tiempo el retorno de esta inmersión bautismal nos
      arranca del paraíso en lugar de devolvernos a él y nos deja sabor a
      cenizas en la boca. Agarrarnos a las profundidades nos hace
      eternamente felices o eternamente infelices o ambas cosas al mismo
      tiempo. La vida al final no es lo uno ni lo otro, sino esa tensión
      entre estructura y antiestructura.

      Los mitos, por ejemplo, todos los mitos incluyendo los modernos mitos
      laicos (y todos los viajes, tránsitos, los cambios, los episodios
      liminares) son como la Caja de Pandora. No sabemos si contiene todos
      los males de la tierra o todos los bienes; los mitos pueden sacar lo
      "mejor" y lo "peor" de nosotros. Quiero creer que lo que saquemos de
      ella depende en gran parte de nosotros mismos. Joseph Campbell hacía
      la distinción -no sé si muy certera en términos de historia de las
      religiones- entre budismo Hinayana y budismo Mahayana. El Hinayana
      supone que el final del viaje termina en el vacio originario, el seno
      de Tiamat; el Mahayana, más campbelliano implica que el místico
      regresa con una comprensión distinta de su vida. Un Nirvana en la tierra.

      En último término, el Nirvana en la tierra se convierte, por supuesto,
      en un concepto tan idealizado, tan liminar, tan irrealizable, como el
      Nirvana en el vacío, y de la misma manera puede resecarse
      convirtiéndose en estructura vacía. Y la nostalgia del paraíso perdido
      es indiferente a la definición del paraíso que se utilice.

      La capacidad humana de banalizar las cosas "trascendentes" (latu
      sensu, incluyendo la posibilidad de comprar una camiseta del Che
      Guevara en el Corte Inglés) sólo se iguala a la capacidad humana de
      encontrar cosas trascendentes en lo más banal. Cuando alcanzamos un
      atisbo de antiestructura, la estructuramos; cuando la estructura nos
      convierte en esclavos, nos sumergimos en un viaje saturnal o jubilar a
      la Edad de Oro y encontramos respuestas en la estructura...

      Cuando regresamos, tenemos la sensación de que alguien nos susurró
      todas las respuestas, que las piezas encajaban, pero que olvidamos
      todo lo que nos dijeron. Y cuando nos llevemos un tiempo sin bautizar
      volveremos a creer quizás que la vida es el cuento narrado por un idiota.


      Saludos,

      Antonio
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