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457Las verdades de un loco

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  • Pancho CASTRO
    28 may 2008

      Y eso que no tuvo tiempo de contar sobre los asesinatos de los miembros de la U.P.

      PAÍS MÍNIMO

      Las verdades de un loco

      Ernesto McCausland. Columnista de EL TIEMPO.

      Al sargento Paz se le tilda de orate, pero los locos suelen decir verdades.

      La escena parece extraída de una película magistral: la viejita que va a misa y encuentra la iglesia cerrada. Se sienta entonces en un andén a esperar a que la abran. Llega a los pocos segundos, en una motocicleta, su verdugo. Es un militar encubierto. Su misión es matarla, y por una razón tan simple como canalla: la viejita es la madre de un líder guerrillero, el cual debía haber llegado a la ciudad disfrazado de monja. Los militares tenían planeado capturarlo. Como el guerrillero jamás apareció, hay que justificar los gastos de desplazamiento a la ciudad. De allí la orden: matar a sangre fría a la viejita, cuyo único pecado de guerra es haber traído al mundo a un líder de la subversión. El verdugo camina hacia ella. Son apenas las seis de la mañana, no hay mucha gente por ahí, en los alrededores de la Iglesia de San Francisco. Cándidamente, sin el menor recelo, la viejita saluda al hombre que acaba de irrumpir. Lo conoce. En Santa Marta casi todos se conocen. "Hola, mijo, ¿cómo estás?", le dice ella. Asegura el hombre que un escalofrío le recorre su cuerpo, aun en aquella ciudad ardiente. Le devuelve el saludo, se declara incapaz de dispararle. De inmediato vuelve a la moto y huye de allí, huye de su propia desazón, huye de la atrocidad que ha estado a punto de cometer, huye de una orden de arriba. Más tarde, su superior lo reprende, amenaza con destituirlo. Finalmente, le da 62 horas de arresto en su hoja de vida. Pocas historias, de tantas que se recuecen en esta guerra colombiana, nos acentúan cuánto en este país la realidad supera la ficción: es tan inverosímil que simplemente no puede ser mentira.

      La viejita es Clementina Cayón, la madre de Jaime Bateman, cabecilla del M-19 que moriría tres años después en un accidente aéreo. Ella, a su vez, se reuniría con su hijo adorado en el 2006, 23 años más tarde, tras luchar contra un cáncer en Santa Marta. Y el verdugo se volvió famoso infamemente de la noche a la mañana, pero no por alguna de las atrocidades que cometió o que estuvo a punto de cometer, sino por tomarse a la brava, con una granada entre sus manos temblorosas, la sede de Porvenir en el centro de Bogotá. Eso fue la semana pasada. Hoy, el sargento retirado Manuel Paz Morales está en graves problemas. Podría pasar más de 25 años en prisión.

      En el mismo comunicado en que relató la historia de la viejita y el asesino arrepentido, el sargento Paz Morales alcanzó a contar muchas otras cosas, la mayoría de ellas coherentes con una verdad que aún se mantiene entre las sombras de la historia reciente colombiana. ¿Quién actuaba a nombre de la extrema derecha antes de que la alianza narcoparamilitar se arrogara misiones de exterminio o asesinatos selectivos? Ahora, tras escuchar su relato del nacimiento del MAS, es más fácil entender por qué Yair Klein entró a Colombia sin problema alguno, y con el apoyo de ciertas autoridades, tal como el mismo mercenario israelí lo ha dicho en declaraciones y entrevistas. El sargento Paz era miembro activo del Ejército en tiempos del famoso Estatuto de Seguridad, y Colombia sabe muy bien lo que eso significó para los que pensaban diferente.

      Al sargento Paz se le ha tildado de orate. Alguna forma de locura debe tener para haber puesto en peligro las vidas de tantas personas, bajo el argumento de una pensión a la que legalmente no tiene derecho. Pero sea cual sea su diagnóstico siquiátrico, nada descarta que pueda haber dicho verdades, y a esas verdades hay que llegarle, máxime cuando ahora, tres décadas después, tenemos unas fuerzas armadas que están comprometidas con los derechos humanos y la transparencia.

      Más que episodio suelto de estrés postraumático, o un filosófico debate sobre la libertad de expresión, los hechos del miércoles pasado en Colombia constituyen una vaga lucecilla sobre sucesos históricos que el país tiene el derecho y el deber de conocer a fondo. Los locos, como los borrachos, suelen decir verdades.

      ernesto@...

      Ernesto McCausland