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Tratad a los demás como queréis que ellos os traten

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  • Reflejos de Luz
    AMAR A QUIEN NOS HACE DAÑO VII Domingo del T.O. (Mt 5, 38-48) - Ciclo A José Antonio Pagola La llamada a amar es seductora. Seguramente, muchos escuchaban
    Mensaje 1 de 1 , 20 feb 2011
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      VII Domingo del T.O. (Mt 5, 38-48) - Ciclo A
      José Antonio Pagola
       
      La llamada a amar es seductora. Seguramente, muchos escuchaban con agrado la invitación de Jesús a vivir en una actitud abierta de amistad y generosidad hacia todos. Lo que menos se podían esperar era oírle hablar de amor a los enemigos.
      Sólo un loco les podía decir con aquella convicción algo tan absurdo e impensable: «Amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen, perdonad setenta veces siete... » ¿Sabe Jesús lo que está diciendo? ¿Es eso lo que quiere Dios?
      Los oyentes le escuchaban escandalizados. ¿Se olvida Jesús de que su pueblo vive sometido a Roma? ¿Ha olvidado los estragos cometidos por sus legiones? ¿No conoce la explotación de los campesinos de Galilea, indefensos ante los abusos de los poderosos terratenientes? ¿Cómo puede hablar de perdón a los enemigos, si todo les está invitando al odio y la venganza?

      Jesús no les habla arbitrariamente. Su invitación nace de su experiencia de Dios. El Padre de todos no es violento sino compasivo. No busca la venganza ni conoce el odio. Su amor es incondicional hacia todos: «El hace salir su sol sobre buenos y malos, manda la lluvia a justos e injustos». No discrimina a nadie. No ama sólo a quienes le son fieles. Su amor está abierto a todos.

      Este Dios que no excluye a nadie de su amor nos ha de atraer a vivir como él. Esta es en síntesis la llamada de Jesús. "Pareceos a Dios. No seáis enemigos de nadie, ni siquiera de quienes son vuestros enemigos. Amadlos para que seáis dignos de vuestro Padre del cielo".
      Jesús no está pensando en que los queramos con el afecto y el cariño que sentimos hacia nuestros seres más queridos. Amar al enemigo es, sencillamente, no vengarnos, no hacerle daño, no desearle el mal. Pensar, más bien, en lo que puede ser bueno para él. Tratarlo como quisiéramos que nos trataran a nosotros.
      ¿Es posible amar al enemigo? Jesús no está imponiendo una ley universal. Está invitando a sus seguidores a parecernos a Dios para ir haciendo desaparecer el odio y la enemistad entre sus hijos. Sólo quien vive tratando de identificarse con Jesús llega a amar a quienes le quieren mal.

      Atraídos por él, aprendemos a no alimentar el odio contra nadie, a superar el resentimiento, a hacer el bien a todos. Jesús nos invita a «rezar por los que nos persiguen», seguramente, para ir transformando poco a poco nuestro corazón. Amar a quien nos hace daño no es fácil, pero es lo que mejor nos identifica con aquel que murió rezando por quienes lo estaban crucificando: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen".
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      Sigue Mateo en el sermón del monte, con la intención de armonizar el AT con la predicación de Jesús. Ante la lectura de este evangelio, uno se queda sin aliento. No hagáis frente al que os agravia. Ama a tu enemigo y reza por él. Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto.

      Si repaso detenidamente estas exigencias, descubriré lo que me falta para cumplirlas como nos pide Jesús. Me creo perfecto porque no robo ni mato, pero el evangelio me pide mucho más. Tal vez Nietzsche tenía más razón de lo que pensamos cuando decía: "Sólo hubo un cristiano y ese murió en la cruz."
      Sinceramente creo que la verdadera dimensión cristiana está aún por inaugurar. Hemos construido miles de templos; hemos llevado la cruz a todos los rincones del orbe; hemos elaborado sumas teológicas como para parar un tren; hemos creado leyes que regulan todas nuestras acciones; hemos recorrido el mundo entero en busca de nuevos cristianos; hemos sido extremadamente exigente con relación a algunas normas y leyes; y resulta que el único principio esencialmente cristiano está completamente olvidado y sin repercusión alguna en nuestra vida. Parece que nos han colocado el listón tan alto, que hemos optado por olvidarnos de él y pasar tranquilamente por debajo.
      Sabéis que está mandado: “ojo por ojo y diente por diente" Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Aunque nos parezca hoy bárbara la máxima de ‘ojo por ojo’, se trata de un intento de superar el instinto de venganza que nos lleva a hacer el máximo daño posible al que me ha hecho algún daño.
      En nuestra civilización occidental, tenemos completamente asumido que la meta es la justicia, identificada con el ojo por ojo. Creo que la racionalidad y el jurisdicismo occidental nos impiden la comprensión del verdadero cristianismo. Tenemos tan incrustado en nuestro ser, que lo primero es la justicia, que no nos queda lugar para la visión cristiana del hombre. ¿Quién de nosotros, todos muy católicos, ante un agravio se queda tan tranquilo?

      Reclamamos justicia, pero si examinamos esa justicia que exigimos, descubriremos con horror, que lo que intentamos todos es hacer de la justicia un instrumento de venganza. Se utilizan las leyes para hacer todo el daño que se pueda al enemigo; eso sí, dentro de la legalidad y amparados por la sociedad.
      (Los buenos abogados son aquellos que son capaces de ganar los pleitos cuando la razón está de parte del contrario. Se considera el mayor éxito profesional y le felicitan por ello.)

      Como siempre, las frases tan concisas y profundas pueden entenderse mal. No nos dice Jesús que no debamos hacer frente a la injusticia. Contra la injusticia hay que luchar siempre con todas la “fuerzas”. Tenemos la obligación de defendernos cuando nos afecta personalmente, pero sobre todo, tenemos la obligación de defender a los demás de toda clase de injusticia.

      Lo que nos pide el evangelio es, que nunca debemos eliminar la injusticia dañando al injusto. Si tenemos que utilizar la violencia para eliminar una injusticia, estamos manifestando nuestra incapacidad de eliminarla humanamente.
      No convenceré al injusto si me empeño en demostrarle que me hace daño a mí o a otro. Pero si soy capaz de demostrarle que con su actitud se está haciendo un daño irreparable a sí mismo, sin duda cambiaría de actitud. Lee este párrafo una y otra vez; es vital que lo comprendas bien.

      Habéis oído que se dijo: “amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo" Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Es verdad que no se encuentra la cita exacta en el AT, pero era la práctica común en toda la tradición judía.
      Hay que aclarar que para ellos el prójimo era el que pertenecía a su pueblo, a su raza, a su familia. El “enemigo” era siempre el extranjero, que atentaba real o potencialmente contra la seguridad el pueblo. Para poder subsistir, no tenían más remedio que defenderse de las agresiones.

      Jesús da un salto de gigante y podemos apreciar que la diferencia entre ambas propuestas es abismal.

      Debemos reconocer que el amor al enemigo es una asignatura pendiente. ¿Por qué tengo que amar al que me está haciendo la puñeta? El camino para la comprensión de esta norma, es largo y muy penoso. Tenemos que llegar a él, a través de un proceso de maduración, en el que debemos tomar conciencia de lo que nos une a los demás, que todos somos una sola cosa, y que en realidad, no hay enemigo.
      En el fondo, el amor al enemigo no es más que una manifestación del verdadero amor; pero por ir radicalmente en contra del instinto de conservación, se ha convertido en la verdadera prueba de fuego del amor.
      Tal vez la dificultad mayor para comprender esa manera de amar, está en que confundimos amor con sentimiento o con instinto. Más de una vez me habéis oído decir que el amor evangélico no es instinto ni sentimiento. Por lo tanto no podemos esperar que sea algo espontáneo.

      El verdadero amor, sea al enemigo o a un hijo, sea el amor al terrorista, no es el instinto que nace de mi ser biológico y que por lo tanto está grabado en los genes. El amor de que estamos hablando es algo mucho más profundo y también más humano, por lo tanto tiene que estar originado y orientado por la parte más elevada de nuestro ser.
      Vamos a desmenuzar un poco el tema, porque es de la máxima importancia para comprender todo el evangelio.
      El DRAE define “enemigo” como “el que tiene mala voluntad a otro y le desea o hace mal”. Es decir que el enemigo es el que tiene la postura de animadversión, no el que la sufre.

      El enemigo no tiene por qué obtener una respuesta de la misma categoría que su acción. Alguien puede considerarse enemigo mío, pero yo puedo mantenerme sin ninguna agresividad hacia él. En ese caso, yo no me convierto en el enemigo del que me ataca.
      Creo que aquí está la clave para superar la aporía. Si me constituyo en enemigo, he destrozado toda posibilidad de poder amarle.
      Un ejemplo puede aclarar lo que quiero decir. En el mar siempre habrá olas, de mayor o menor tamaño, pero siempre estarán ahí. Al llegar al litoral, la misma ola puede encontrar la roca o puede encontrarse con la arena. ¡Qué diferencia! Contra la roca estalla en mil pedazos. Con la arena se encuentra suavemente y de manera imperceptible. Incluso si la ola es muy potente, rompe sobre sí misma y se destruye.
      ¿Necesitas explicación? Pues voy a dártela. Los enemigos van a estar siempre ahí. Pero la manera de encontrarte con ellos dependerá siempre de ti.
      Si eres roca, el encuentro se manifestará estruendosamente y ambos os dañaréis.
      Si eres playa, todo su potencial queda anulado y llegara hasta ti con la mayor suavidad.

      Un detalle, la roca y la arena, están hechas de la misma materia, solo cambia su aspecto exterior.

      Como en el caso de la roca, tu rígida postura lo que hace es potenciar la fuerza del enemigo, dejando patente su energía. Es lo que espera y lo que recompensa su actitud. La mejor manera de vengarte del que se acerca a ti como enemigo, es privarle de esa satisfacción y demostrarle así lo ridículo de todo su poder.
      Así seréis hijos de vuestro Padre… Aquí encontramos una de las mejores muestras de lo que se entendía por hijo en tiempo de Jesús. Hijo era el que salía al padre, el que era capaz de imitarle en todo. Viendo al hijo, uno podía adivinar quién era su padre.
      También podemos descubrir la idea de Dios que tenía Jesús. Un Dios que ama a todos por igual porque su amor no es la respuesta a unas actitudes o unas acciones sino anterior a toda acción humana. Dios me ama no porque yo sea bueno sino porque él es bueno.
      Hacer referencia a la perfección de Dios, nos tiene que hacer pensar en que nuestra capacidad de perfección es infinita, y que no podemos darnos por satisfechos nunca. Dios es infinita bondad.

      Dios como punto de referencia de nuestro amor, nos puede dar una pista para tratar de comprender el amor al enemigo. Imposible de comprender esta exigencia mientras sigamos pensando en un dios que manda a sus enemigos al infierno.
      En contra de lo que se nos ha dicho con demasiada frecuencia, Dios no ama exclusivamente a los buenos, sino que Él ama infinitamente a todos. De la misma manera, el amor que yo tengo a los demás, no puede estar originado ni condicionado por lo que el otro es o tiene, sino por la calidad de mi propio ser.
      El amor no es respuesta a las actuaciones o cualidades de un ser; su origen tiene que estar en mí, y solo afecta al otro como objetivo, como meta.
      Si no hemos llegado al amor al enemigo, podemos tener la total certeza de que todo lo que nosotros hemos llamado amor, no tiene nada que ver con el amor del evangelio, el amor que nos ha exigido Jesús para ser sus discípulos.
      Con la palabra ‘amor’ expresamos hoy una infinidad de conceptos, no solo distintos sino radicalmente opuestos. Incluso el más refinado de los egoísmos que es aprovecharse del otro en lo más íntimo, también le llamamos amor. Es imprescindible hacer un serio examen de conciencia para saber de qué estamos hablando cuando nos referimos al amor del evangelio.
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      Querido enemigo, a tí también te amo

      Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 5, 38-48
       
      Jesús dijo a sus discípulos:
      Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero Yo os digo que no hagáis frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado. Habéis oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero Yo os digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores: así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solamente a sus hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?Por lo tanto, sed perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.
      Compartiendo la Palabra
      Por Clemente Sobrado C. P.

      ¿A quién amamos?

      Hablamos mucho del amor. Pero ¿qué es para nosotros el amor? ¿A quién amamos? Porque el amor que pone medidas, no es amor. El amor selectivo, no es amor. El amor que excluye, no es amor. El amor o es universal o no es verdadero amor. El amor no necesita que alguien merezca ser amado. La amistad puede ser selectiva. Pero no el amor.
      Por eso mismo Dios ama a todos, buenos y malos.
      La violencia es desamor.
      La venganza trata de expresar el poder.
      La exclusión habla de corazones de recortados.
      La selección habla de corazones estrechos.
      Mientras el amor universaliza, la violencia y la venganza estrecha el horizonte de la humanidad.
      El amor es capaz fortalecer y de dar vida incluso en los momentos más difíciles, incluso cuando uno es tratado injustamente.

      Quiero copiarte la experiencia del psiquiatra Viktor Frank desde el campo de concentración. Los campos nazis no eran precisamente espacios para despertar el amor en el corazón humano, sino deseos de venganza, que era lo que en el fondo sentía también Frank. Tomo el texto del librito Maktub de Paulo Coelho:
      “… en medio del castigo humillante, un preso dijo: “¡Ah, qué vergüenza si nuestras mujeres nos viesen así!” El comentario me hizo recordar el rostro de mi esposa y, en el mismo instante, me sacó de aquel infierno. La voluntad de vivir volvió, diciéndome que la salvación del hombre es para y por el amor.
      Allí estaba yo, en medio del suplicio y, aún así, capaz de entender a Dios, porque podía contemplar mentalmente el rostro de mi amada.
      El guardia nos mandó pasar a todos, pero no obedecí, porque no estaba en el infierno en aquel momento. Aunque no pudiese saber si mi mujer estaba viva o muerta, eso no cambiaba nada. Contemplar mentalmente su imagen me devolvió la dignidad y la fuerza. Incluso cuando se lo quitan todo, un hombre aún tiene la bienaventuranza de recordar el rostro de quien ama, y esto salva”.

      La venganza, el “ojo por ojo” no soluciona problema alguno y agrava más la situación. La venganza es como la herida que se raspa y se va agrandando cada día. Las ofensas y las injusticias solo tienen una respuesta: Amar a pesar de todo.
      Me viene a la mente aquello del famoso escritor José María Gironella quien, en plena guerra civil española, viviendo en Gerona, sintió que peligraba su vida. No tomó las amas para defenderse, aunque fuese, como suele decirse “en legítima defensa”. El 6 de diciembre de 1936, decidió huir por los montes a Francia. En la frontera, los gendarmes franceses lo detuvieron y revisan todos sus bolsillos. Y cuál fue su sorpresa cuando los gendarmes encuentran en el bolsillo del pantalón un papelito muy pequeño que ni él sabía que estaba allí. Su padre Don Joaquín, a escondidas, le había escrito: “Hijo, no mates a nadie”.

      Don Joaquín, comenta Martín Descalzo, sabía lo que era la verdad: “matar es más mortal que morir. Se mueren mucho más los que matan que los que caen muertos” Y añade: “Don Joaquín quería que su hijo volviera, pero no quería que regresara con el alma muerta”.
      Porque cuando alguien mata siempre mueren dos: el que mata y el que ha caído muerto.

      Jesús conocía muy bien el corazón humano. Y conocía también la antigua ley del “ojo por ojo”. Pero no sólo conocía el corazón humano capaz de llenarse de odio, de rencor y resentimiento y de venganza. También conocía que, cuando se ha descubierto el amor de Dios, el corazón humano es capaz de amar incluso a quienes han sido o son un peligro para él.

      Víctor Frank cambió su corazón con el simple recordar el semblante de su esposa que ni siquiera sabía si estaba viva o muerta. Pero abrió su corazón a la vida y a la esperanza y al amor.

      Por algo Jesús, cuando nos pide una actitud distinta a la violencia, a la venganza, a la selectividad, y nos propone el amor a todos, sabía que cuando el creyente es capaz de comprender aquello de “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo”, nos propone el ideal de Dios, aparentemente un ideal imposible: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Olvidémonos de las mejillas. Y vayamos al fondo del Evangelio y del corazón humano: el amor, y un amor universal como es el amor de Dios. Sólo así, y no a bofetadas, podremos crear ese mundo nuevo que se llama “Reino de Dios”.
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      Si hay un evangelio que cuesta entender y, sobre todo, vivir, es el de este domingo. Amar a los enemigos… pero ¿qué se cree este Jesús? Hombre, por favor, que somos humanos… ¿Cómo puede pedirnos que amemos a esa gente que nos trata mal, aquellos que nos desprecian o que nos dan puñaladas por la espalda, o a aquellos que van sembrando odio y rencor a su alrededor? O en nuestra sociedad, ¿cómo podemos ser misericordiosos con asesinos, terroristas, maltratadores…? ¿Es imposible lo que nos está pidiendo Jesús? ¿No será pasarse de buenos?

      «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. ¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros» (Lc 6, 31-38)


      En el fondo, la actitud que nos está proponiendo Jesús es la de devolver bien por mal, la de responder ante el mal “dándole la vuelta a la tortilla”. Porque si devolvemos mal por mal, ¿qué estamos construyendo? Nada, sólo estamos echando más leña al fuego, contribuyendo a aumentar ese mal, y por otra parte, estamos haciendo lo mismo que el que nos hizo daño. Si llevamos a cabo la ley del “ojo por ojo”, además de acabar ciegos (como decía alguno), no podemos creernos mejores que nadie, pues en el fondo estamos sembrando odio y rencor. Si miramos a la historia, especialmente a los mártires y cristianos ejemplares, no encontraremos ninguno que haya muerto odiando y condenando a nadie, sino perdonando a sus enemigos e incluso a sus asesinos…

      Sin irnos demasiado lejos, pensemos por un momento en quiénes son “enemigos” en nuestra vida, qué personas cercanas nos tratan mal, o nos inspiran odio, rencor. Y tratemos
      por una vez de mirarles con los ojos de Dios, preguntándonos: ¿los odia Él? ¿Los castiga y condena? ¿O más bien los mira con misericordia y perdón, con el deseo de que vuelvan a Él y a su Amor? ¿Qué actitudes y gestos concretos puedo tener con estas personas para hacer real eso de “devolver bien por mal”?

      Jesús, ése al que seguimos y en el que creemos, fue condenado y torturado injustamente, asesinado en una cruz, y su respuesta fue la de amar hasta el extremo, perdonar hasta el final. No se resignó, y eso que era Dios y podía haberse salvado… Fue su manera de demostrarnos que el Amor vence al mal, que el Amor es la única fuerza que puede hacer cambiar el mundo, y que en cada corazón hay una semilla de ese Amor. ¿Estamos dispuestos a hacerla germinar, o vamos a dejar que se seque?http://feeds.feedburner.com/~r/blogspot/RctV/~4/E2G5B_54dyU?utm_source=feedburner&utm_medium=email
       
       
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      Jesús nos está explicando las Bienaventuranzas en los Evangelios de estos do­mingos. Lo que esta vez escucharemos se hace especialmente sorprendente, inesperado y hasta duro de seguir. Sin duda que así se quedarían aque­llos primeros oyentes de es­tas palabras del Maestro. Entonces, como también ahora, los hombres tenían sus sub­terfugios para dar salida a su "honrilla". No se trataba de ser violento o agresivo, pero tampoco bobo, y entonces acuñaron aquel célebre "ojo por ojo y diente por diente", de la vieja ley del Talión. Es decir, no tiraremos la primera piedra, pero quien nos busque nos encontrará y su provocación no quedará sin responder. Luego vendrá nuestro dicho: "yo perdono pero no olvido", que es un modo imposible y sutil de conciliar algo tan opuesto y dispar como el perdón y el rencor.

      Jesús viene y dice: amad a vuestros enemigos, sorprended a quien os afrenta, con­fundid a los que os piden algo. Otros dirán cosas distintas, otros tendrán solapada­mente sus mezquinos ajustes de cuentas, con sus dientes y sus ojos... medidos y pesa­dos en la balanza de su talión particular. No se trataba de un oportunismo sino de de­volver a los hombres la real posibilidad de volver a ser imagen y semejanza de un Dios que no discrimina a nadie, que ama a sus enemigos regalando el sol cada mañana a los buenos y a los malos, y envía la lluvia hermana a los justos y a los injustos.

      Jesús no predicaba simplemente una ética universal, una buena educación cívica y unas normas de urbanidad válidas para todos. Él propone otra cosa, coincida o no con lo que otros puedan igualmente pensar y proponer. El amor que cuenta y pesa, el amor que calcula, el que pide condiciones... éste no le interesa a Jesús. Ése pertenece a los paganos, a los que no pertenecen a la ciudad de Dios ni a su Pueblo. Acaso podemos pensar que no tenemos enemigos de solemni­dad. Enemigos de ésos a los que se responde con mísiles modernos o con duelos ro­mánticos. Pero la enemistad que Jesús nos invita a superar con amistad, y los odios que Él nos urge a transcender con amor, pueden estar muy cerca, tal vez demasiado cerca.

      El amor que Jesús nos propone se debe hacer gesto cotidiano, permanente. Porque los amigos o enemigos a los que indistintamente debemos amar se pueden en­contrar cerca o lejos, en nuestro hogar o en el vecino, puede ser un familiar o un com­pañero, frecuentar nuestras sendas o sorprendernos en caminos infrecuentes... Pero todo esto da lo mismo. No hay distinción que valga para dispensarnos de lo único impor­tante, de lo más distintivo y de lo que nos diferencia de los paganos (Mt 5,46-47): el amor. En esto nos reconocerán como sus discípulos.
       
       
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      * El consumo de pape

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