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  • julian_dela_mancha
    El crimen de la carretera Málaga-Almería por Norman Bethune Fuente: http://www.andalucia.cc/adn/0998nar.htm La evacuación masiva de la población civil de
    Mensaje 1 de 1 , 4 mar 2006
      El crimen de la carretera Málaga-Almería
      por Norman Bethune

      Fuente: http://www.andalucia.cc/adn/0998nar.htm

      La evacuación masiva de la población civil de Málaga comenzó el
      domingo día 7. Veinticinco mil tropas alemanas, italianas y moras
      entraron en la ciudad el lunes día 8 por la mañana; tanques,
      submarinos, barcos de guerra, aviones, todos a la vez para aplastar
      a las defensas de la ciudad mantenidas por un pequeño y heroico
      grupo de tropas españolas sin tanques, ni aviones que los
      defendieran.

      Los así llamados "nacionalistas" entraron en lo que prácticamente
      era una ciudad desierta, del mismo modo que habían hecho en cada
      pueblo y ciudad asediada en España.

      Así que imagínense a ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños
      disponiéndose a marcharse en búsqueda de seguridad hacia una ciudad
      situada o más de cien millas. Hay una única carretera que pueden
      tomar. No hay ninguna otra manera de escapar. Esto carretera,
      limítrofe por un lado, con las altas montañas de Sierra Nevada, y
      por el otro, con el mar está construida sobre la ladera de linos
      acantiladas y sube y baja a más de 500 pies por encimo del nivel del
      mar. La ciudad que deben alcanzar es Almería y está a más de
      doscientos kilómetros más allá. Un joven fuerte y sano puede caminar
      a pie unos cuarenta o cincuenta kilómetros diarios. El viaje a que
      estas mujeres, ancianos y niños debían enfrentarse les llevará a
      cinco días y cinco noches de camino, al menos. No encontrarán
      alimentos en los pueblos, ni trenes, ni autobuses para
      transportarlos. Ellos debían caminar y a medida que iban andando se
      tambaleaban y tropezaban con los pies llenos de rajas y de heridas
      de ir por el pedernal de la carretera, los fascistas los
      bombardeaban desde el aire y les disparaban desde los barcos de
      guerra.

      Ahora lo que quiero contarles es lo que yo mismo vi de esta penosa
      marcha, la más grande y terrible evacuación de una ciudad en los
      tiempos actuales. Llegamos a Almería a las cinco del día 10 con un
      camión refrigerado, cargado de sangre almacenada desde Barcelona.
      Nuestra intención era continuar hacia Málaga para poner
      transfusiones de sangre a los heridos. En Almería, oímos por vez
      primera que la ciudad había caído y fuimos advertidos de no ir más
      lejos ya que nadie sabía ahora donde estaba la línea del frente
      enemigo, pero todos estaban seguros de que la ciudad de Motril había
      caído también. Pensamos que era importante continuar y descubrir
      corno se desarrollaba la evacuación de los heridos. Salimos por la
      tarde a las seis por la carretera de Málaga y a unas cuantas millas
      más allá nos encontramos con la cabeza de la lamentable procesión.
      Aquí estaban los más fuertes con todas sus pertenencias sobre los
      burros, las mulas y los caballos. Los pasamos, y cuanto más lejos
      íbamos, aún más penosa a la vista, se hacían los espectáculos. Miles
      de niños, contamos unos cinco mil de menos de diez años, y al menos,
      mil de ellos iban descalzos y, muchos de ellos cubiertos con una
      sola prenda. Estos iban recolgados de los hombros de sus madres o
      agarradas a sus manos. Aquí habla un padre que iba tambaleándose con
      dos niños, uno de un año y otro de dos años, sobre sus espaldas,
      además de estar cargando cazos y sartenes, junto con alguna valorada
      pertenencia. El incesante torrente de gente llegó a ser tan denso,
      que apenas podían os forzar el coche entre medio. A ochenta y ocho
      kilómetros de Almería nos suplicaron que no fuésemos más lejos, ya
      que los fascistas estaban justo detrás.

      Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños
      afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a
      salvo los peores casos. Era difícil elegir cuales llevarse, nuestro
      coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres
      que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos,
      tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días
      bajo el sol y el polvo.

      "Llévense a este"'; "miren este niño'; "este está herido". Los niños
      envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados, sin
      zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su tamaño,
      lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento.
      Doscientos kilómetros de miseria. Imagínense, cuatro días y cuatro
      noches, escondiéndose de día entre las colinas ya que los bárbaros
      fascistas los perseguían con aviones, caminaban de noche agrupadas
      en un sólido torrente, hombres, mujeres, niños' mulos, burros,
      cabras gritando los nombres de sus familiares desaparecidos,
      perdidos entre la multitud. Cómo podíamos elegir entre llevarnos a
      un niño muriéndose de disentería o entre una madre que nos
      contemplaba silenciosamente con los ojos hundidos llevando contra su
      pecho a un niño nacido en la carretera hacía dos días. Ella se había
      parado de caminar durante diez horas solamente.

      Aquí había una mujer de sesenta años incapaz de seguir arrastrándose
      para dar un paso más, sus gigantescas piernas hinchadas con úlceras
      y varices sangrando dentro de sus rotas sandalias de trapo. Muchas
      ancianas abandonaban simplemente esta lucha, se tendían a los lados
      de la carretera y esperaban la muerte.

      Decidimos llevarnos primeros a los niños y a las madres, pero luego
      la separación entre padre e hijo, marido y mujer se hizo demasiado
      cruel para poder soportarla. Acabamos por llevarnos a las familias
      con mayor número de hijos pequeños, y a los niños solitarios de los
      que había centenares, sin padres. Llevábamos a treinta o cuarenta
      personas en cada viaje durante tres días sucesivos a Almería, al
      Hospital del Socorro Rojo internacional, donde recibían cuidados
      médicos, comida y ropa. La inagotable devoción de Hazen Sise y de
      Thomas Worsley, conductor del camión, salvó muchas vidas. Se
      alternaban para conducir día y noche, ida y vuelta, durmiendo en
      medio de la carretera entre viaje y viaje, sin comida, excepto pan
      seco y naranjas.

      Y ahora viene la barbarie final. No contentos con bombardear y
      ametrallar a esta procesión de campesinos indefensos, a lo largo de
      esta larga carretera, en la tarde del día 12 cuando el pequeño
      puerto de Almería estaba repleto de refugiados, habiendo aumentado
      en población el doble, cuando unas cuarenta mil personas exhaustas
      alcanzaron un puerto de lo que ellos pensaban que era seguridad,
      fuimos masivamente bombardeados por aviones fascistas alemanes e
      italianos. La sirena dio la alarma treinta segundos antes de que
      cayera la primera bomba. Estos aviones no hacían esfuerzo alguno por
      alcanzar los barcos de guerra del Gobierno que estaban en el puerto,
      ni por bombardear las barricadas. Estos lanzaron deliberadamente
      diez gran des bombas en el centro mismo de la ciudad, donde en la
      calle principal, dormían apiñados sobre la calzada, de tal forma que
      apenas si podía pasar algún coche, los exhaustos refugiados. Después
      de que hubiesen pasado los aviones recogí en mis brazos a tres niños
      muertos de la calzada, justo enfrente del Comité Provincial para la
      Evacuación de refugiados donde hablan estado esperando en una larga
      cola a que les dieran una taza de leche y un puñado de flan seco,
      era el único alimento que algunos tornaban durante días. La calle
      parecía una verdadera carnicería, llena de muertos y de moribundos,
      alumbrada solamente por el resplandor anaranjado de los edificios en
      llamas. En la obscuridad, los lamentos de los niños heridos, los
      chillidos de las madres agonizantes, las maldiciones de los hombres,
      iban elevándose en un solo grito masivo, alcanzando un tono de
      intolerable intensidad. Uno mismo sentía su cuerpo tan pesado como
      el de los muertos, pero, vacío y hueco, y uno sentía su cerebro
      arder con una intensa luz de odio. Aquella noche fueron asesinadas
      cincuenta personas de entre la población civil y, unas cincuenta mas
      fueron heridas. Hubo dos soldados muertos.

      A hora bien, ¿cuál era el crimen que esta indefensa población civil
      había cometido para ser asesinados de este modo tan sangriento? Su
      único crimen era que habían votado para elegir un Gobierno de
      personas encargadas de la más moderada mitigación de la abrumadora
      carga de siglos de codicia capitalista. La cuestión había sido ya
      abordada, ¿por qué no se habían quedado en Málaga esperando la
      entrada de los fascistas? Sabían lo que les pasaría. Sabían lo que
      iba a ocurrirles a sus hombres y mujeres, lo mismo que les había
      pasado a tantos otros en las demás ciudades apresadas. Todo varón
      entre 15 y 60 años que no pudiera demostrar que no había sido
      forzado a ayudar al Gobierno, sería inmediatamente fusilado. Y es el
      conocimiento de todos estos hechos lo que concentró a dos tercios de
      toda la población española en una cuarta del país y lo que aún
      sostuvo la República.
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